España - Cataluña

Memorable concierto de Damrau y De Maistre

Jorge Binaghi

miércoles, 29 de mayo de 2019
Barcelona, miércoles, 22 de mayo de 2019. Palau de la Música. Recital de Diana Damrau, soprano, y Xavier De Maistre, arpa. Lieder de Mendelssohn, Rachmanivov, Vlasov y mélodies de Hahn y Poulenc. Obras instrumentales de Liszt y Renié. Bises: ‘Nichs’ y ‘Wiegenlied’ de R. Strauss y ‘Villanelle’ de E. Dell’Acqua
Damrau y De Maistre © Antoni Bofill, 2019

El ‘sí se puede’, hoy tan de moda, sirve también para definir algunas cosas en música clásica. Por ejemplo, para explicar por qué un concierto vocal de cámara sin hacer la menor concesión en el programa y los números fuera del mismo -aunque no llene hasta los bordes una sala inmensa como ésta (el Wigmore Hall, toda una referencia, tiene 750 butacas si no me equivoco, o sea algo menos de dos mil que la sala grande del Palau)- no sólo está muy por encima, como resultado artístico, de otros que sólo buscan la mayor gloria (si es posible) de algún solista conocido (sobre todo si es un tenor), sino que revelan, por oposición, la deformación y el bajo nivel de estos últimos.

Y eso fue lo que pasó esta vez. Dos artistas exquisitos, comunicativos y simpáticos, pero sin demagogias o ‘captatio benevolentiae’ (¿tengo que traducir?), fueron capaces de interesar (creo que sólo una vez oí un móvil que fue rápidamente silenciado), magnetizar, hacer disfrutar y aplaudir a rabiar -sin orgasmos ante la divinidad en escena, y eso que teníamos a una de las divas mayores de la época, a la que por suerte no parece habérsele subido su condición a la cabeza- a un público que procuraba oír buena música bien hecha.

Y tan bien hecha que estuvo. El programa tenía en su primera parte cinco lieder de Mendelssohn, cinco de Rachmaninov, y uno de Vlasov; separando ambos bloques Le rossignol en arreglo para arpa sola de Henriette Renié, autora a su vez del largo (nueve minutos) Légende, también para arpa sola en la segunda parte, íntegramente dedicada a la mélodie francesa con cuatro piezas de Hahn y el ciclo La courte paille dedicado por Poulenc a su dilecta amiga, la soprano Denise Duval y al hijo que ésta había tenido (siete miniaturas siempre contrastantes entre la broma, la fina ironía y el sentimiento contenido), para concluir con su famoso Les chemins de l’amour sobre texto del gran Jean Anouilh. 

Como Damrau no necesita presentación, y menos aquí donde es tan querida, De Maistre me parece (no estoy seguro) que se presentaba aquí, y en todo caso en su calidad de ‘acompañante’, y obtuvo un rotundo en esas dos piezas, merecidísimo. El instrumento en el que toca es de Lió-Healy y tiene un sonido fantástico, pero lo que es fantástico de veras es el dominio del mismo, naturalmente desde el punto de vista de la ejecución, pero sobre todo de las distintas necesidades expresivas para lo que el arpa no es el instrumento más agradecido. Y bien, tanto en los dos momentos en solitario, como sobre todo en los de acompañamiento, fue de una lucidez y expresividad tales como para lograr cambiar de un sutil y leve toque en los Mendelssohn a un sonido más grueso y arrebatado en los eslavos. Tal vez donde más se haya notado la diferencia, para muchos y para mí mismo fundamental, con el sonido del piano haya sido en los franceses, que en cualquier caso tocó extraordinariamente (aunque apresuró el final del último bis seguramente un tanto cansado).

Damrau estuvo muy elegante y simpática como siempre y demostró su aptitud para el canto de cámara. Inteligente, expresiva aunque aquí se movió siempre entre la picardía, la inocencia, una ligera melancolía o una nostalgia medida, y sólo en los Strauss de bis (Nichts y la célebre canción de cuna) pasó de la paleta frívola e irónica a la ternura. Faltaría ver qué hace con momentos más desgarrados o ‘profundos’ ya que ni siquiera los eslavos fueron de arrebato pasional (lo más cerca que del sentimiento romántico de la muerte, la noche, la tristeza o el amor acabado fueron Das Mädchens Klage de Mendelssohn, y Noch pechalna (Noche triste) de Rachmaninov). Me hizo acordar en algunos momentos a la famosa ‘Condesa Eulalia’ de Rubén Darío (aquella de ‘bajo el ala leve del leve abanico’). Estuvo soberana en el canto con una voz luminosa y pareja sin problemas de extensión aunque resulte claro que cada vez está más lejos de aquella soprano ligera de sus comienzos y evoluciona muy naturalmente hacia lo lírico, aunque no haya perdido ni la tersura del sobreagudo ni el dominio de las messe di voce ni de las agilidades, trinos, picados etc., como pudo demostrar sobre todo en el último bis, la única pieza célebre de Dell’Acqua J’ai vu passer l’hirondelle que el público, entregado, interrumpió por la mitad, aunque fue reconducido ante un gesto doble de soprano y arpista y esperó pacientemente a esos acordes finales apresurados de De Maistre para estallar en ovaciones que ya habían comenzado antes, con casi todos los asistentes de pie.

Diré que en algunos momentos, el inicial En alas del canto o las Fêtes galantes y sobre todo L’énamourée de Hahn me vinieron a la mente las antológicas versiones de Victoria de los Ángeles, pero sólo para recordar cómo, con un instrumento y timbre bien distintos, se puede llegar a un enfoque no parecido sino absolutamente afín. Y para explicarme mejor usaré dos ejemplos de canciones que Victoria nunca cantó (uno quisiera saber por qué, sobre todo en el segundo caso, aunque visto el texto me lo imagino): el final de la primera parte, el solitario Vlasov, La fuente de Bajchisarai, de un lirismo tenue y natural, y el de la segunda, esos increíbles Chemins de l’amour, tal vez la canción más bella de Poulenc, que se puede enfocar desde ángulos muy distintos: Damrau eligió el más recogido, entre resignado y divertido con sólo una pizca de dolor -más intenso por eso mismo-. Por todo eso, y porque no ofreció ninguna pieza operística como tal vez algunos deseaban, su acierto fue aún más total (pese a que yo personalmente no pude dejar de pensar en una futura -quizá no tan lejana- Arabella, que podría ser de referencia).

Éxito enorme, pero no ‘desbocado’, como debe ser cuando ni público ni artistas están por el trazo grueso. Por muchos más. 

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