Austria

De Büchner a von Einem

Jorge Binaghi

miércoles, 12 de junio de 2019
Viena, miércoles, 29 de mayo de 2019. Staatsoper. Dantons Tod (Salzburgo, 6 de agosto de 1947, revisada en 1955). Libreto de G.v. Einem y B. Blacher sobre la obra homónima de G. Büchner y música de G.von Einem. Puesta en escena: Josef Ernst Köpplingen. Escenografía: Rainer Sinell. Vestuario: Alfred Mayerhofer. Intérpretes: Tomasz Konieczny (Danton), Benjamin Bruns (Camille Desmoulins), Thomas Ebenstein (Robespierre), Wolfgang Bankl (Simon), Olga Bezsmertna (Lucile), Szilvia Vörös (Julie), Ildikó Raimondi (Una señora), y otros. Coro (preparado por Martin Schebesta) y Orquesta del Teatro. Dirección: Michael Boder
'Dantons Tod' según Köpplingen © Wiener Staatsoper, 2019

En realidad habría que ver (o al menos leer) la obra de Büchner para poder hacer una crítica fundada del libreto. Vi esta obra hace más de un cuarto de siglo en Lieja, me impactó y me propuse hacerlo. Una de mis tareas pendientes y probablemente no cumplida al final de mi vida. Demasiadas cosas, importantes y de las otras. Pero si vamos a la ópera ‘per se’, tratándose de una versión superior a aquella, mi entusiasmo ha sido menor. ¿La edad? ¿O me parece quizá que el texto de Büchner resulta mejor y más fielmente seguido en el justamente más famoso Wozzeck puesto en música por Berg? En ese caso sí he visto y leído más de una vez tanto la obra de teatro como la ópera, y ambas me deslumbraron y siguen haciéndolo.

Si Büchner era, muerto sólo con veinticuatro añitos, un refugiado político en su momento, un científico y un apasionado defensor de libertades y derechos, ¿cuál puede ser, unívoca o no, su visión de la Revolución Francesa como hecho en sí, y en sus distintas etapas, concretamente en este caso en el Terror? Porque hay quienes hoy todavía no han digerido 1789, y el mundo lírico tiende al conservadurismo cuando no la reacción (véase el Chénier de Giordano). El autor, un ecléctico en la línea de Hindemith (su primer profesor en Berlín) y luego de Blacher (el coautor del libreto, que sentía gran estima por él) y particularmente interesado en el teatro musical (fuera ópera o ballet), vivió en Alemania y Austria durante la guerra pero en 1938 había sido detenido por la Gestapo y salvado por sus contactos, y se sabe que trabajó para salvar a judíos (su hijo, por cierto, fue miembro predominante del partido socialdemócrata austríaco). 

De lo visto, oído y leído, Robespierre es casi una caricatura siniestra (y no por la excelente interpretación de Ebenstein, el momento más interesante y destacado de la primera parte), y Saint-Just  su cachorrillo fiel (una parte pequeña en la que se oye una voz interesante, la del joven bajo Peter Kellner), mientras que Danton (un atronador Konieczny, de voz cada vez menos bella y visiblemente engolado, aunque intérprete intenso pero de brocha gorda) se asemeja a un librepensador desengañado, Desmoulins (un Bruns que canta muy bien pero con una voz que parece más de tenor característico que lírico) y el aquí borroso Hérault de Séchelles (Michael Laurenz, bien) sus seguidores algo desteñidos (no tanto el primero). Los demás personajes masculinos no tienen relieve, salvo el brutal Simon de un Bankl muy en su papel (aunque hay tiempo para oír en dos de los papeles minúsculos, el primer verdugo y un joven, la voz -interesante- del tenor Wolfram Igor Derntl).  

Del lado femenino hay tres personajes fugaces, dos de los cuales, la dama de Raimondi y la mujer de Danton, Julie, una correcta Vörös,  tienen algo más de entidad aunque no mucha, y el mayor protagonismo en una ópera fundamentalmente masculina como ésta corre a cargo de Lucile, la esposa de Desmoulins, que tiene importante participación en dos escenas y cierra la obra con un desgarrador ‘¡Viva el Rey1’, que no sé si entender cómo la reacción suicida de una mente justamente enloquecida (cabeza de su marido en mano) o algo más ideológico  (Bezsmertna lo hace bien, pero con voz opaca y no muy atractiva: creo que con las voces de Cebotari, la creadora, o Della Casa, saldría ganando, pero también los otros roles que estuvieron interpretados, en el primer estreno del Salzburgo de posguerra, por Schöffler, Patzak y unos tales Rosette Anday como Julie y Ludwig Weber en Saint-Just ).

Musicalmente se escucha con facilidad -a lo mejor eso es uno de sus problemas-, mientras en lo teatral sólo atrapa a partir de la escena del juicio hasta el final al menos en esta versión. 

La parte escénica presentó un decorado único con modificaciones para los distintos ambientes (y tal vez para esos cambios se comprendan esos personajes mudos y vueltos hacia la pared), pero eso permitió dar la obra sin interrupción (dura unos noventa minutos), y hubo  buenas luces (del director de escena), excelentes trajes, y una coreografía acertada (de Ricarda Regina Ludigkeit) para los momentos del coro, que son importantes también vocalmente (muy buena actuación en todos los aspectos).

En el foso estaba presente Boder, que se especializa en este repertorio en el que consigue sus mejores resultados, pero me autocitaré sobre su intervención  en esta misma casa en una reciente Elektra straussiana aquí comentada: “¿Qué decir de esta orquesta, que parece nacida para el compositor (entre otros)? Estuvo memorable. Menos lo fue la batuta de…” y ahora retomo. Boder no lo hizo mal, pero no creo que fuera merecedor de tan grandes aplausos como su predecesor de algunos abucheos. Es cierto que el repertorio del siglo XX y contemporáneo (y cuanto más reciente mejor) le va mucho mejor que el de otros momentos (recuerdo algunas versiones suyas en Barcelona francamente detestables, empezando por La dama de picas), pero con una orquesta así sonar rudo y fuerte con gran brillo es seguramente un mérito, pero no extraordinario. Tengo que decir que fue igualmente ovacionado o más que el año pasado, pero que esta vez me convenció algo más que entonces.”

Y con esto y un bizcocho… 

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