España - Castilla y León

Modernidad ancestral

Alfredo López-Vivié Palencia

jueves, 13 de junio de 2019
Valladolid, viernes, 7 de junio de 2019. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Eric Silberger, violín. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Antoni Wit, director. Ottorino Respighi: Arias y Danzas Antiguas, Suite nº 1; Concierto para violín y orquesta, “Concierto gregoriano”; Fiestas romanas. Ocupación: 75%.
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Aunque inicialmente el cartel de este concierto monográfico sobre Ottorino Respighi estaba compuesto por el tríptico de los poemas sinfónicos romanos, creo que fue un acierto modificarlo por el programa que finalmente fue interpretado. Seguramente, escuchar una detrás de otra las Fuentes, las Fiestas y los Pinos habría desembocado en un exceso de decibelios y en un defecto de contrastes. Y aunque a causa de una lesión en la mano hubo que cancelar la intervención solista de Albena Danailova –una violinista que ha hecho historia al convertirse en la primera mujer en acceder a la plaza de concertino en la Filarmónica de Viena-, lo cierto es que su sustituto -el joven norteamericano Eric Silberger- estuvo a la altura de las circunstancias, que ciertamente no eran fáciles.

El caso es que desde el principio el concierto presentaba dos atractivos innegables. Por una parte, la música de Respighi se toca muy poco (aquí y en cualquier parte), de manera que era casi obligatorio tener -y disfrutar- la ocasión de comprobar cuan craso error de programación es ése. Qué buen compositor, qué gran orquestador, y qué hombre de su tiempo que supo hacer su propio lenguaje orquestal en el país de la ópera por excelencia, al combinar el aprendizaje del pasado y la tozudez de una época que le empujó hacia el presente. Por otra, la responsabilidad directora del veterano maestro polaco Antoni Wit hace que quienes le conocemos sepamos de antemano que la función será de categoría.

La Primera Suite de las Arias y Danzas antiguas hace recordar las obras de inspiración madrigalista de Joaquín Rodrigo, hasta que uno cae en la cuenta de que las piezas del valenciano fueron escritas a partir de diez años después del estreno de aquélla. Es una buena elección para iniciar el concierto: Wit logró que la cuerda de la OSCyL -reducida a tres contrabajos, y a partir de ahí calculen ustedes la proporción del cuarteto- sonase empastada y dúctil, y sobre todo acertó en un concepto que, respetando las vetustas fuentes de la pieza, nunca se tradujo en una interpretación que sonase a vieja.

También de orígenes lejanos nace el Concierto gregoriano, cuya versión de esta noche fue toda una revelación. En una de esas raras conjunciones que propician lo ignoto de la obra junto a la magia cómplice de solista y director para crear el ambiente adecuado, el extenso primer movimiento me atrapó en su ensimismamiento (es decir, el fundamento del canto antiguo recogido y a la vez elocuente), con un Silberger -partitura delante- que extrajo de su Guadagnini un sonido no muy poderoso pero de enorme calidez para una línea melódica que no perdió la concentración en ningún momento, mientras Wit acompañaba con esas texturas brumosas que Respighi prescribe para la orquesta. Aquí el recuerdo fue asimismo para el Concierto de Sibelius -que claramente conocía el compositor boloñés.

Concentración que hubo también en los dos últimos movimientos, a los que se une el juego tímbrico de arpa y celesta, sobre todo en el último (subtitulado “Aleluya” para que no quede duda sobre su intención), en el que la limpieza del violín y de los timbales en la cadencia –esta vez el homenaje evidente es a Beethoven- remató una interpretación de muchos quilates de seriedad. Silberger agradeció los aplausos del público con el Capricho nº 1 de Paganini: ahí es nada.

Si la fama -merecida- se la llevan Los Pinos de la Via Appia, Respighi cardó aún más y mejor lana en las Fiestas romanas, de nuevo inspiradas en acontecimientos milenarios. Y Wit se encargó de demostrarlo a lo grande. No tanto por la gigantesca plantilla orquestal requerida -que también, con múltiples refuerzos en la trompetería (estratégicamente situados en un palco lateral de la sala) y la percusión, aparte mandolina, órgano y piano a cuatro manos-, sino porque consiguió que todo ese ejército de músicos proyectase con claridad el poderío sinfónico resultante, jugando con el color y los timbres, y -esto es lo más importante- delimitando en su justa medida cada uno de los planos sonoros en los pasajes en los que Respighi entremezcla ambientes y protagonistas (el primer número, “Circenses”), o directamente juega al barullo aparentemente desorganizado de las fiestas (el último, “La Epifanía”).

La OSCyL respondió como en sus mejores días -mención de honor para los metales, en solista y en secciones- al concepto claro y al gesto enérgico de Wit quien recibió del respetable una contundente ovación, con mayor significado habida cuenta de que se trataba de su debut con la orquesta. Y por ello no me cansaré de decir que -aunque yo ya no lo vea- la medicina tiene la obligación ineludible de proporcionar a la humanidad el descubrimiento de la proteína que favorece esa fructífera longevidad de los buenos maestros.    

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