España - Galicia

Como una ostra

Alfredo López-Vivié Palencia

martes, 18 de junio de 2019
A Coruña, viernes, 14 de junio de 2019. Palacio de la Ópera. Sofia Gubaidulina: Triple concierto para violín, violonchelo, bayán y orquesta; Anton Bruckner: Sinfonía nº 4 en Mi bemol mayor, “Romántica” (Versión de 1878/80). Baiba Skride, violín; Harriet Krijgh, violonchelo; Martynas Levickis, bayán. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, director. Asistencia: 75%
Sofia Gubaidulina © Vizcayado

Para su último concierto de esta temporada la Sinfónica de Galicia y Dima Slobodeniouk han buscado un programa con dos autores que tienen en común una profunda espiritualidad. Por un lado la Cuarta Sinfonía de Anton Bruckner, de cuyo catálogo orquestal la OSG ha hecho una especialidad de la casa (en Coruña el buen Anton ya es como de la familia); por otro Sofia Gubaidulina, respetadísima compositora -casi nonagenaria pero que mantiene una actitud juvenil diría que rayana en la insolencia-, de cuyo Triple Concierto -estrenado en Boston hace un par de años- esta noche se daba la primera audición en España. 

El título completo de la obra -de veinticinco minutos de duración y en un único movimiento- es Triple concierto para violín, violonchelo, bayán y orquesta. Conviene, de entrada, aclarar que el bayán es un acordeón cromático ruso con botones en lugar de teclado para la mano derecha; lo que no puedo aclarar es la razón por la que el lituano Martynas Levickis tocó su parte con un acordeón convencional (de modo que esa “primera audición” queda a beneficio de inventario). Y también vale la pena añadir que la autora rusa no ha reparado en gastos en lo que a plantilla orquestal se refiere: cuerda completa, maderas a tres, quince fanfarrias (entre ellas dos tubas), celesta y un amplio elenco en la percusión a cargo de cuatro instrumentistas. 

En cuanto a los datos subjetivos, la propia Gubaidulina se refiere a esta obra como una aproximación al “misterio de las leyes del cosmos y del mundo”. La intención suena pretenciosa hasta que uno piensa en la Música de las Esferas de Josef Strauss, así que más vale olvidarse de latitudes galácticas y centrarse en el “misterio”. Que lo hay, y mucho: ésa es la impresión que me dio tras su escucha. En el lado positivo, me quito el sobrero ante la sabiduría de doña Sofia en el conocimiento de los recursos de los instrumentos solistas, y también de la orquesta: a pesar de utilizar tan abundantes medios y un lenguaje rabiosamente vanguardista, en ningún momento la orquesta tapa a los solistas ni se producen borrones sonoros; todo está claro y hay buenos momentos de tensión tanto en el discurso como en los silencios. 

En el lado menos positivo, la pieza me pareció muy repetitiva y en consecuencia aburrida. El supuesto viaje al centro la tierra -al que la partitura vuelve una y otra vez- suena exactamente igual que el despertar perezoso y amenazador de Fafner en Neidhöhle (y empleando los mismos instrumentos que Wagner); los dos solistas de cuerda se pasan casi toda la obra tocando intervalos ascendentes irregulares en sus registros sobreagudos, mientras el acordeón profundiza en disonancias abisales; y las fugaces partes cósmicas, si bien son luminosas, se ven inexorablemente oscurecidas con el empleo de las cajas (tal vez un guiño a Shostakovich). En todo caso, la novedad no me impide afirmar que la interpretación fue de altura -esas cosas se ven, se escuchan y se notan-, aunque recibida sólo con aplausos de mera cortesía.   

Tenía yo mucha curiosidad por ver qué tal se defiende Slobodeniouk haciendo Bruckner. Una vez más, el titular de la OSG ha demostrado que sabe manejar el instrumento a su antojo, y que ese antojo está lleno de buen hacer. La cuerda maravillosamente empastada, las maderas lúcidas, el metal grande pero sin apabullar (a pesar del pelotón de siete trompas en el escenario), y, por cierto, espléndido el castellonense -asiduo en el Concertgebouw de Amsterdam- Marc Aixa Siurana como invitado en los timbales. La ejecución limpia y cristalina, con un mimo exquisito en el ensamblaje de los planos sonoros, y el concepto coherente de principio a fin de la Sinfonía en Mi bemol mayor. 

Aunque esa sinfonía bien hubiera podido pasar por la Décima de Schubert; porque la Cuarta de Bruckner desde luego no era. El fraseo del primer trompa nada más empezar la obra me hizo temer lo peor: impecable y sin patinazos -lo cual es una heroicidad en esta partitura-, pero también soso, inexpresivo y cuadriculado -y eso no es culpa del instrumentista-, lo mismo que la grandiosa conclusión del mismo primer movimiento, dicha con desgana; ése fue el ambiente a lo largo de una tediosa hora larga en la que no hubo el menor atisbo de tensión (no hay drama en Bruckner, pero tensión sí ¡por el amor de Dios! -nunca mejor dicho-), donde las transiciones se convirtieron en meros intermedios, mientras la subida a cada una de las cimas sonoras se hacía en escaleras mecánicas (¿de qué sirve que las violas canten estupendamente en el Andante si eso no lleva a ninguna parte?), y todo ello con tiempos ligeritos pero en piloto automático. Slobodeniouk quiso quedarse en la superficie de una obra donde hay mucho mar en el que bucear: él sabrá por qué. 

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