Reportajes

Discurso de John Adams al recoger el premio Fronteras del Conocimiento

Redacción

miércoles, 19 de junio de 2019
John Adams © 2019 by Fundación BBVA

Bilbao, ciudad de origen del grupo BBVA y capital de una de las regiones españolas más innovadoras, es desde esta edición la nueva sede permanente de los Premios Fronteras. Torres Vila ha agradecido a las autoridades vascas la cálida acogida brindada a los galardonados por la ciudad, engalanada desde hace semanas con mensajes de bienvenida. “Esta ciudad y el conjunto de Euskadi”, ha declarado Torres Vila, “representan las raíces vivas del Grupo BBVA, y comparten con nosotros su vocación de apertura y proyección global”. Por su parte, el lehendakari Íñigo Urkullu ha resaltado en el discurso que ha clausurado la ceremonia el concepto de “frontera del conocimiento” que da nombre a los galardones de la Fundación BBVA: “La palabra ‘frontera’ se usa hoy como sinónimo de división y desconfianza. Estos Premios utilizan la palabra Frontera como horizonte; como espacio para compartir, enriquecer el conocimiento y la experiencia; una oportunidad para sumar y crecer en bienestar y justicia social”.

La ceremonia, celebrada en el Palacio Euskalduna de la capital bilbaína, ha estado presidida por el presidente de la Fundación BBVA y la presidenta del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Rosa Menéndez, y ha contado con la presencia del lehendakari, Íñigo Urkullu. el alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, el diputado general de Bizkaia, Unai Rementeria Maiz,, y una nutrida representación de la comunidad académica y cultural española, incluyendo a presidentes de las principales sociedades científicas y a numerosos directores de centros de investigación.

En la ceremonia de entrega de la XI edición de los premios Fronteras del Conocimiento, concedidos por la Fundación BBVA, que tenido lugar en el Palacio Euskalduna de Bilbao el martes 17 de junio a partir de las 19.30, este ha sido el discurso pronunciado por el compositor John Adams, que ha recibido el premio en la categoría de Música. 

Discurso de John Adams 

Recibir el reconocimiento de este prestigioso premio Fronteras del Conocimiento al trabajo de toda mi vida es un gran honor, y más aún viendo que tantos de los demás galardonados también son de Estados Unidos. Ser un artista estadounidense en activo durante esta época especialmente turbulenta y de enfrentamientos en la historia de nuestro país, y que mi música sea reconocida y valorada desde la distancia, en España y Europa, cobra especial significado.

Mirando atrás, cuando estaba empezando en la década de 1960, las inquietudes de los jóvenes compositores eran un tanto egoístas: cultivar un estilo personal y dejar sentado nuestro individualismo a toda costa. Era un periodo en el que escribir música “seria” pasó a ser una actividad intelectual, un acto deliberado de forzar los límites, de experimentación radical, no solo con los materiales de la música, sino también con las facultades de comprensión del oyente. Para los que aspirábamos a ser revolucionarios vanguardistas, el ideal era adoptar métodos fríos y racionales de composición que hicieran la creación artística menos deudora de las emociones para, en cambio, ser el producto de rigurosos sistemas de organización, presumiblemente más en sintonía con la vida moderna. Era el momento en el que aparecieron por vez primera los métodos de composición dodecafónicos, seriales y aleatorios. También fue cuando casi toda la música contemporánea se volvió tan compleja e inaccesible que prácticamente se quedó sin público. Los que amaban a los clásicos -Bach o Schubert o Mahler, e incluso Stravinski- no encontraban ni placer ni significado en la nueva música, que para la mayoría de los oyentes era una impenetrable caja negra.

He intentado en el curso de mi vida creativa recuperar la primacía del sentimiento y de la conexión emocional en mi música. Sobre todo en mis óperas, he buscado maneras de abordar con la música los mitos colectivos de nuestro tiempo, ya sean los de la identidad y aspiración nacionales, o la profunda complejidad psicológica de la experiencia humana.

Me alegra ver que para la generación más joven de hoy, las cuestiones de estilo e individualismo han dado paso a la inquietud por la comunicación y el uso de las potentes herramientas emocionales y sensoriales de la música para expresar y encarnar los temas esenciales de nuestro tiempo. 

Nota de prensa (I), justificando la concesión del Premio Fronteras del Conocimiento de Música a John Adams

El jurado ha destacado que Adams se aleja “del compositor científico, intelectual, para buscar un artista comprometido con el público”, sin rigideces ni formalismos, que abre al máximo su ‘paleta emocional’ para volver a conectar con la audiencia. “Tenía la sensación de que el mundo de la música contemporánea era cada vez más estéril”, corrobora Adams, “y que los compositores estaban cada vez más ensimismados y solo componían para ellos mismos. Al mismo tiempo, presencié el florecimiento de la gran época de la música rock, que hablaba a la gente en un lenguaje sencillo y apasionado. Yo quería forjar un lenguaje musical propio que, aunque estuviera dentro del marco de la tradición «clásica», tuviera una energía y una potencia comunicativa similar a la que posee la gran música popular americana”.

Tras ser uno de los padres del minimalismo, el maestro norteamericano se separa de esa etiqueta, para encontrar “una voz única en la música contemporánea” en la que ha “creado un estilo personal basado en los estándares más elevados de excelencia técnica y musical, que a la vez ha logrado una poderosa conexión con un público amplio”, asegura el fallo.

Esa voz distintiva es probablemente herencia de las múltiples influencias que recoge Adams. Él mismo se refiere a ellas en una lista tan heterogénea que incluye tanto a Bach, Mozart o Stravinsky, como a Bob Dylan, Duke Ellington o Stevie Wonder: “Forman parte de la cultura americana y me han influido todos ellos”, relata poco después de conocer la noticia del premio. “Crecí escuchando todo tipo de música y creo que lo que caracteriza a la música americana es que no existen fronteras rígidas entre lo «elevado» y lo «popular», o lo que en Europa se considera «arte» o «entretenimiento»”.

Desde muy pequeño tuvo una estrecha relación con la música en su Nueva Inglaterra natal, donde aprendió clarinete de su padre. Su abuelo era propietario de un club de jazz en New Hampshire, en el que Adams escuchó a grandes del género como Duke Ellington & His Orchestra. Con tan sólo diez años comenzó a escribir sus primeras composiciones y siendo aún adolescente dirigió a una orquesta interpretando una pieza original suya. Obtuvo una licenciatura y un máster en Composición Musical en Harvard y, buscando nuevos horizontes sonoros, se cambió de costa en 1971 en un viaje a California, donde tiene su residencia desde entonces.

Fue profesor del Conservatorio de Música de San Francisco durante 10 años y fue en esa época cuando conoció el minimalismo. Influido por esa corriente compuso alguna de sus primeras obras conocidas como Shaker Loops (1978), en las que el jurado asegura “su voz distintiva ya estaba emergiendo”. Posteriormente, en 1982, se convirtió en compositor residente de la Orquesta Sinfónica de San Francisco hasta 1985. Muchas de sus obras orquestales más importantes fueron escritas para y estrenadas por esta formación, incluyendo Harmonium (1981), Grand Pianola Music (1982) o Harmonielehre (1985). En esas piezas se percibe “de manera más obvia” la personal voz de Adams que destaca el acta: “hay algo inmediatamente reconocible en una composición de John Adams, (…) un estilo que es difícil definir, pero de alguna manera americano”, asegura el jurado.

Nota de prensa (II): El creador de un nuevo género operístico

Adams, que tiene composiciones en todos los géneros –solista, cámara, orquestal, ópera y oratorio- sobresale, de forma propia y muy singular en el campo de la ópera, que ocupa un espacio privilegiado en su catálogo.

En 1985 comenzó una fructífera colaboración con la poetisa Alice Goodman y con el director teatral Peter Sellars, que desembocó en la innovadora y exitosa Nixon in China (1987), que relata la visita del ex presidente de Estados Unidos a Mao Tse-Tung en el año 1972. Con ella Adams “impulsó un nuevo tipo de ‘docu-ópera’, al componer sobre acontecimientos en la memoria contemporánea, y abordar con audacia cuestiones polémicas de nuestro tiempo”, subraya el jurado. “Siempre he sentido un enorme interés por la historia y la política” asegura Adams al respecto. “Creo que si queremos que la ópera tenga futuro, los compositores debemos elegir temas e historias que reflejan los mitos colectivos que compartimos en el presente, como hizo Wagner en su día”.

Esa característica, la de contar historias actuales, algunas incluso con los protagonistas todavía vivos, se repite en sus siguientes óperas. En The Death of Klinghoffer (1991), que recrea el secuestro del crucero Achille Lauro por el Frente de Liberación de Palestina en 1985, Adams asegura que habla “sobre el terrorismo y la terrible desconfianza entre poblaciones y religiones que lleva a la violencia”. En Doctor Atomic (2005), relata los pormenores del Proyecto Manhattan y la construcción de la primera bomba atómica, o como él explica “es sobre la que yo considero la narrativa existencial definitiva sobre la condición humana, tanto con respecto a nuestro dominio tecnológico sobre la naturaleza, como sobre nuestro potencial para destruirnos a nosotros mismos y a nuestro planeta”. En la más reciente Girls of the Golden West (2017) Adams se adentra en el lejano oeste americano de mediados del siglo XIX y la fiebre del oro para abordar la situación de las mujeres.

A Adams se le define con frecuencia como un “compositor político”. Sin embargo, él considera que “cualquier obra dramática que aborda el conflicto humano, ya sea entre naciones o individuos, es «política». Mi trabajo no es más «político» que Le Nozze di Figaro de Mozart o el Anillo de Wagner. Sin embargo, el término probablemente se suele usar para etiquetar mi trabajo porque muchos de los temas están inspirados en acontecimientos históricos recientes”. Él prefiere concentrar la atención sobre las emociones: “la música, más que ningún otro arte, tiene el poder de comunicar sentimientos. Cómo ocurre esto es un misterio profundo que quizás solo puede explicar la psicología o la biología del comportamiento. No sabes exactamente por qué, pero la combinación de estímulos sensoriales y estructuras formales de la música nos afecta profundamente”.

El acta también destaca On the Transmigration of Souls, su “reflexión conmovedora” sobre los atentados del 11-S, y los oratorios en los que ha explorado temas como la inmigración y las cuestiones de género, “asegurándose de que las voces de las mujeres y los puntos de vista de las minorías se escuchan”.

La actividad de Adams continúa siendo intensa. Recientemente ha revisitado su última ópera para su estreno europeo en Países Bajos. Posteriormente asistió, en Los Ángeles, al estreno mundial de su nuevo concierto para piano y orquesta -titulado Must the Devil Have All the Good Tunes?- interpretado, en sus propias palabras, “por dos artistas brillantes para los que compuse la obra, Yuja Wang y Gustavo Dudamel”. Actualmente está terminando una obra orquestal de ocho minutos titulada I still dance y se encuentra trabajando en un libreto para una nueva ópera que empezará a componer este verano.

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