Discos

Una presentación arriesgada y valiente

Raúl González Arévalo

viernes, 21 de junio de 2019
Lexia. Canciones de Henri Duparc (Extase, L’invitation au voyage, Chanson triste), Ottorino Respighi (Nebbie, Stornellatrice), Reynaldo Hahn (L’heure exquise, Chanson de l’automne, L’enamourée), Félix Lavilla (Anderegeya, Loa Loa, Leengo denborentan), Francis Poulenc (Fleurs, La reine de coeurs), Franz Liszt (Benedetto sia il giorno), Xavier Montsalvatge (Canción de cuna para dormir a un negrito). Gillen Munguía, tenor. Josu Okiñena, piano. Un CD (DDD) de 50 minutos de duración, grabado en MG Studios de Madrid (España), del 23 al 26 de mayo de 2018. SONY CLASSICAL 19075946372. Distribuidor en España: Sony Classical España.

Entre tanto marketing con estrellas fugaces enlatadas a veces es complicado salir adelante y reivindicar un hueco por derecho propio en el complicado mundo de la lírica. No digo nada nuevo si escribo que la calidad vocal y el trabajo bien hecho tienen su recompensa… a veces. Por eso mismo hay caminos que no pueden dejar de asombrar, por la honestidad, el riesgo y la valentía. El álbum Lexia culmina una etapa de uno de esos caminos.

Hace apenas unos días el joven tenor Gillen Mungía se presentó en estas mismas páginas exponiendo con humildad su recorrido: de dónde le venía su pasión por la ópera, sus estudios, personalidades decisivas en su formación y compromisos recientes y futuros, como recordarán los lectores de Mundoclasico.com. El vasco tiene una voz ideal para papeles de lírico joven, con Donizetti (Gennaro, Leicester, Devereux, Edgardo) y Verdi (Alfredo, Oronte, Rodolfo, Duca, Fenton) a la cabeza, aunque también se vislumbran posibilidades en el repertorio francés: Massenet (Werther, Des Grieux) y Gounod (Romeo, Faust), por nombrar los más conocidos. Probablemente otro en su lugar habría optado por presentarse con un disco de arias de ópera de ese repertorio, más comercial y fácil para el gran público.

La pasta de cada individuo se revela en las decisiones que toma. La de Munguía, no cabe duda, es singular, porque no solo ha sido valiente al seguir un camino menos fácil, rápido y directo: el intérprete arriesga, y de qué manera, apostando fuerte por un repertorio poco convencional entre la tradición lírica española. Hay que remontarse a la gran Victoria de los Ángeles para encontrar un nombre grande que frecuentara con vocación y dedicación el mundo de la canción, ofreciendo resultados excelentes, muchas veces insuperables, en el lied, la chanson y la canción española. Pero, como dice el refrán, ningún camino fácil lleva a un lugar que merezca la pena.

El riesgo de este repertorio es tramposo porque con frecuencia no se vislumbra: frente a la aparente sencillez o facilidad de las melodías en comparación con las más espectaculares arias de ópera, prontas al aplauso con el agudo bien colocado, esta música muestra la voz desnuda, mucho más expuesta por el solo acompañamiento del piano, de modo que la madurez técnica e interpretativa del cantante se sitúa bajo una lupa de aumento. Más aún, a la solvencia en el canto tiene que acompañar un conocimiento exhaustivo del idioma, porque la mera dicción clara y la pronunciación correcta no bastan. Los textos proceden de los poetas más destacados –aquí comparecen de Petrarca a Verlaine– de modo que es preciso dominar la prosodia porque la música subraya el efecto poético de la métrica y el acento. Así, el cantante se convierte en intérprete supremo porque debe ser un virtuoso de la palabra hecha canto. De este modo, el título del álbum, Lexia –‘palabra’ en griego–, cobra pleno sentido porque detrás del planteamiento filosófico del disco está profundizar en la relación entre el texto y la música.

Toda esta argumentación sería papel mojado si la interpretación fallara en alguno de sus puntales. Sorprendentemente, Munguía no solo cumple todos los requisitos, sino que acierta a ofrecer una lectura fresca y personal desde el respeto al género. En este sentido, maravilla la calidad mórbida de la emisión, la dulzura de la que es capaz en ciertos ataques y lo cuidados que están los remates de las frases. La propiedad idiomática con la que pronuncia el texto denota un conocimiento extenso del repertorio francés y de la lengua gala, incluyendo el tratamiento de las inevitables nasalidades. Se trata de un magisterio que emerge sutil, pero patente, en el cambio de acercamiento a la interpretación de las piezas de Hahn frente a las de Duparc, igualmente exquisitas, pero diferenciadas.

Munguía transmite perfectamente la gran melancolía de las composiciones de Duparc, que han abordado preferentemente intérpretes femeninas (imposible no recordar, de nuevo, a Victoria de los Ángeles), como en el caso de las canciones de Respighi (aquí pensé en Teresa Berganza). Ciertamente las españolas tienen otra madurez, y sobre todo le otorgan otro significado, netamente femenino. Pero precisamente el cambio de óptica del tenor donostiarra trae una frescura agradable, diferente también de la de otros intérpretes masculinos, siempre voces graves, que han frecuentado la chanson, de Souzay a Van Dam.

Con Respighi, que acabo de nombrar, entramos en otro universo sonoro. Y con él, el tenor cambia el acercamiento estilístico, imprime otra fuerza a la palabra –es un gran fraseador, no cabe duda–, luce perfecta la dicción de nuevo, con un entendimiento evidente de la prosodia italiana, de modo que subraya los aspectos más dramáticos con regulaciones de sonidos muy pensadas, con contrastes acentuados entre forte y piano que son evidentes elecciones del intérprete.

Colocar las canciones vascas –el homenaje a la tierra– de Félix Lavilla detrás de Hahn tiene un efecto sorprendente: Anderegeya suena inesperadamente francesa, siguiendo una línea estética que enlaza perfectamente con el resto del programa, mientras que la nana Loa Loa se aborda con una enorme dulzura. En este contexto sorprende la inclusión de Benedetto sia il giorno, soneto de Petrarca musicado por Liszt, que parece más ajeno a la línea desarrollada hasta el momento, en cualquier caso menos intenso que otras interpretaciones como la de Bruce Ford para Opera Rara. Con Montsalvatge finaliza el recorrido, regresando a los postulados que han presidido todo el recital. Se trata de la primera grabación en voz masculina de la Canción de cuna para dormir a un negrito. En el siglo XXI las nanas también son patrimonio de una nueva masculinidad.

La atmósfera íntima e intimista, casi doméstica, que rezuma el disco debe todo al piano de Josu Okiñena, de sonido un tanto metálico, pero versátil en la recreación de atmósferas melancólicas, misteriosas o llenas de fuerza, en perfecta comunión con la voz. Un solo ejemplo para ilustrar lo que digo: las notas de Loa Loa evocan las gotas de lluvia golpeando la ventana, mientras la voz canta la canción de cuna en la intimidad del hogar.

Si las presentaciones discográficas deben ser rúbricas de los intérpretes, para Gillen Munguía se llega rápidamente a una conclusión fácil: intérprete serio y honesto, técnicamente maduro –sin menoscabo del margen para madurar–, que no teme elecciones arriesgadas y valientes si se justifican artísticamente. ¿Se puede esperar más de un cantante joven?

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