Alemania

Una mordaz crítica

Juan Carlos Tellechea

viernes, 28 de junio de 2019
Mönchengladbach, sábado, 15 de junio de 2019. Mönchengladbach (Baja Renania), sábado 15 de junio de 2019. Theater Mönchengladbach. Orpheus in der Unterwelt (Orfeo en los infiernos), ópera bufa en dos actos (versión de 1858, con aportaciones de la versión de 1874), con música de Jacques Offenbach y libreto en francés de Hector Crémieux, con la colaboración de Hector Halévy, texto en alemán de Hinrich Horstkotte utilizando la transcripción de Ludwig Kalisch, estrenada el 21 de octubre de 1858 en el Théâtre des Bouffes-Parisiens (Opéra bouffe en dos actos) y el 7 de febrero de 1874 en el Théâtre de la Gaité (Opéra feerie en 4 actos). Régie, Hinrich Horstkotte. Escenografía, Martin Dolnik. Vestuario, Hinrich Horstkotte. Ayudante de vestuario, Ina Schotes. Coreografía, Robert North. Dramaturgia, Andreas Wendholz. Intérpretes: La Opinión Pública, Gabriela Kuhn; Orfeo, famoso violinista (David Esteban); Eurídice, su mujer (Sophie Witte); Aristeo, apicultor, en realidad Plutón, dios de los infiernos (Rafael Bruck); Júpiter, rey de los dioses (Hayk Deinyan); Juno, su mujer, diosa del matrimonio (Debra Hays); Diana, diosa de la caza y de la luna (Eva Maria Günschmann); Marte, dios de la guerra (Alexander Kalina); Mercurio , mensajero de los dioses y dios de los espías (James Park); Venus, diosa del amor y de la belleza (Janet Bartolova); Cupido, su hijo, dios del amor (Susanne Seefing); John Styx, factótum de Pluto (Michael Grosse). Coro de la Comunidad de Teatros de Krefeld y Mönchengladbach, preparado por Michael Preiser. Figurantes de la Comunidad de Teatros de Krefeld y Mönchengladbach. Orquesta Niederrheinische Sinfoniker. Director musical Diego Martín-Etxebarría. Asistencia: 100% del aforo
Horstkotte: Orpheus in der Unterwelt © Stutte / Krefeld, 2019

Para conmemorar puntualmente el Bicentenario del nacimiento del compositor francés de origen alemán Jacques Offenbach (1819 - 1880), el Theater Mönchengladbach presentó con gran éxito este sábado 15 de junio una versión muy poco convencional de su ópera bufa Orfeo en los infiernos, con la acertada régie de Hinrich Horstkotter (Bonn, 1972) y la extraordinaria dirección musical del español Diego Martín-Etxebarría al frente de la orquesta Niederrheinische Sinfoniker. 

Horstkotter, quien se crió en Berlín y comenzó a trabajar como titiritero antes de formarse en escenografía, vestuario y dramaturgia en la Academia de Artes Plásticas de Múnich, consiguió con maestría y buen nivel reconvertir la parodia irreverente de Offenbach sobre su época, en una suculenta burla contra el régimen comunista de la extinta República Democrática Alemana (RDA) y sus grotescos actos, mirados hoy hasta con cierta nostalgia retrospectivamente. A buen conocedor pocas palabras bastan.

Al igual que ocurriera con el estreno de esta feroz sátira en 1858 en la que el creador de la opereta moderna utilizó por primera vez la mitología griega como telón de fondo para criticar sarcásticamente al régimen de Napoleón III en el Segundo Imperio (1852 -1870) y en la que todas las figuras de la alta sociedad de entonces se veían reflejadas por su doble moral en la pieza, así también es posible reconocer en la puesta de Horstkotter a esa pléyade de la nomenclatura del Partido Socialista Unificado (SED), como eufemísticamente se denominaba al Partido Comunista, de la RDA. 

El regista hila muy fino y apunta directamente a los tiempos bajo la presidencia del tristemente célebre Erich Honecker (alias Júpiter o Jupiti para los más íntimos, un mujeriego de mucho cuidado, el notable bajo armenio Hayk Deinyan) en una Alemania Oriental autoerigida en algo así como el paraíso, el Olimpo de los dioses, frente a la occidental y seductora República Federal de Alemania, el infierno y origen de todos los males habidos y por haber. Margot Honecker, su mujer, era ni más ni menos que la quisquillosa Juno (insuperable la soprano estadounidense Debra Hays), la divinidad del matrimonio. 

Así, como este bufonesco cielo, estaba consitutido aquel Consejo de Estado de la RDA presidido por Honecker. Los dioses terminan por aburrirse, muestran rostros muy lánguidos, adormecidos, mientras los cuadros con las imágenes de Leonid Brezhnev y Honecker se mudan del Politburo a ese nuevo recinto (escenografía de Dolnik y vestuario de Horstkotte). 

En tal Elíseo, las cosas no marchaban económicamente muy bien, pero a diferencia del Averno reinaba allí el humanismo y la cultura, según repetían y repetían sus mensajes propagandísticos. Los miembros de la STASI (Staatssicherheitdienst, el Servicio de Seguridad del Estado en la RDA) y sus informantes no oficiales (Inoffizieller Mitarbeiter, IM) no eran espías (¡¡¡qué va!!!) que estaban al tanto de todo lo que ocurría en cada hogar, en cada pareja, en cada familia, con cada persona, sino agentes que velaban por el amor al prójimo, así lo llaman allí. 

La realidad de las cosas se ponía muchas veces en penosa y ridícula evidencia, ante la incontenible hilaridad de la platea, cuando la población de ese edén clamaba en manifestaciones callejeras por poder comprar las cosas más elementales, siquiera una banana, un huevo o un ananá o cuando la miel llegaba al mercado con Plutón, el dios de los infiernos, disfrazado de apicultor occidental. 

En la segunda escena del segundo acto y al final suena preciosamente el celebérrimo y contagioso galop infernal, que se convirtiera en el himno característico del can-can, el baile de gran energía y exigencia física que había apareció por primera vez en 1830 en los salores de baile de la clase trabajadora del barrio parisino de Montparnasse. 

La puesta tiene muchísimo filo, quizás hasta demasiado para un público que no necesariamente está informado al detalle o que se siente aturdido ante cada uno de los pormenores que allí se tocan, pero la música de Offenbach, todo el elenco de cantantes sin excepción, la extraordinaria ejecución de la Niederrheinische Sinfoniker bajo la batuta de Martín-Etxebarría, y el fenomenal coro de la Comunidad de Teatros de Krefeld y Mönchengladbach resultan una delicia para los oídos del millar de espectadores. 

Las risas estallan ya antes de que la música emane del foso. Una voz con acento sajón ordena a través de los altavoces del teatro apagar los telefonillos y recuerda que está estrictamente prohibido filmar, fotografiar o grabar sonido durante la función. El tono autoritario es el mismo que empleaban los agentes de la Policía Popular de la RDA (Deutsche Volkspolizei, VOPO) de aciaga memoria para quienes hayan visitado entonces aquel país. Oficia de locutora la joven y exquisita soprano berlinesa Sophie Witte, que encarnará majestuosamente minutos después a Eurídice y que se reunirá con John Styx, el factótum de Plutón, al que da vida el actor Michael Gross, nada menos que el director general de esta comunidad de teatros, nacido en 1961 en la entonces Berlín Oriental. Styx personifica a un famoso cómico de la RDA, 

Por otra parte, resultó encantadora la labor de Gabriela Kuhn en el papel de La Opinión Pública que aparece desde un principio ante un fondo de vídeos de aquellos tiempos (que hoy nos parecen pertenecer a un pasado muy muy lejano), y cuya proyeccion se ve abruptamente interrumpida cuando ella afirma, como disculpándose, que a decir verdad no fue todo tan malo, entre más risas y risas de los asistentes. 

La apuesta de Horstkotter con esa fantasía que parece no tener límites resultó exitosa con su reinterpretación de la trama de Orfeo (estupendo el tenor ecuatoriano David Esteban), cuyas raíces en el el mito de la Antigua Grecia, incluso en la versión original de 1858/1874, solo sirvieron de fachada para la mordaz crítica de su tiempo, así como de la ópera Orfeo y Eurídice de Christoph Willibald Gluck, cuya primera versión fuera estrenada en 1762 en Viena y la segunda en 1774 en París. 

Los gags se suceden y suceden sin solución de continuidad, uno mejor que el otro, mientras Martín-Etxebarría conduce al colectivo musical con muy diestra mano, cuidando sobremanera el estricto seguimiento de la partitura, desde la maravillosa obertura (del austríaco Carl Binder, estrenada en 1860 en Viena). De alquilar balcones resulta la escena en el discreto reservado de una discoteca del infierno en el que Jupiter (alias Honecker), disfrazado de mosca, se abre paso hasta la cama de Eurídice. 

El precioso Cupido de la mezzosoprano Susanne Seefing se transforma en Nina Hagen, una famosa estrella punk con sus célebres actuaciones. El destacado tenor James Park alterna como doble agente entre el mensajero de los dioses, Mercurio, y el tenebroso ministro titular de la STASI, Erich Mielke. Marte, el dios de la guerra, o sea el ministro de la Defensa de entonces, general Heinz Keßler, es personificado a paso de oca por el barítono ruso Alexander Kalina. 

El violinista Orfeo, quien mantiene permanentes altercados con su mujer Eurídice, le tiende a esta una trampa. Tanto da que sea mordida por una serpiente en un maizal (de la Cooperativa de Producción Agraria, LPG, Landwirtschaftliche Produktionsgenossenschaft) o pise sin querer una jeringuilla con heroína. No es importante para el transcurso de las cosas, solo cuenta el resultado. Su marido está dispuesto a todo y ella sueña con una vida plena de emociones junto a Plutón (genial el tenor Markus Heinrich), el rockero señor de los infiernos.

Su reino, el inframundo está en Berlín Occidental, allí donde siempre cae el sol, en contraposición con el sector Oriental, donde el astro rey está siempre en ascenso. En su carta de despedida, Eurídice le expresa a Orfeo que estaba demasiado cansada de él, así que resolvió irse al Hades, mensaje que el dios de los infiernos pinta con pulverizador sobre el Muro de Berlín. Al final esta construcción colapsará gracias a una explosión provocada por Júpiter, comenzando así la unificación de los dos Estados alemanes. Orfeo, sorprendido por el acontecimiento, mira a su alrededor buscando a Eurídice, pero no la encuentra y muy triste vuelve sin ella al este. 

Ovaciones, exclamaciones y rechiflas de aprobación cerraron esta memorable velada que se repitió asimismo con notable gloria el mismo día del cumpleaños de Offenbach el jueves 20 de junio. Sin embargo, en Colonia, su ciudad natal, el templo lírico local no consiguió tan buena recepción con su nueva subida a cartel de La Grande-Duchesse de Gérolstein, ópera bufa en tres actos estrenada el 12 de abril de 1867 en el Théâtre des Variétés de París.

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