Rusia

París, Belle Époque

Maruxa Baliñas y Xoán M. Carreira

miércoles, 3 de julio de 2019
San Petersburgo, domingo, 30 de junio de 2019. Mariinski 3. Sala de conciertos. Maurice Ravel, Pavana para una infanta difunta. Claude Debussy, Preludio a la siesta de un fauno. Paul Dukas, El aprendiz de brujo. Maurice Ravel, La valse. Camille Saint-Saëns, Sinfonía nº 3 en do menor op. 78, ‘con órgano’. Konstantin Volostnov, órgano. Orquesta Sinfónica Juvenil de Rusia. Jean Christophe Spinosi, director. Festival Noches Blancas 2019

Fue la Sinfonía nº 3 de Saint-Saëns la que nos llevó un domingo, a la hora de la siesta, hasta la Sala de conciertos del Mariinski. No es nada habitual escucharla en concierto por la dificultad de introducir el órgano en la orquesta y porque Saint-Saëns es un compositor que no acaba de asentarse en el repertorio. Y el resultado fue muy superior a lo que esperábamos, incluso Carreira, que es fan reconocido de Saint-Saëns y considera esta sinfonía una obra maestra. 

El programa era muy coherente, música francesa de la Belle Époque (salvo La Valse, ya de 1920), y atendía a la formación de los jóvenes músicos en un estilo que se ha considerado ‘patriótico’ y, consecuencia de la geopolítica, resulta tener claras confluencias con el estilo imperialista ruso (el del Grupo de los Cinco). Visto desde aquí, además de ser un repertorio que todo joven instrumentista debería conocer, en este caso tiene un interés estratégico de cara al actual mercado musical global. 

Dos cosas nos han llamado la atención respecto a visitas anteriores a San Petersburgo. Y una de ellas es que parece haber -por lo menos por parte de Gergiev- un claro interés por mejorar la calidad de los instrumentistas de viento y asentar una técnica más moderna. En esta edición 2019 del Premio Chaicovsqui se introdujeron por primera vez las categorías de viento-madera y viento-metal (Gergiev es co-presidente del concurso) y la elección de este programa francés para la Orquesta Juvenil Nacional de Rusia, con sus altas exigencias precisamente para los instrumentos aerófonos, no parece casual.

Por su parte, Spinosi también pareció centrar su atención en el timbre instrumental y en el color armónico, exprimiendo al límite las en absoluto pequeñas posibilidades de los jóvenes intérpretes. Y como botón de muestra es justo citar a la solista de fagot, sobre todo por su sonido acre en El aprendiz de brujo. En general, nos pareció ejemplar el empaste de las maderas con la noble perfección de la tradición rusa de las cuerdas. Y la incorporación del esmalte estándar de los metales actuales también es un avance importante. La única asignatura pendiente que se nos ocurre es que para alcanzar la excelencia será necesario trabajar la alternancia habitual en este repertorio entre las trompetas y las cornetas: estas últimas, a diferencia de las trompetas, empastan perfectamente con las trompas. 

Escuchando una versión tan diáfana y tan ajustada como la de la Orquesta Juvenil de Rusia, Carreira percibió una vez más las influencias de Saint-Saën sobre John Adams y más concretamente la del Scherzo de esta Sinfonía sobre la juvenil Grand Pianola Music (1981) de este compositor (especialmente en las sonoridades sincopadas del piano y en la resolución de los pulsos) y sobre la decisión posterior de Adams de incorporar dos sintetizadores en la sección de cuerdas de muchas de sus obras. 

Una deliciosa 'siesta musical' en un domingo soleado en el que todos nos sentimos felices; los chicos fascinados por la claridad, elegancia y entusiasmo de Spinosi; el público entregado y rendido ante estas altas dosis de belleza interpretativa que se podía escudriñar en los más mínimos detalles gracias a la prodigiosa acústica de la Sala de conciertos del Mariinski. 

Post Scriptum de Maruxa: Tras escuchar una versión tan diáfana y ajustada de la Sinfonía nº 3 de Saint-Saëns, y al maravilloso organista Konstantin Volostnov, camino del Mariinski 2 donde íbamos a escuchar el Attila dirigido por Gergiev, Carreira estaba tan entusiasmado por este concierto que no había forma de hacerlo callar y no pude ni merendar -algo siempre necesario antes de una ópera tan cruel-. Y al terminar Attila estaba tan entusiasmado que no pude tampoco cenar en condiciones antes del maravilloso concierto nocturno de Trifonov y Gergiev. Conclusión: si esto sigue así, yo vuelvo a España más delgada .... o divorciada. 

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