Italia

Jornada pesada

Jorge Binaghi

jueves, 4 de julio de 2019
Florencia, viernes, 21 de junio de 2019. Teatro del Maggio Musicale. Le nozze di Figaro (Burgtheater, Viena, 1 de mayo de 1786). Libreto de Lorenzo Da Ponte sobre la comedia homónima de Beaumarchais. Música de W. A. Mozart. Puesta en escena: Sonia Bergamasco. Escenografía: Marco Rossi. Vestuario: Gianluca Sbieca. Intérpretes: Mattia Olivieri (Conde), Serena Gamberoni (Condesa), Valentina Mastrangelo (Susana), Simone Del Savio (Fígaro), Miriam Albano (Querubín), Patrizia Cigna (Marcelina), Emanuele Cordaro (Bartolo), Dave Monaco (Basilio) , Costanza Fontana (Barbarina), Patrizio La Placa (Antonio) y Claudio Zazzaro (Don Curzio). Coro (preparado por Lorenzo Frattini) y orquesta del Teatro. Directora: Kristiina Poska
Bergamasco, Le nozze di Figaro © Michele Monasta, 2019

Se supone que se trata de una ‘folle journée’. De ‘enloquecida’ ha tenido poco y de cansina mucho. Una vez más se comprueba que si un director se obstina en leer a un compositor de manera totalmente opuesta a lo que dicen texto (en el caso de una ópera) y música poco se puede hacer. Hay ejemplos ilustres, aunque éste no creo que vaya a ser uno. Ignoro los motivos de contratación de la señora Poska, que tiene por lo que se ve cargos estables en Basilea y la parte flamenca de Bélgica. En cualquier caso ver todo el tiempo el exacto movimiento de brazos y manos entorpeciendo el trascurso de la acción (desde la obertura misma) con algún sobresalto salpicado aquí y allá, preocupando a los cantantes con la respiración (y no hablo de los recitativos ya que parecían algo agregado de lo que no se tenía consideración alguna -me han llegado rumores de que la directora no conoce el italiano; si es cierto, ahí es nada) y fraseando prácticamente todo cubriéndolo de un color gris (en este contexto restablecer las arias de Marcelina y Basilio fue un suplicio agregado que a nadie benefició) es una de las experiencias más nefastas que me ha tocado últimamente. 

Como se hizo mucha publicidad sobre el hecho de que dirección musical y escénica fueran confiadas a dos damas quisiera creer que no se trató, además o sobre todo, de una elección ‘paritaria’ de esas que se reclaman ahora. Entiendo perfectamente que las profesiones -todas- tienen que estar abiertas a todos (y a todas, no faltaba más, perdamos un poco el tiempo en ser correctos), pero también que, sobre todo en una manifestación artística como el Maggio Musicale y en un teatro de la tradición del florentino, lo que debe primar es la capacidad.

Bergamasco no fue igualmente terrible, pero su fama -no he visto nada hasta el presente- como directora de teatro salida de la escuela de Strehler no se ha visto confirmada en su primer trabajo para el teatro lírico (también se le podría haber propuesto un título menos difícil y conocido que el presente). Lo más sorprendente es que no parece haber habido una especial dirección de actores y algunas resoluciones no son felices (los finales de acto, en particular el segundo por ejemplo; la huída de Querubín en el segundo acto resulta simplemente ridícula). Los decorados son simples pero funcionales y de buen colorido, bien los trajes (no se sabe por quién algo cacofónicos entre pelucas de la época y vestuario más moderno); el último cuadro presenta una estatua animada (ignoro para qué) y un gran ciervo (idem, a menos que se trate de alusión a los cuernos). 

La orquesta, que es buena y tocó bien al menos en el aspecto técnico, no pudo lucirse. El coro estuvo bien, pero su parte no es muy larga.

Se había elegido una compañía italiana de media de edad muy joven y con algunos cantantes que podrían perfectamente retomar la línea de los Bruscantini, Taddei, Freni, Sciutti (no enumero más para no ser más farragoso aún), pero… El mejor fue Olivieri, que demuestra en cada ocasión que trabaja bien, mucho y seriamente, además de ser buen actor y tener buena presencia. La voz se está aún desarrollando en el sentido de que crece y tiendo a pensar que crecerá más (no es habitual escuchar mucho al Conde en los conjuntos). Entretanto Mozart le hace bien y él lo hace bien: su canto es flexible y matizado y hasta logró hacer un buen trino al final del aria (que en mejores condiciones ya es arriesgado y muchos prefieren no hacerlo o apenas esbozarlo), pero con su magnífica dicción y su buen hacer cada intervención (incluso los recitativos) y el pedido final de perdón a la Condesa fueron un oasis. 

No fue el único, por suerte. Mastrangelo también parece una voz en evolución, pero su Susana es determinada, muy bien cantada sin ser simplemente una Despina. Cantó muy bien su gran aria del acto final (realmente no pudo con el grave de ‘notturna face’, pero sólo lo apunto como anécdota, ya que si eso fuera determinante para establecer si una Susana es buena pocas pasarían y aún menos con nota). Del Savio es un buen bajobarítono (parece más bien bajo, pero justamente el grave es su talón de Aquiles) que estuvo bien, probablemente un poco fuera de estilo en la interpretación, aquí sí demasiado ‘a la italiana’. 

Gamberoni es una cantante talentosa, pero ella sí sigue siendo claramente una soubrette por timbre y anchura, y eso no beneficia a la Condesa. Estuvo correcta, pero sin entusiasmar (y de trinos hablando me sorprendió la escasa trascendencia que tuvo el del final de ‘Dove sono’). Lo mismo, en mayor grado, puede decirse de la labor de Albano, una voz descolorida con una actuación equivalente y muy femenina. No molestó, pero no ayudó. Estuvieron bien los comprimarios menores La Placa y Zazzaro y correctas las dos doncellas del final del tercer acto (Elena Bazzo y Nadia Pirazzini), y fue interesante Barbarina (Fontana). Cordaro, que sustituía a un colega enfermo, cantó discretamente su gran aria y el resto. Cigna es una soprano al parecer líricoligera (aunque los agudos resultan destemplados) y eso no la ayudó para Marcelina, que suele ser (correctamente) una mezzo. Monaco es un joven tenor simpático y buen actor, pero de voz pequeña y limitada. En fin, otra vez será.

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