España - Madrid

Cenicienta: el triunfo de la ensoñación

Germán García Tomás

lunes, 8 de julio de 2019
Madrid, miércoles, 26 de junio de 2019. Teatros del Canal (Sala Roja). Cenicienta. Música: Johann Strauss (hijo). Ballet Nacional de Cuba. Coreografía: Pedro Consuegra. Escenografía: Ricardo Reymena. Vestuario: Francis Montesinos y Julio Castaño. Luces: Pedro Benítez. Bailarines principales: Anette Delgado (Greta), Dani Hernández (Gustav), Claudia García (Rava), Ernesto Díaz (Léontyne), Diana Menéndez (Yvette), Karla Iglesias (Fanchon), Alejandro Olivera (Monsieur Toucour), Diego Tápanes (Waldemar). Ocupación: 95%.
Anette Delgado © 2019 by Ballet Nacional de Cuba

El Ballet Nacional de Cuba ha recalado en la Sala Roja de los Teatros del Canal dentro de su jugosa programación de danza para ofrecer en un par de semanas dos de sus grandes coreografías, de un lado el archiconocido El lago de los cisnes, y de otro esta Cenicienta que aquí nos ocupa. Aunque el ballet cubano aún se mantiene bajo las riendas de la Prima Ballerina Assoluta Alicia Alonso (desde 1948 lo lidera con pulso inquebrantable), es Viengsay Valdés como subdirectora artística la encargada en la práctica de dirigirlo con no menor mano experta.

Pese a partir del popular cuento de Charles Perrault, Cenicienta es una de esas rara avis en el mundo de la danza. Es la única música expresamente escrita para la danza por el rey del vals, Johann Strauss (hijo), y su estreno tuvo lugar ya fallecido el compositor, el 2 de mayo de 1901 en Berlín. Hoy en día es prácticamente un título orillado en el repertorio balletístico, llevándose mayor protagonismo el homónimo de Sergei Prokofiev, escrito 45 años más tarde. El programa de mano de los Teatros del Canal ofrece una información errónea acerca de la coreografía de este espectáculo, atribuyéndola a Marius Petipa y Lev Ivanov, los creadores del título de Chaicovski previamente presenciado en este escenario, y la versión de esta Cenicienta realmente es de Pedro Consuegra, una coreografía realizada en 1988 para la Ópera de Marsella y revisada para La Habana diez años más tarde, en 1998, como nos detalla la página web de los Teatros.

Seduce desde la escena inicial el preciosismo escenográfico de la propuesta, que cuida al detalle el realismo de los elementos, tanto en escenarios como en vestuario. A ello se une que todo ademán, gesto o movimiento corresponde fielmente a las melodías de Johann Strauss, un entreverado de músicas extrovertidas y despreocupadas que siguen el curso de su indiscutible sello bailable en la línea de sus valses y mazurcas, muy lejos de la mayor riqueza expresiva, hondura y patetismo de las tres partituras para ballet de Chaicovski. Acertado se antoja además el recurso a un gran panel dibujado con viñetas de la propia historia narrada para los cambios de escena.

Frente al empaque y solemnidad con que dota al príncipe Gustav o a Cenicienta en sus momentos de expansión y plenitud (en sensacionales pasos a dos protagonizados por Anette Delgado y Dani Hernández), Pedro Consuegra no descuida el retrato burlesco de la madrastra Léontyne (de un tratamiento extremadamente histriónico) o de Waldemar, hermano del príncipe. Particularmente trabajado está el doble perfil del personaje titular de Greta, una Cenicienta que en Anette Delgado encuentra ese halo de abandono en sus bailes acompasados con la escoba y que alcanza toda su dignidad en las escenas palaciegas. A su lado arriesga valientemente en solitario Dani Hernández a través de sus saltos y jetés, que al igual que las piruetas de Cenicienta, fueron muy aplaudidos por el público.

Consuegra diferencia espléndidamente el carácter particular de cada momento de la trama, destinando lo mejor para las escenas colectivas. Precisamente, el mayor atractivo visual se presenta en la gran escena de las danzas del segundo acto (cuyas Czardas escuchadas son las de Ritter Pásmán, la única ópera de Strauss), todo un dechado de exhibición del cuerpo de baile que se convierte en galería de los majestuosos vestuarios de Francis Montesinos y Julio Castaño. Esta Cenicienta también logra transferir ese clima ensoñador con esencias de auténtico cuento de hadas mediante el uso de la iluminación dispuesta por Pedro Benítez en los momentos más mágicos de la trama, que son los de la aparición del cortejo féerico a Cenicienta y el abandono apresurado de ésta de la fiesta.

En suma, hemos tenido una oportunidad deliciosa para disfrutar del único ballet de Johann Strauss, la que ha regalado el Ballet Nacional de Cuba en una de sus gratas visitas a nuestro país, y que ha servido asimismo para regocijarse con el infinito talento de su danzarina cantera.

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