Italia

Mujer muerta, ciudad muerta

Jorge Binaghi

martes, 9 de julio de 2019
Milán, lunes, 17 de junio de 2019. Teatro alla Scala. Die tote Stadt (Hamburgo y Colonia, Opera, 4 de diciembre de 1920), libreto de P. Schott y música de E. W. Korngold sobre la novela homónima de G. Rodenbach adaptada por el autor al teatro. Puesta en escena: Graham Vick. Escenografía y vestuario: Stuart Nunn. Iluminación: Giuseppe Di Iorio. Coreografía: Ron Howell. Intérpretes: Klaus Florian Vogt (Paul), Asmik Grigorian (Marie/Marietta), Markus Werba (Franz/Fritz), Cristina Damian (Brigitte), y otros. Orquesta y coro (director: Bruno Casoni) del Teatro. Dirección de orquesta: Alan Gilbert
Vick: Die tote Stadt © Teatro alla Scala, 2019

Al parecer esta obra de Korngold está entrando en el repertorio de los teatros de primer nivel. Si mi última reseña daba cuenta del estreno en la Opéra parisina, éste ha sido su bautismo en la sala de Piermarini. Y lo ha hecho por la puerta grande en cuanto a la versión y con éxito -¿inesperado?- de público. Es un ejemplo seguramente del boca a boca y de la capacidad del público para superar prejuicios y manipulaciones de los que a veces es víctima. En todo caso la Scala ha vuelto por sus fueros con este espectáculo, muy superior a títulos más conocidos o valorados que han pasado o están pasando en esta temporada. Teatro lleno en esta última función, con gente (críticos incluso) que repetían, mucho interés, buen éxito (y merecido).

La frase del título la dice al principio de la ópera -breve en sí misma- el protagonista y puede ser una buena y simbólica síntesis de contenido e intenciones (por cierto, como nadie es perfecto ni logra consenso unánime, ha habido quien ha fruncido el ceño ante música tan ‘decadente’, y para colmo de un compositor que acabaría su carrera como autor de bandas sonoras del cine de Hollywood… Como si esto último fuera un crimen o una prostitución, y como si Korngold, u otros como él, hubieran tenido alguna posibilidad de elección si querían seguir vivos y de algún modo en la profesión para la que estaban dotados. Ciertamente uno puede descubrir, especialmente en los preludios o interludios sinfónicos ‘apuntes’ de partituras ‘livianas’ posteriores, pero también de influencias que van de Puccini a Strauss sin dejar de ser una partitura interesante y bastante original, hasta con dos arias célebres, con perdón de los posmodernos). La novela es buena, pero la adaptación me parece más concisa y mejor, con la idea de que todo es un sueño, lo que si aleja la virulencia de la crítica permite decir cosas muy de la época (y de toda época) como la ambivalencia en la consideración de la figura femenina, las convenciones y esclavitudes burguesas, el poder de lo religioso, para citar las más evidentes.  

La nueva producción de Vick, al parecer sólo para la Scala, es buena, sobria, bien iluminada, con una dirección de actores relevante, y la caracterización austera, reprimida y represora del mundo ‘ de bien’ (la casa de Paul, un protagonista que oculta con su obsesión por la mujer muerta un hervidero de pasiones bajo una máscura de compostura, su ama de llaves, en parte su amigo Frank, que tiene un pie entre dos mundos y está siempre preparado para huir, como parece ser también la decisión final –o la posible respuesta- de Paul) y la alocada, ‘anormal’ (en el sentido de sin normas) de artistas, desclasados y esnobs con dinero, cuya representante principal es Marietta, sin duda el personaje más atractivo de todos.  

Buena -incluso notable- la dirección de Gilbert, que sólo muy aisladamente cayó en el peligro de engolosinarse con la textura sinfónica de la obra, cosa más que comprensible ante la excelente ejecución de la orquesta del Teatro. Ya es casi un trámite alabar la labor del coro y la de su director, Casoni. Pero aquí importan los tres o cuatro protagonistas (el ama de llaves tiene cierta relevancia, pero no al nivel de los otros tres) mientras que los comprimarios tienen una intervención destacada en el segundo acto, bien resuelta por los intérpretes a quienes se confiaron las partes, que incluyeron también a miembros de la Academia del teatro, como asimismo lo fueron las voces blancas).  

Damian fue la menos convincente de los cuatro, aunque la voz es de mezzo presenta problemas de emisión. De todos modos suplió con creces sus limitaciones con la interpretación.

Werba, en lo que es una tradición, duplicó como Frank y como el Arlequín que tiene a su cargo en el segundo acto el aria más popular de la obra (‘Mein Sehnen, mein Wähnen’) y aunque aquí resultó algo claro cantó con gusto y en el otro papel estuvo plenamente acertado. 

Grigorian es un nombre que ha ido ascendiendo como la espuma tras su personificación de la protagonista de la Salomé straussiana en un reciente festival de Salzburgo (no se entiende como este Teatro no la ha conseguido -o previsto- para la próxima reposición del título). Una joven y apasionada intérprete que lo da todo en el canto y la actuación (esperemos que no le pase factura), con una voz clara, bonita y potente, segurísima y bien capaz de expresar los distintos matices de su enigmática figura (o figuras). Obviamente se lució en el otro fragmento conocido de la obra, que vuelve una y otra vez, incluso al final de la misma, el ‘Mariettas Lied’ (‘Glück, das mir verblieb’), pero su interpretación no conoció momentos mejores sino que fue consistentemente de elevado nivel.

Lo mismo puede decirse de Vogt, que no sorprende ya como tal vez el mejor intérprete actual de Paul (que tiene desde hace tiempo en su repertorio), pero que en esta oportunidad se ha superado como cantante (la voz pareció algo más timbrada, lo que es más adecuado para el protagonista) y en particular en su total implicación como actor: no sé si es la parte o esta producción, pero jamás me habían parecido igual de interesantes su canto (siempre musicalísimo y sin esfuerzo) y su interpretación escénica. Palmas.

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