España - Galicia

Un paseo por el pasado

Cristina Iglesias

jueves, 23 de mayo de 2002
A Coruña, sábado, 18 de mayo de 2002. Palacio de la Ópera. J. M. Kraus: Sinfonía fúnebre en do menor. W. A. Mozart, Adagio para dos clarinetes, dos corni di bassetto y un clarinete bajo, en si bemol mayor K 411 (1786). W. A. Mozart, Maurerische Trauermusik K 477 (1785). W. A. Mozart, Réquiem para solistas, coro y orquesta en re menor K 626 (1791). Mona Julsrud, soprano. Myra Kroese, contralto. Anders J. Dahlin, tenor. David Wilson Jonson, bajo. Coro de Cámara de Holanda. Ivar Punk, director del coro. Orquesta del S.XVIII. Frans Brüggen, dirección musical. V Festival Mozart de A Coruña. Ocupación: 85 %
---
El pasado día 18 de mayo tuvimos el placer de asistir a un concierto dirigido por el excepcional Frans Brüggen, considerado por la crítica como uno de los mayores expertos en la música del siglo XVIII. En 1981 fundó la orquesta que le acompañó en su visita a A Coruña: la Orquesta del S. XVIII, compuesta por unos sesenta maestros de diecinueve países diferentes, todos ellos especialistas en la música de los siglo XVIII y XIX, y que tocan tanto instrumentos de época como copias contemporáneas.El concierto dio comienzo con la Sinfonía fúnebre en do menor de Kraus, obra solemne y serena que mostró un especial protagonismo en el sonido de la cuerda, tocada con arcos barrocos y compuesta excepcionalmente con violas de gamba en lugar de los tradicionales chelos. El director estuvo en todo momento muy comedido en sus gestos, pero muy claro en lo que buscaba en cada compás de la obra. Este tipo de música antigua interpretada con instrumentos de la época acrecienta su calidad a raudales, aunque quizá la sala de concierto se haya quedado un poco 'grande' para acoger a este grupo instrumental.Lo que más se resistió, como casi siempre suele ocurrir en este tipo de formaciones historicistas, fue la afinación de los vientos, especialmente de las trompas. Por el contrario el oboe (de madera) sonó de un modo excepcionalmente bello y armonioso. El uso comedido del timbal tanto para iniciar la obra como para acabarla sugirió al público el hecho de asistir al 'paso' de una solemne y triste comitiva fúnebre.A continuación se interpretó un curioso Adagio para 2 clarinetes, 2 corni di bassetto y un clarinete bajo de Mozart, que la Orquesta del siglo XVIII ejecutó sin director. Todos estos instrumentos sonaron extremadamente bien y de modo muy dulce, casi como si estuviésemos delante de los sonidos de los tubos de un órgano. Las disonancias que se creaban en ciertos momentos contribuyeron decisivamente a la conformación del carácter de la obra.Después se ejecutó otra bella obra de Mozart, Maurerische Trauermusik, que sirvió para que el conjunto orquestal fuera poniéndose a tono para lo que iba a suceder en la segunda parte del concierto, la guinda de la noche: el siempre admirado Réquiem en re menor KV 626 interpretado por un coro de altísima calidad vocal pero quizá un tanto ahogado en el sonido de la orquesta, sobre todo al principio de la obra. Fue una verdadera delicia escuchar el estilo concitato de las voces en el Kyrie, pero lo que quizá resultó en extremo 'chocante' fue el ritmo agitado y galopante por el que Brüggen optó a la hora de dirigir esta obra.De este modo la comitiva fúnebre y misa de difuntos se convirtió en una competición de velocidad, con movimientos agitadísimos, casi frenéticos, y expresiones de esfuerzo máximo en la cara de los ejecutantes. El trombón que acompañó la entrada solista del bajo en el Tuba Mirum se lució de lo lindo, ya que aquello parecía una parodia de la obra de Mozart. Menos mal que esta parte se salvó con la intervención del cuarteto de voces solistas, que se fueron añadiendo por acumulación hasta hacer olvidar tan horrible comienzo.En el Recordare se apreció tres cuartos de lo mismo: la velocidad de la ejecución no permitió que el público se recreara y reflexionara como Misa de difuntos que era, y no como verbena o chascarrillo alegre. El Lacrimosa conservó todo su encanto y reflejó un preciso crescendo en la intensidad de las voces que lo hizo realmente espectacular.Es de agradecer el poder escuchar este tipo de obras con una orquesta de su propia época, y así poder comparar lo que habitualmente conocemos con lo que probablemente fue en su momento. ¡Todo un cambio y revolución!Pero como se suele decir que no hay mal que por bien no venga tengo que reconocer que la ejecución rápida de Brüggen hizo que personalmente me gustaran más las partes del Hostias, Benedictus y Sanctus, que escuchadas bajo la batuta de Karajan resultan algo soporíferas, la verdad.El Agnus Dei ofreció el reposo y descanso necesarios antes del final del Réquiem, con el Lux Aeterna, que retoma la melodía inicial pero con un texto diferente, y que a mi gusto resultó un tanto atropellado. ¡¡¡Es que nunca se pudo decir tanto en tan poco tiempo!!!

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.