Rusia

El virus Gergiev

Maruxa Baliñas

martes, 9 de julio de 2019
San Petersburgo, domingo, 30 de junio de 2019. Mariinski 3. Sala de conciertos. Daniil Trifonov, piano. Orquesta del Teatro Mariinski. Valery Gergiev, director. Dimitri Shostacovich, Concierto para piano nº 1 en do menor op. 35. Piotr Chaicovsqui, Sinfonía nº 6 en si menor op. 74 (“Patética”). Festival 'Noches Blancas' 2019

Gergiev dirige en poco más de 33 horas Tannhauser, el concierto de gala de premiados del Concurso Chaicovsqui, Attila de Verdi y un concierto orquestal nocturno y los que nos ponemos enfermos somos los oyentes. ¿Cómo que enfermos, dirán ustedes? Pues sí, yo salí del concierto encontrándome mal y casi incapaz de hablar, y no era la única, fuimos muchos los que nos íbamos en silencio y arrastrándonos camino de la parada de autobús. Yo asistía al concierto para escuchar a Trifonov haciendo Shostakovich y me encontré 'a traición' absolutamente derrotada por la Patética de Chaicovsqui. No sé cuántas veces he escuchado ya esta sinfonía, e incluso escribí varias veces sobre ella. No lo volveré a hacer, por lo menos en bastante tiempo. Hay tragedias con las que no se puede bromear. 

Obviamente no creo que Chaicovsqui predijera su muerte tras el estreno de esta sinfonía, no estaba despidiéndose del mundo ni nada de eso. Pero el caso es que murió nueve días después del estreno y durante toda la interpretación de Gergiev es casi lo único en que podía pensar, que la segunda vez que se tocó en público ya estaba muerto el pobre Chaicovsqui. Y cuando para intentar relajarme aparté la vista del escenario y miré al público ví casi exclusivamente brazos cruzados, posiciones defensivas, y demás lenguaje corporal que me hizo suponer que no era yo la única que se encontraba mal físicamente. 

Y el caso es que la velada no empezó tan mal. Era un concierto a las 10 de la noche, muy tarde para San Petersburgo (aunque en este momento del año sea todavía de día), pero Trifonov es un pianista muy querido y la sala estaba llena. Antes de su aparición, Gergiev presentó al coreano Do-Hyun Kim, un pianista alumno de Babayan que ya había tocado anteriormente en el Mariinski y el día anterior en la gala del concurso (a pesar de no ser ganador), y que interpretó la Barcarola en fa sostenido mayor de Chopin y otra obra corta que no reconocí. Más aún que el día anterior Do-Hyun Kim me desconcertó: hace cosas maravillosas y otras que no entiendo, su lenguaje corporal es a veces extraño, y mientras toca parece estar en un mundo en el que el público no existe, toca para él, no para comunicarse, o eso parece. 

Llegó luego el turno de Daniil Trifonov y del Concierto para piano nº 1 en do menor op. 35 (1933) de Shostakovich, que en realidad es para piano y trompeta, aunque tampoco en esta ocasión se dió el nombre del trompetista en el programa, a pesar de que se situó delante del director como solista. Todo salió perfecto. Los tres -piano, trompeta y director- propusieron una versión algo loca, la propia de un compositor al que el mundo todavía le sonríe y no está amargado, sino ligeramente borracho de éxito y modernidad. Como es habitual, en el primer movimiento Allegreto Gergiev llevó la orquesta a un tempo un poco demasiado rápido, con lo que consiguió un sonido algo forzado y tenso que se adecuaba bien al carácter de la pieza, mientras que Trifonov y el trompetista le seguían sin problema. El segundo movimiento, el Lento, fue probablemente el mejor: lirismo, intimidad, y muchos toques de blues pero con sutileza, sin exagerar el componente jazzístico. El movimiento final, Allegro con brío, tuvo mucho brío. Trifonov y Gergiev han tocado con frecuencia juntos y se entienden muy bien, y eso se nota en la capacidad para hacer una versión perfectamente conjuntada, donde sin embargo ambos parecen sentirse igualmente libres para desarrollar su personalidad. Trifonov me gustó más que el año pasado, va ganando en personalidad y me pareció más potente que en ocasiones anteriores, aparte de la sorpresa del programa del recital que ofreció al día siguiente, basado exclusivamente en compositores del siglo XX, un repertorio poco habitual entre los pianistas rusos. Ante los numerosos aplausos, que llegaron a ser rítmicos, Trifonov y el trompetista ofrecieron una 'propina' que no identifiqué totalmente, pero me pareció una adaptación para trompeta con piano acompañante de una escena de Evgueni Onieguin, quizás la de la carta. 

Y sin descanso, entramos en la Patética, que desde los primeros segundos ya sonó distinta, trágica y dramática. Gergiev dirigió la mayor parte del tiempo sin batuta o con una muy pequeña -tamaño lápiz- que le permitían ser muy expresivo y directo en sus indicaciones a la orquesta. Una de las diferencias estuvo en la importancia dada a los instrumentos de viento, especialmente los metales, que sonaron con gran fuerza y precisión. Pero quizá la mayor diferencia estuvo en que Gergiev planteó desde el primer movimiento un sonido lleno de emoción, pero poco romántico. La parte del vals, el Allegro con grazia, sonó nuevamente triste, con esa tristeza referida al rechazo del entorno y las propias circunstancias personales que también se percibe en La Valse de Ravel, pero aquí aún más ampliada. El movimiento final fue llevado nuevamente a un tempo algo más rápido de lo habitual y con un dramatismo aparentemente descontrolado que sin embargo debía estar muy calculado, porque llevar al público a ese estado en que terminamos el concierto no es casualidad. Buena muestra de ello es que Gergiev nos mantuvo en silencio durante largos segundos una vez terminada la interpretación, sin bajar las manos, y que todos respondimos. Tras una Patética así no cabía propina, sólo respeto ante el dolor y el drama, y poco a poco nos fuimos marchando. 

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