Bélgica

Una soirée musical en el Hôtel Solvay.

Pelayo Jardón

jueves, 11 de julio de 2019
Bruselas, viernes, 21 de junio de 2019. Hôtel Solvay. Dúo La Gioia. Clotilde van Dieren, mezzo-soprano; Edmond Carlier, violonchelo.
Duo La Giogia © duolagioia.be

Que un buen marco realza el mérito de una pintura es una verdad tan palmaria como la importancia que tiene el entorno arquitectónico y decorativo en los recitales de música. El áspero racionalismo imperante, que marcó el siglo XX, fue el principal culpable de que a menudo se ignorara la importancia de la estética plástica en el diseño de las salas de concierto, en aras de otros factores, también relevantes —pero no excluyentes— como la calidad del sonido. Tan solo unas décadas antes, empero, un espíritu diametralmente opuesto, el de la obra de arte total o Gesamtkunstwerk —término acuñado por Wagner— había animado la concepción de hitos memorables del modernismo, como el Palau de la Música Catalana, de Domènech i Montaner. Permítasenos sugerir, abundando en esta idea, que no es lo mismo escuchar À Chloris, de Reynaldo Hahn o la Méditation de Thaïs, en una mansión art nouveau, que en un auditorio fríamente funcional. Se trata, en fin, de lo que ahora se conoce como valor añadido. Y este fue precisamente uno de los atractivos del concierto que el interesante dúo La Gioia, formado por la mezzo Clotilde van Dieren y el violonchelista Edmond Carlier ofrecieron recientemente en el palacete Solvay, de Bruselas. Concebido como residencia familiar del acaudalado mecenas Armand Solvay, este edificio, diseñado hasta su último detalle por el arquitecto Victor Horta, constituye una de las obras maestras del art nouveau belga.

Alternando con las explicaciones de una visita a la casa a cargo de un guía, los dos intérpretes ofrecieron un programa compuesto por arreglos para voz con acompañamiento de violonchelo de diversas canciones y arias de ópera. El recital tuvo lugar en tres lugares distintos. El evento arrancó con Bach en el jardín, ensombrecido por el crepúsculo. La parte central se celebró en el espacio del hall y la escalera, bajo las espléndidas vidrieras modernistas. Las demás piezas, finalmente, fueron interpretadas en el segundo piso, en una gran sala que antaño ocuparon los dormitorios de las hijas de Solvay.

El repertorio elegido pasó por diversos lugares comunes como el Voi che sapete, de Las bodas de Fígaro; la Casta diva, de Norma; el Près des remparts de Seville, de Carmen; fragmentos de otras óperas y operetas, como la Rusalka de Dvořák o La Périchole de Offenbach; o la ya citada À Chloris. Quizá resultara algo decepcionante la elección de un repertorio manido, que no casaba especialmente con el escenario escogido. Mucho más adecuado, qué duda cabe, habría resultado traer a colación a autores representativos del fin-de-siècle belga, como César Franck, Joseph Jongen —ambos compusieron canciones tan exquisitas como casi desconocidas— o Eugène Ysaÿe, del que podríamos recordar su sonata para violonchelo solo, op. 28.

Por lo demás, la versátil Clotilde van Dieren de voz aterciopelada y bien colocada, dotada de una magnética expresividad, cumplió las expectativas del público, dentro de esta línea, que entendemos loable, de recuperación de espacios arquitectónicos singulares para la celebración de eventos musicales. Los beneficios recaudados con la venta de entradas se destinaron a la restauración de la mansión, hoy declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, pero que, por mor de la especulación inmobiliaria, estuvo a punto de ser demolida en 1957.

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