España - Valencia

Scot la la land

Rafael Díaz Gómez

viernes, 12 de julio de 2019
Valencia, miércoles, 3 de julio de 2019. Palau de les Arts. Lucia de Lammermoor, dramma tragico en tres actos, libreto de Salvatore Cammarano, basado en la novela The Bride of Lammermoor de Walter Scott, música de G. Donizetti, estrenada en el Teatro San Carlo de Nápoles el 26 de septiembre de 1835. Coproducción: Opéra de Monte-Carlo y New National Theatre Tokyo. Dirección de Escena: Jean-Louis Grinda. Escenografía: Rudy Sabounghi. Vestuario: Jorge Lara. Iluminación: Laurent Castaing. Videocración: Julien Soulier. Elenco: Jessica Pratt (Lucia), Yijie Shi (Edgardo), Alessandro Luongo (Enrico), Xabier Anduaga (Arturo), Alexánder Vinogradov (Raimondo), Olga Syniakova (Alisa), Alejandro del Cerro (Normanno). Cor de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Roberto Abbado.
Jessica Pratt © 2019 by Miguel Lorenzo y Mikel Ponce.

Fin de una temporada en Les Arts que para ser “de transición” ha arrojado un balance en general bastante positivo. Y colofón con una Lucia que no ha desmerecido, al menos en lo que atiende al aspecto musical, las expectativas que desde su anuncio despertó. Y es que la parte visual, de considerable atractivo romántico (sin moverse de Escocia, traslada la acción al siglo XIX y se recrea en la ambientación natural de la pintura romántica), pese a lo acertado de su dosificación lumínica, lo preciso de su rico vestuario, lo ajustado del recurso videocreativo o el realismo de su escenografía, no dejaba de evidenciar el engaño, es decir, el cartón piedra, constatación que también se apoderaba de la dirección escénica (vamos, que por ahí me aburrí tanto como viendo La la land).

Y en cualquier caso, si no se le iba a intentar sacar nueva punta al dramón que primariamente es Lucia de Lammermoor, preferible habría sido no buscar llamar la atención a través de detalles poco pertinentes, como algunos movimientos del coro en el primer acto, el hacer cantar a los personajes en lo alto de un promontorio (con la merma que ello le crea a la proyección de la voz en la sala) o que la muerte de Arturo hubiera llegado a manos de lanza y no de puñal (parece ser que la idea inicial, al final no llevada a cabo, era que la demente asesina apareciera con la cabeza del marido en la punta de una pica, como aceituna en palillo). Mejor pase tuvo, en cambio, que Edgardo optara por el suicidio por despeñamiento antes que por cuchillada. Algo pesados los cambios de decorado, que sin embargo obtenían la gratificación de la sorpresa inicial cuando se alzaba el telón.

No fueron esas las únicas interrupciones. El público, que no completó el aforo, cosa que da que pensar (esta que se comenta era la quinta de las seis funciones programadas y al parecer en todas hubo huecos), aplaudió mucho durante el transcurso de la representación. Premió sobre todo a la pareja protagonista y se mostró más reservado con el malo, que lo fue pero sin mucho empaque. Y es que el Enrico de Alessandro Luongo pareció aquejado de cierta indefinición tímbrica, de una falta de color baritonal que mermó la entidad de su personaje, porque recursos técnicos sí que tiene. En cambio, color, potencia y presencia aporta de sobra a su Raimondo (un personaje en realidad tan repugnante como Enrico), como ya se conoce en Les Arts, Alexánder Vinogradov, aunque le falta ese puntito que pule lo que resulta rotundo por naturaleza.

Muy buenos modos y cierto desparpajo con fundamento lució Xabier Anduaga como Arturo, a quien se le puede augurar un futuro prometedor. Como también a Olga Syniakova, una de las voces del Centre de Perfeccionament más solventes, cuya Alisa mantuvo el tipo en todo momento.

Yijie Shi, quien ya dejara un buen recuerdo en su anterior paso por Valencia con Tancredi, fue un Edgardo notable. Da la impresión que desde entonces se le ha ennoblecido el color. Le sigue faltando algo de densidad, pero su voz corre con precisión en la afinación, control en el volumen y suficiente flexibilidad en el fraseo. Además, se entrega sin aparente reserva, así que conquista con soltura al respetable y, al menos en lo que en los resultados artísticos respecta, también a Jessica Pratt (y viceversa), con quien ya compartió escena en ese mencionado Tancredi de 2017. Y si entonces la soprano británica mostró su buen hacer, en esta ocasión ha dado todo una lección de canto. Su voz sólida y a la vez sutil, llena y grácil, se lució como lo hacen las buenas Lucías, dando tersura a la línea de canto, fraseando con gusto exquisito, regulando el aliento con una facilidad asombrosa, apianando aquí, abriendo allá, dominando la media voz, aireando una afinación precisa, enseñoreándose de la coloratura. Que aún le faltara un extra de carácter, pues quizás, pero tampoco lo demandaba la dirección escénica. Porque de la Lucia feminista que los medios de comunicación airearon tras la rueda de prensa de la presentación, extendiendo a la producción unas palabras que Pratt al parecer asignaba al libreto, no hubo nada en el escenario. Así como es casi seguro que el Opus Dei no se impregnó de feminismo cuando en los años 90 abrió la mano a que las mujeres pertenecientes a la organización pudieran vestir pantalones, tampoco sólo por el hecho de ver una Lucia ataviada con esa prenda, tal y como acontecía en el primer acto, y sin menospreciar en absoluto la subversión que se pueda asociar a la ropa, podemos hablar en esta versión de feminismo. La de Grinda está en este sentido a años luz de la dirección de Katie Mitchell para el Covent Garden.

Gran labor del coro y de la orquesta, con mención especial a la armónica de cristal de Sascha Reckert en la escena de la locura, y sustrato narrativo coherente y colorista el aportado por Roberto Abbado en su despedida de la titularidad de Les Arts, salvo las particulares objeciones que cada cual le pueda hacer en puntuales cuestiones de intensidad y velocidad (por ejemplo, servidor el sexteto lo habría saboreado mejor con un tempo algo más moderado).

Y se acabó lo que se daba. Se vuelve a abrir una nueva etapa. No parece que próximamente vaya a haber un director musical titular en la casa. Pero sí una temporada con títulos sugestivos. Entre los retos de Jesús Iglesias Noriega, el de siempre, incardinar el teatro de ópera en la sociedad local. Él verá cómo va nutriendo ese proceso. Desde aquí nos limitaremos de momento a desearle, por no usar palabras más malsonantes, mucho estiércol.

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