Suiza

La sorna del destino

Jesús Aguado

jueves, 18 de julio de 2019
Zúrich, domingo, 30 de junio de 2019. Ópera de Zurich. Giuseppe Verdi, La Forza del Destino. Libreto de Francesco Maria Piave, basado en la obra teatral Don Álvaro o la fuerza del sino, de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas. Andreas Homoki, director de escena. Hartmut Meyer, escenografía. Franck Evin, iluminación. Kinsun Chan, trabajo coreográfico. Elenco: Anja Harteros, Donna Leonora. Yonghoon Lee, Don Alvaro. George Petean, Don Carlo di Vargas. Wenwei Zhang, Il Marchese di Calatrava / Padre Guardiano. Elena Maximova, Preziosilla. Renato Girolami, Fra Melitone. Jamez McCorkle, Mastro Trabuco. Coro de la ópera de Zúrich. Janko Kastelic, director del coro. Orquesta Philarmonia Zúrich. Director musical, Fabio Luisi.
La forza según Homoki © 2019 by Foto: Monika Rittershaus

Si la producción de Nabucco del día anterior, firmada por Andreas Homoki, resultó francamente irrelevante, como ya comenté en mi crónica anterior, su propuesta para La forza del destino, que la Ópera de Zúrich reponía al día siguiente, resultó bastante más atinada. Las similitudes escénicas eran evidentes: un único elemento escenográfico que va moviéndose y alrededor del cual giran los personajes y el coro. En este caso, todo el escenario parecía el interior de una gran caja de cartón con paredes móviles que a veces se tornaban laberinto, a veces puerta, a veces gruta. O a veces, y creo que este es el punto principal, teatrillo grotesco por el que deambulan los personajes de este dramón transformado en casi expresionista comedia.

Por momentos aquello parecía más una obra de Brecht y Weill que de Verdi y Piave, pero sinceramente creo que la transformación es un acierto: el truculento argumento de La forza, basado en el aún más truculento (ya sé que tal cosa parece imposible, pero léanse el original y verán lo que es bueno) drama de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, sería probablemente muy del gusto del público romántico, pero hoy en día dudo que resista ser narrado en voz alta sin provocar la hilaridad de la mayoría de los presentes, por lo que el salto conceptual hasta contarlo como una especie de comedia enloquecida no resulta especialmente chirriante. Todo comienza, en la obertura, con la aparición, saliendo de una especie de tubo - cañón de tres personajes que pronto identificaremos como Preziosilla, Fra Melitone y Mastro Trabuco, maquillados y vestidos como personajes de un cabaret no especialmente glamuroso, y que van a actuar durante toda la obra como semi-demiurgos que organizan la acción y parecen mover a los demás personajes a su antojo.

Además, los tres van interpretando otros pequeños papeles: Preziosilla es también Curra, la doncella de Donna Leonora, Trabuco interpreta además al cirujano que opera a Don Alvaro, Melitone es el Alcalde en la posada, pero siempre manteniendo la misma apariencia física, de manera que su ubicuidad es real, no se trata tan solo de la habitual costumbre de doblar los papeles comprimarios cambiando la apariencia física: son siempre ellos a los que vemos en escena, con lo que el juego que se inicia con la aparición de los personajes se mantiene durante toda la obra. Ocurre lo mismo con los papeles del Marqués de Calatrava, padre de Leonora, y el Guardián del convento al que ella acude huyendo del mundo: el mismo intérprete, Wenwei Zhang, aparece caracterizado de la misma forma, de manera que es a la vez al religioso y al padre que la maldijo al que ella suplica perdón y refugio. También el coro, extravagantemente disfrazado y con movimientos escénicos y coreográficos en el mismo estilo cabaret - zombie, participa de la farsa, y son únicamente los tres protagonistas, Donna Leonora, Don Alvaro y Don Carlo, los que parecen pensar que aquello va en serio mientras que a su alrededor ese poderoso destino que da título a la obra va tejiendo una especie de tela de araña grotesca que les atrapa sin remedio.

Y si Homoki repetía como director de la producción respecto al Nabucco, también lo hacía Fabio Luisi como director musical al frente de la orquesta de Zúrich, y también resultó bastante más convincente que en el ramplón ejercicio del día anterior. Desde luego, la música de La Forza tiene, en general, bastante más enjundia que la de Nabucco, no en vano veinte años separan ambas obras, y no es que Luisi hiciera ningún portento; se limitó a dirigir bien, sin tempi enloquecidos y dejando a la orquesta sonar, sin agobiar a coro y cantantes, y el resultado, sin ser, insisto, prodigioso, fue digno y adecuado.

En el plano vocal, por supuesto, la noche fue de Anja Harteros, como prácticamente siempre que canta. No es que el resto de protagonistas estuvieran mal, es que estar a su altura es algo que hoy en día muy pocos pueden pretender. Donna Leonora, su personaje, no es precisamente un prodigio de profundidad psicológica, la criaturita ha venido al escenario a sufrir, y sufre como una camella toda la obra, pero la música que Verdi le escribe tiene momentos tan hermosos que, en voz de Harteros, son capaces de hacer que el aire se serene, frase que siempre me viene a la mente cuando la escucho cantar. El timbre exquisito, el fraseo, el agudo poderoso y hermosísimo, se me acaban los adjetivos para esta mujer, que pese a ser tan poco mediática es sin duda una de las más grandes voces de la actualidad.

Yonghoon Lee era su enamorado, el pobre Don Alvaro, que no puede ser más gafe. Mata por error al padre de Leonora, acaba matando también a su hermano tras haberse hecho íntimo suyo cuando los dos están de incógnito en el ejército (y cuidado, que en la obra original Leonora no tiene un hermano, sino dos, y a los dos se carga el mozo), y acaba propiciando la muerte de la propia muchacha, al herir de muerte al dichoso y encantador hermanito, que la matará en venganza. En la versión de la ópera que se representa habitualmente, el pobre muchacho sobrevive a semejante carnicería y llora amargamente su crudelísimo destino, pero en la versión original estrenada en San Petersburgo, que seguía más fielmente la obra del Duque de Rivas, se suicida arrojándose por un acantilado tras todo el estropicio que deja tras de sí. El papel es para un tenor con poderosos agudos, y los de Yonghoon Lee no es que sean poderosos, es que hacían retumbar el pequeño coliseo suizo. Irreprochable en ese aspecto, con un volumen que hace desear verle en recintos más grandes, le faltó algo más de matización en el resto de la tesitura. Al igual que Leonora, el papel no es que dé mucho de sí: sufre muchísimo, lanza unos cuantos agudos, vuelve a sufrir aún muchísimo más, vuelve a lanzar aún más agudos, y así se le pasa la ópera. Pero tal vez debería encontrar una manera de que el público disfrute también de su voz cuando no está encaramado a lo alto del pentagrama, y conseguiría cuajar un trabajo más redondo, con algo más de música y algo menos de fuegos de artificio.

Un trabajo más redondo que sí logró, en cambio, George Petean como Don Carlo. Si bien es cierto que el personaje no tiene los sobreagudos brutales de Don Alvaro, lo cierto es que su enfoque del papel nos permitió disfrutar de un tenor mucho más verdiano, con una hermosa voz y muy lograda y noble línea de canto en todas las zonas de la tesitura.

Como ya he mencionado antes, doblaba Wenwei Zhang como Marqués de Calatrava y Padre Guardián. Posee una voz redonda y potente, aunque resultó un tanto envarado en los dos papeles, demasiado contenido en lo dramático.

Elena Maximova fue una Preziosilla más competente en lo actoral que en lo vocal, apartado en el que estuvo más bien discreta, con una voz un tanto irregular. Bien el Melitone de Renato Girolami, y correcto el Trabuco de Jamez McCorkle. Estupendo el coro de la ópera de Zúrich, gran protagonista también por sus movimientos escénicos.

En fin, una agradable noche de ópera, con una triunfadora absoluta, Harteros, que destacó claramente, pero que estuvo muy bien arropada por todo un reparto que en general tuvo una muy notable actuación. 

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