Reino Unido

Un oasis en medio del racismo gubernamental contemporáneo

Agustín Blanco Bazán

martes, 30 de julio de 2019
Surrey, miércoles, 3 de julio de 2019. Grange Park Opera. Porgy and Bess, Texto de DuBose y Dorothy Heyward e Ira Gershwin y música de George Gershwin. Director de escena: Jean-Pierre van der Spuy. Coreógrafo: Lizzie Gee. Escenografía: Francis O’Connor. Iluminación: David Plater. Porgy: Musa Ngqungwana. Bess: Laquita Mitchell. Serena: Sarah-Jane Lewis. Clara: Francesca Chiejina. Crown: Donovan Singletary. Sporting Life: Rheinaldt Tshepo Moagi. Jake: Robert Winslade-Anderson. BBC Concert Orchestra bajo la dirección de Stephen Barlow
Musa Ngqungwana © 2019 by Richard Hubert Smith

Años sin reseñar Porgy and Bess y, de repente, aparecen en el Reino Unido dos producciones en materia de meses: la de la English National Opera (ENO), que es la que irá al Met de Nueva York, y ésta de la Grange Park Opera, en uno de esos festivales de verano de etiqueta y picnic.

En mi crítica a la primera recordé también a aquella maravillosa producción de Simon Rattle para Glyndebourne en 1986. Ahora sólo quiero agregar que a la Grange Park Opera el experimento le salió mejor que a la ENO. Ello primeramente porque hacía calor y el escenario es chico, dos elementos éstos primordiales para concentrar la energía de spiritual sin la cual no hay buen Porgy and Bess.

Mejor que en la ENO estuvo la escenografía de Francis O´Connor cuyo decorado único de ese conventillo llamado Cat Fish Row se movió constantemente con paneles giratorios que parecían incorporarse al fervor de sus habitantes.

La espontaneidad y entrega con que ellos actuaron y cantaron se debe no solo a sus talentos personales sino a una perceptiva regie de Jean-Pierre van der Spuy.

Un desafío fundamental para cualquier producción europea de este capolavoro de Gerwshin es el integrar un elenco de cantantes negros que, contrariamente a lo que muchos creen, (¡he aquí parte de nuestro racismo subliminal!) son tan diferentes en origen cultural como pueden serlo, digamos, los judíos de Nueva York y los de Marruecos, o los latinoamericanos de Honduras o Chile. Los responsables del casting de Glyndebourne me comentaron en su oportunidad las dificultades que tuvieron para integrar artísticamente a cantantes de origen africano, caribeño o estadounidense durante dos meses de ensayo en un ambiente tan enrarecido por la discriminación racial como lo es una casa señorial en la campiña inglesa. Y también en este caso hubo un elenco transcontinental con importante contingente sudafricano, norteamericano y británico, pero también artistas originarios de Nigeria, Zimbawe, Uganda, Francia, Jamaica, Holanda y hasta Filipinas.

De Sudáfrica viene Musa Ngqungwana, un Porgy macizo, quieto, alerta como cualquier lisiado que debe luchar por su vida y radiante en su expresividad interpretativa. Su I´m on my way fue tan extático que un pequeño quiebre en medio de la poderosa estabilidad de su voz no hizo sino realzar esa idea de martirio y redención en ese final tan único donde la esperanza se impone a la desesperación como una creencia mítica. En esta producción Porgy sube una escalera que conduce a la nada, pero allí termina, en lo alto, en camino a la nada, pero en camino, como cualquiera de nosotros.

Radiante también en voz y antológica en actuación estuvo Laquita Mitchell como una Bess derrotada desde un principio en su sometimiento a la droga y una esclavitud sexual que el Crown de Donovan Singletary le impone casi como una violación al final del apasionado dúo que cierra la escena de Kittiwah Island.

El Sporting Life de Rheinhald Tshepo Moagi se benefició de una regie que a diferencia de la de la ENO insistió resaltar los aspectos de comedia musical con danzas de conjunto bien coreografiadas por Lizzie Gee. Francesca Chiejina aireó con impertinencia y convicción sus aires de matrona en jefe en el famoso rap del segundo acto y Sarah Jane Lewis (Serena) cantó su Summertime con alguna timidez escénica pero impostación segura y bellísima morbidez de timbre. Al frente de la BBC Concert Orchestra, Stephen Barlow pulsó ritmos y melodías con convincente profesionalidad.

El estreno europeo de Porgy and Bess tuvo lugar en la Ópera Real de Copenhague durante la ocupación nazi, y cuesta imaginar que artilugios habrán usado los locales para presentar una obra que clama por una humanidad en cuya aniquilación se hallaba tan ocupado el Tercer Reich.

Hoy no es posible ver la obra de Gershwin en Inglaterra ignorando el racismo y la xenofobia del gobierno conservador de Theresa May. Hace unos años la que no será tal vez más Primer Ministro cuando se publiquen estas líneas, inspiró la acción policial de deportación de caribeños que habían vivido pagando impuestos en el Reino Unido por más de cuarenta años, con la excusa de que no habían cumplido con todos los trámites legales a su llegada en la postguerra. Y todos recordamos ese bus con la inscripción de amenaza de deportación a los extranjeros ilegales exhibido en barrios de inmigrantes del mismo origen que muchos de los interpretes de este Porgy and Bess.

Finalmente, la llegada de esos policías blancos que intimidan a los habitantes de Cat Fish Row fue como un escalofrío dentro en medio de una tarde de calor, porque, ¿quién pudo no acordarse del supremacista blanco que en los Estados Unidos de América ha transformado en política oficial la separación de familias de refugiados y las muertes y enfermedades en condiciones de extrema crueldad? Si el estreno de la obra en la Copenhague ocupada debe haber parecido un milagro, también parecen un milagro estos Porgy and Bess tan opuestos a la ideología oficial del Reino Unido y los Estados Unidos de América.

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