Alemania

Una noche mágica

Jesús Aguado
martes, 23 de julio de 2019
Jonas Kaufmann y Hanja Arteros © Bayerische Staatsoper/Wilfried Hösl Jonas Kaufmann y Hanja Arteros © Bayerische Staatsoper/Wilfried Hösl
Múnich, viernes, 12 de julio de 2019. Bayerische Staatsoper. Giuseppe Verdi, Otello. Libreto de Arrigo Boito, basado en la obra homónima de Shakespeare. Amélie Niermeyer, puesta en escena. Christian Schmidt, escenografía. Annelies Vanlaere, vestuario. Olaf Winter, iluminación. Philipp Batererau, vídeo. Thomas Wilhelm, trabajo coreográfico. Reparto; Jonas Kaufmann, Otello. Anja Harteros, Desdemona. Gerald Finley, Jago. Evan LeRoy Johnson, Cassio. Rachael Wilson, Emilia. Galeano Salas, Roderigo. Bálint Szabó, Lodovico. Milan Siljanov, Montano. Markus Suihkonen, un heraldo. Coro de la Bayerische Staatsoper. Jörn Hinnerk Andresen, director del coro. Orquesta de la Bayerische Staatsoper. Director musical, Kirill Petrenko.
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Cartel galáctico y casi alfombra roja en la Bayerische Staatsoper para la reposición del Otello verdiano estrenado esta temporada. Jonas Kaufmann, Anja Harteros, Gerald Finley, Kirill Petrenko: cualquiera de los cuatro nombres tiene atractivo para arrastrar a los aficionados, pero los cuatro juntos, con una obra como la penúltima escrita por el genio de Busseto, forman un reparto absolutamente estratosférico y, como es lógico, la expectación era máxima, y el resultado estuvo a la altura, fue una noche verdaderamente mágica.

Empecemos por la producción, firmada por Amélie Niermeyer, con una elegante escenografía que no planteaba grandes cuestiones conceptuales. Desde el punto de vista visual, el vestuario remitía al siglo XX sin centrarse en una época concreta, y en general prácticamente todo era casi en blanco y negro: excepto el verde militar de Otello y Jago, casi todo lo demás, escenografía incluida, presentaba diversos matices de grises, blancos y negros, que hacían pensar en una película de los años cincuenta, aunque, como ya he dicho, en realidad el vestuario no se podía encuadrar en una época exacta.

Casi toda la obra juega con la presencia en escena de dos planos, uno en el que se desarrolla la acción, y otro, al fondo, en el que casi siempre vemos a Desdemona aunque no participe en la escena. ¿Un sueño? ¿Anticipa ella lo que va a ocurrir? Nunca llega a quedar claro, pero tampoco molesta, y resulta atractivo en lo visual. La dirección de actores, por el contrario, es espléndida, y sí que añade al drama que se desarrolla en escena, sin resultar nunca gratuita.

El uso del coro, sobre todo en la primera escena, la de la tormenta, y después, cuando Jago emborracha a Cassio para provocar su desgracia, me recordaba a trabajos de Robert Carsen, en los que la masa humana es utilizada como material escenográfico.

Gerald Finley fue un Jago fabuloso: vocalmente está impecable, con una hermosa voz por la que el tiempo no parece pasar, tan capaz de dar verdadero terror en su famosísimo Credo como de engatusar a sus víctimas para que cumplan sus designios. Es un magnífico actor, además, con lo que no se puede encarnar mejor al odioso personaje. Escalofriante y atractivo.

Jonas Kaufmann, cuyo cincuenta cumpleaños se celebró al final de la representación con una pequeña ceremonia sorpresa en la que fue nombrado Meistersinger por la asociación de amigos del teatro, era el protagonista, un Otello que empieza la función como un guerrero invencible y termina convertido en un monigote sin voluntad en manos de Jago. Vocalmente estuvo también estupendo, verdaderamente heroico al principio, con un Esultate! en que la voz resonó suelta y libre como pocas veces le he escuchado, y poco a poco expresando la caída del personaje en el abismo de la duda y los celos.

Únicamente no convenció en ciertos ataques en el agudo tomados en pianissimo, que empiezan a ser marca de la casa, y que no siempre le salen. El sonido inicial resulta absolutamente plano y no muy afortunado, y en algún caso los breves instantes hasta que la voz se coloca y suena timbrada son de manifiesto peligro, teniendo que recurrir a un punto de engolamiento para llevar el sonido a buen puerto. No me suele gustar ser tan detallista en mis crónicas, pero es que el nivel al que nos estamos moviendo requiere prácticamente la perfección, y creo que esos pequeños detalles deben ser señalados. El resto de su intervención fue espléndida y verdaderamente conmovedora, y el público le adora, con lo que cosechó un gran triunfo.

Y no sé qué decir de Anja Harteros. Mientras cantaba la canción del sauce yo no podía evitar pensar que cosas así no deberían estar permitidas, no por ella, sino por el público presente, y en concreto, por este pobre cronista, porque ¿qué hago yo ahora? ¿Dónde voy? Creo que jamás volveré a escuchar nada semejante, tal prodigio de exquisita musicalidad, una voz perfecta puesta siempre al servicio de la expresión y jamás del mero lucimiento, un dominio del piano y la media voz capaz de conmover hasta lo más profundo. Hace un par de semanas la escuché en Zúrich en La forza del destino y estuvo maravillosa, pero en una obra como Otello, que musicalmente está a años luz, ella encuentra muchos más matices, una profundidad abisal que arrebata y emociona. Algo inolvidable; los tres protagonistas estuvieron espléndidos, pero lo suyo es algo de otro mundo. Si no la han escuchado en directo, háganse un favor y vayan a donde sea, pero no se pierdan una experiencia semejante.

Tampoco en los comprimarios bajó el nivel, destacando el Cassio de Evan LeRoy Johnson, un tenor de timbre potente y muy agradable, y la estupenda Emilia de Rachael Wilson, que dos días atrás había sido el paje de Herodías en Salomé, y a la que sin duda iremos viendo en papeles de mayor envergadura.

Con Kirill Petrenko y la orquesta me ocurre como con Anja Harteros, que no sé ya qué decir. Si un par de días atrás cuajó una Salomé maravillosa, en Otello volvió a llevar el listón a lo más alto, con un sonido opulento (la tormenta del inicio fue arrolladora) pero delicado cuando era menester (el acompañamiento de la canción del sauce cortaba el aliento). El Verdi de Otello nos habla ya de Puccini y de tiempos nuevos, y esa fue la dirección que tomó el maestro Petrenko en su enfoque de la obra, completando, con los otros grandes nombres del cartel, una noche absolutamente mágica.

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