Francia

Alabama en Provence

Jesús Aguado

miércoles, 24 de julio de 2019
Aix-en-Provence, domingo, 14 de julio de 2019. Grand Théâtre de Provence. Kurt Weill, Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny. Libreto de Bertolt Brecht, con la colaboración de Elisabeth Hauptmann, Caspar Neher y Kurt Weill. Ivo van Hove, puesta en escena. Jan Verweyveld, escenografía e iluminación. An d’Huys, vestuario. Tal Yarden, Vídeo. Reparto: Nikolai Schukoff, Jim Mahoney. Annette Dasch, Jenny Hill. Karita Mattila, Leokadja Begbick. Alan Oke, Fatty, der “Prokurist”. Sir Willard White, Dreieinigkeitmoses. Sean Panikkar, Jack O’Brien / Toby Higgins. Thomas Oliemans, Bill “Sparbüchsenbill”. Peixin Chen, Joe “Alaskawoljoe”. Kristina Bitenc, Cathy-Di Zhang*, Thembinkosi Magagula, Maria Novella Malfatti, Leonie Van Rheden, Veerle Sanders, seis chicas de Mahagonny. Coro Pygmalion. Richard Wilbeforce, director del coro. Orquesta Philarmonia. Dirección musical, Esa-Pekka Salonen.
Nikolai Schukoff y Annette Dasch © 2019 by Pascal Victor

Mahagonny, o por escribir su título completo en alemán, Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny, estuvo en el inicio de la colaboración entre Kurt Weill y Bertolt Brecht; de hecho, su primera obra conjunta fue Mahagonny Songspiel, una pieza breve en la que Weill puso música a varios poemas de Brecht sobre una ciudad imaginaria de Estados Unidos destruida por la codicia.

La buena acogida de esta primera colaboración les llevó a querer ampliarla hasta darle la forma que hoy conocemos, pero antes de llevarlo a buen puerto otro proyecto se cruzó en el camino de los dos artistas: efectivamente, Die Dreigroschenoper, La ópera de tres peniques, que terminaría siendo su pieza más popular.

Esto hizo que el estreno de la versión larga de Mahagonny, previsto para 1928, se retrasara hasta 1930. Dicho estreno tuvo lugar en Leipzig, y fue el año siguiente cuando la obra llegó a Berlín. No es difícil imaginar la polémica que pudo levantar una obra tan claramente política (tanto Weill como Brecht eran socialistas, evolucionando posteriormente Brecht hasta el comunismo) en una Alemania en la que Hitler estaba a punto de llegar al poder, y de la que ambos tuvieron que huir poco después al ser su arte catalogado, cómo no, de “degenerado”.

Pese a contar en su partitura con la archiconocida Alabama song, Mahagonny ha tenido menos repercusión que su hermanita, la de los tres peniques, y por eso es una suerte que el Festival d’Aix-en-Provence de este año se haya decidido a programarla, convocando, además, a un equipo de lujo para ello. Bajo el mando musical de Esa-Pekka Salonen y el escénico de Ivo van Hove, la obra adquiere una dimensión que hace incomprensible que no se represente con más frecuencia.

Desde el punto de vista musical, Salonen, al frente de la maravillosa orquesta Philarmonia de Londres, le da a la partitura la entidad que realmente tiene, haciendo que, efectivamente, en algunos momentos suene a orquestina de cabaret, pero demostrando en muchos otros la enorme calidad del trabajo de Weill, de un rigor y una profundidad impresionantes. Ya en la pequeña obertura dejó claro el finlandés cuál iba a ser su enfoque: el contrapunto de Weill sonaba exacto, serio, con una rotundidad melódica y rítmica que desmentía cualquier recuerdo de orquestina desafinada que a veces se tiende a asociar con su obra, especialmente en sus colaboraciones con Brecht. Música con mayúsculas, con sus momentos más estruendosos dado el carácter de la historia, pero con otros en los que era imposible no pensar en corales bachianos, por ejemplo, o en auténticas arias operísticas de un extremado lirismo.

Nikolai Schukoff y Annette Dasch eran Jim Mahoney y Jenny Hill, la pareja protagonista, y los dos estuvieron estupendos. La parte de Jim es absolutamente inclemente, con agudos que podrían hacer temblar a más de un tenor, pero Schukoff la resolvió con bravura; su voz tiene un hermoso timbre y pese a lo antirromántico de la obra en general, supo ser lírico cuando correspondía y fanfarrón cuando hacía falta. A su lado, Annette Dasch fue una Jenny de una extremada y muy terrenal sensualidad, con una voz de carnoso centro que subía al agudo sin mayores problemas. Los dos, además, son magníficos actores, lo que en esta producción, en la que en muchos momentos les vemos proyectados en primer plano en una de las pantallas, es de agradecer. Un gran triunfo para los dos.

El trío de fundadores de la ciudad de Mahagonny eran Karita Mattila como Leokadja Begbick, Alan Oke como Fatty, y Sir Willard White como Trinidad Moses. La voz de Karita Mattila ya no es, evidentemente, la de aquella Jenufa de hace años, pero en esta fase de su carrera está abordando otros papeles (entre ellos la Kostelnicka de la propia Jenufa) en los que esa madurez en la voz enriquece al personaje, y además su entrega dramática es absolutamente magnética, por lo que en escena resulta una auténtica fuerza de la naturaleza. Y lo mismo podría decirse de Alan Oke y Sir Willard White, cantantes de amplia e interesantísima trayectoria, gran presencia escénica y voces perfectamente capaces de dar a sus personajes un enorme relieve, especialmente White con su rotundo timbre de bajo profundo.

Sean Panikkar era Jack O’brien, uno de los compañeros que llegan de Alaska con Jim Mahoney, y mostró una amplia y hermosa voz de tenor. También bien los otros dos integrantes del cuarteto, Peixin Chen como Joe y especialmente Thomas Oliemans como Bill, que es el único que sobrevive de los cuatro y acaba “heredando” a Jenny cuando Jim es condenado a muerte. Estupendas las chicas de Mahagonny, compañeras de fatigas de Jenny, y absolutamente estratosférica la sección masculina del coro Pygmalion, dirigido por Richard Wilberforce. Lo de este grupo es impresionante, la calidad de su sonido es brutal, su capacidad de matizar y adaptarse vocalmente a lo que el director de escena les pida es algo que pocas veces he visto. Fabulosos.

 

La puesta en escena, de Ivo van Hove, es sencilla, efectiva, y muy brechtiana. Es bien sabido que el efecto de distanciamiento que buscaba Brecht al romper la cuarta pared para que el público fuera consciente en todo momento de que lo que estaba contemplando no era la realidad sino algo que le moviera a la reflexión y a la acción política, en el fondo ha sido asimilado como un efecto doblemente teatral, haciendo de lo “brechtiano” un estilo que funciona en todo tipo de obras. Van Hove nos enfrenta a un escenario desnudo, con una plataforma con escaleras y una serie de pantallas. Lo que vemos en las pantallas, la mayor parte del tiempo, es la acción real que se desarrolla en el escenario, en el que vemos al operador de la cámara moverse entre los protagonistas. Por supuesto que las imágenes que toma, de alguna manera, centran la atención del espectador, es decir, seleccionan una parte de esa realidad y la magnifican: vemos a los cantantes en primerísimos primeros planos, sus expresiones, sus arrugas, su sudor. Todo lo que vemos se construye ante nuestros ojos, y el resultado es excepcional, una experiencia teatral de primer orden, y sin duda, uno de los momentos culminantes del Festival d’Aix de este año.

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