Novedades bibliográficas

El violín inquieto

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 26 de julio de 2019
Bow to Baton © 2019 by CreateSpace

La fotografía de la carátula del libro* corresponde a la etapa de John Georgiadis (Southend-on-Sea, Essex, 1939) como concertino de la London Symphony Orchestra, puesto que ocupó entre 1965 y 1979 (con un paréntesis de tres años), y por el que es un músico internacionalmente conocido. Las manos y la batuta que aparecen en esa fotografía son las de Jascha Horenstein, quien recomendó a Georgiadis para el empleo de leader (así se denomina al concertino en los países anglófonos) poco después de dar un concierto con la City of Birmingham Symphony, donde antes Georgiadis ejercía como primer violín. Había conseguido la plaza simplemente con una breve audición en casa de su entonces director, Hugo Rignold, tocando el Rondò Capriccioso de Saint-Saëns. La audición para la LSO no fue tan fácil, pero Georgiadis ganó el concurso con sólo 26 años de edad.

Es lógico, pues, que buena parte de esta autobiografía se dedique a sus años en la LSO. Aunque más que del trabajo de puertas adentro, habla de su relación con los diferentes directores bajo los que sirvió. Y de casi todos echa pestes: Antal Doráti (“la perfección de sus discos tiene mucho más que ver con la habilidad del productor que con la batuta del director”); Georg Solti (“no era capaz de entender cómo se estructura el sonido de una orquesta”); Eugene Ormandy (“su carencia absoluta de sensibilidad era una barrera demasiado alta para ni remotamente alcanzar algo que se acercase a la profundidad”); Leopold Stokowski (“intentó abofetear a su mujer en mitad de un ensayo”); Seiji Ozawa (“su gesto dirigiendo Mozart era tan amplio que se convirtió en un sinsentido”); y así hasta prácticamente doscientas páginas repartiendo estopa a docenas de las batutas más egregias de la época. Como es natural Georgiadis se extiende ampliamente sobre André Previn porque coincidieron muchos años, de quien deplora su técnica con la mano derecha (esa dichosa entrada de la Quinta Sinfonía de Beethoven) al tiempo que alaba su tacto para tratar las situaciones peliagudas con mano izquierda; y sobre Claudio Abbado, sucesor de Previn, de quien –como casi todo el mundo que habla de él- para quejarse por el aburrimiento de sus ensayos, reconociendo sin embargo la electricidad que generaba en los conciertos.

Aunque cueste creerlo, el caso más dramático de desencuentro ocurrió con Carlo Maria Giulini, quien se había comprometido para dar dos conciertos con la LSO. En los ensayos del primero Georgiadis reprochó a Giulini su gesto poco claro al arrancar la Cuarta Sinfonía de Brahms; el maestro hizo llegar su queja a la gerencia de la orquesta solicitando que Georgiadis no participase en el segundo concierto, en el que estaba programada la Missa Solemnis de Beethoven. Georgiadis de ninguna manera quería perderse la oportunidad de tocar el hermoso solo de violín del ‘Benedictus’ y prometió “portarse bien”. Al llegar el momento del solo, siguiendo su costumbre Giorgiadis se levantó para tocarlo de pie, contrariando a Giulini, a quien aseguró que el día del concierto lo haría sentado. Pero incumplió su palabra, Giulini juró que no volvería a la LSO, y Georgiadis presentó su dimisión en cuanto supo que iba a ser despedido.

Georgiadis intentó hacer carrera como solista, aunque lo pasó tan mal estrenándose con uno de los conciertos de Wieniawski que abandonó la idea. Fundó entonces con viejos amigos y algún colega de la LSO una pequeña orquesta de cámara, los London Virtuosi (con quienes visitó España en varias ocasiones de la mano de Alfonso Aijón, a quien dedica elogios sinceros). Después se dedicó a dar recitales de música “ligera” -piezas cíngaras y cosas por el estilo- acompañado al piano por su primera esposa, cosechando éxito tras éxito en los pueblos más remotos de las Islas Británicas (algo de ese éxito vino de la parte “hablada” del concierto, introducción de las obras con las que Georgiadis superó sus reparos a la hora de expresarse en público), hasta el punto de grabar discos con ese repertorio. También actuó como concertino invitado en diferentes orquestas, intervino en la grabación de bandas sonoras y comerciales de todo tipo, y asimismo empezó a dirigir conciertos de música vienesa con la London Concert Orchestra (aunque también ahí acabaron señalándole la puerta de salida).

En 1976 volvió a la Sinfónica de Londres (orgullosísimo al constatar que en tres años no habían encontrado a nadie que estuviera a su altura), y de acuerdo con el Consejo de Administración implantó la costumbre de dirigir –al violín y a la batuta- un concierto de Año Nuevo. Espectáculo que mantuvo durante cuarenta años consecutivos (Willi Boskovski lo hizo en Viena durante veinticinco): Georgiadis adora la música de los Strauss y hacía de cada gala una ocasión para el recuerdo no sólo con la música sino también con su buen humor (para mí lo fueron las dos o tres veces que asistí, siempre lamentando no haber tenido el valor de levantar la mano cuando Georgiadis invitaba a cualquiera del público a subir al podio mientras la orquesta no acababa de terminar –o de comenzar- el Perpetuum Mobile).

Y en esa misma época sucedió lo más impensable para una orquesta londinense: invitar a Sergiu Celibidache y acceder a los siete ensayos requeridos por el maestro rumano. Georgiadis le había conocido –y sufrido, temido y admirado- diez años antes cuando fue invitado a tocar con la Orquesta de la Radio de Estocolmo, y estaba entusiasmado con la idea de que viniera a la LSO. Los ensayos fueron una tortura, y los conciertos no acabaron de salir al gusto de “Celi”; pero acto seguido emprendieron una gira por España, y Georgiadis afirma en el libro que los dos últimos conciertos en Madrid fueron los mejores de su vida. Lógicamente, Georgiadis se apuntó a sus clases de dirección y a los célebres seminarios sobre fenomenología de la música que impartía con periodicidad semestral Celibidache (de quien dice que no sólo no le cobró por esos cursos, sino que incluso le ofreció dinero al ser consciente de que estaba dejando de ganarlo por asistir a ellos). Fue su alumno durante ocho años.

Tras dejar definitivamente la Sinfónica de Londres en 1979, Georgiadis se lanzó a la dirección (la Bristol Sinfonia, la Orquesta de Jóvenes de Essex, la Sinfónica de Bangkok –sí, la capital de Thailandia-, la Oxford Philomusica); a la música de cámara (el Cuarteto Gabrieli, el London String Trio); o al cine (Dustin Hoffman le escogió para participar en su película Quartet, filmada en 2011). Todo ello tras haber fracasado en su intento de hacerse cargo de la Amiens Sinfonietta (al otro lado del Canal de la Mancha), cuyos músicos estaban a su favor pero las autoridades locales prefirieron un director francés; y eso a pesar de que Georgiadis recurrió incluso a la influencia del primer ministro Edward Heath, a quien había conocido en 1971 cuando fue invitado por Previn para dirigir la Obertura Cockaigne de Elgar*. Mientras, se escapaba cada vez que podía para escuchar un concierto de Celibidache.

Aunque Georgiadis emplea un lenguaje muy llano y la enormidad de anécdotas que cuenta –junto con las fotografías que las ilustran- lleva a una lectura amena, el libro se hace largo (cada uno de sus topetazos con los directores se narra con regodeo excesivo -de ahí, supongo, el título deliberadamente ambiguo: recuérdese que bow significa tanto “inclinarse” como “arco”, de manera que está dando a entender sumisión y a la vez enfrentamiento-). Siendo una autobiografía, es lógico que el autor se extienda sobre sus orígenes griegos y sobre su padre –comerciante de pieles de conejo y buen aficionado a la música que le enseñó los primeros rudimentos del violín-; pero no tiene sentido que apenas dedique un par de menciones de pasada a sus dos matrimonios y a sus tres hijos, mientras se explaya durante cinco eternas páginas sobre las bondades de todos los automóviles que compró a lo largo de su vida (eso sí, incluye un interesante apéndice con los violines que han pasado por sus manos –en algún caso instrumentos de ilustre pedigrí-). Por otra parte, al tratarse de un libro no publicado por una editorial, de vez en cuando se cuelan gazapos: unos veniales (principle en lugar de “principal”), y otros mortales (no puede ser que Georgiadis se refiera a uno de los mejores violinistas de la segunda mitad del siglo XX llamándole “Itzak Perlmann”; o que diga que los Estados Unidos es “el país donde nació Previn”). De todos modos, Georgiadis se hace perdonar cuando termina el libro bromeando con que –a sus ochenta años- sigue esperando que le llamen de la Filarmónica de Berlín o de la de Viena para dirigir una de las últimas sinfonías de Bruckner.

Notas

John Georgiadis: Bow to Baton. A Leader’s Life. Publicado por CreateSpace Independent Publishing Platform, 2019. 408 páginas. ISBN 13: 978-1727426649

Escribo esto mientras Boris Johnson se muda al número 10 de la calle Downing, y no quiero dejar pasar la ocasión de recordar que en su libro The Joy of Music Edward Heath afirma que ese día de 1971 fue uno de los más felices de su vida: por la mañana consiguió que la Cámara de los Comunes aprobara el impulso de las negociaciones para entrar en la Unión Europea (materializada dos años después), por la tarde dirigió a la London Symphony en el mentado concierto, y por la noche Herbert von Karajan –a quien le unía la pasión por la música, por el poder, y por la navegación en veleros de gran eslora (quede claro que esta morcilla es mía)- le telefoneó para felicitarle.

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