España - Cataluña

Ludovic Tézier, una lección de canto ‘in maschera’

Jorge Binaghi

jueves, 1 de agosto de 2019
Peralada, sábado, 20 de julio de 2019. Esglèsia del Carme. Concierto vocal. Ludovic Tézier, barítono, y Maria Prinz, piano. Lieder, mélodies y arias, de Listz, Berlioz, Schumann, Schubert, Mozart, Chaicovski, Verdi y Giordano. Bises: Wagner y R. Strauss. Festival de Peralada 2019
Ludovic Tézier © 2019 by Jordi Ribot

Aleluya. Cualquiera que frecuente desde hace un tiempo el Festival sabe de la pasión de sus organizadores por las voces agudas femeninas y masculinas. Este año mismo tendremos tres tenores (uno barroco) y dos sopranos (una barroca también), y una ópera con dos roles importantes para soprano y tenor contra uno para barítono. Pero en las óperas las cosas son más aleatorias. Así que casi no di crédito a mis ojos cuando vi anunciado, como primer recital de solistas, a Tézier, cada vez más un barítono oscuro al que no se puede ‘acusar’ de ‘liederista’. Y sin embargo, entre dos funciones del Trovatore madrileño aquí reseñado, y a más de 800 kilómetros de distancia, el gran cantante marsellés, uno de los mejores de su cuerda hoy, demostró que, si bien está orientado hacia los roles operísticos (de diversas procedencias aunque ahora todos le pidan Verdi, y con cierta razón), puede entender lo que significa un lied alemán o una mélodie francesa.

De lo primero dio seis muestras, dos de Mozart, el escrito poco después de la muerte de su padre, Abendempfindung an Laura y el nostálgico de la cítara (Kom, liebe Zither, komm), en las que estuvo bien o muy bien, pero la impresión fue mejor aún en los dos Schumann (Mondnacht –donde me acordé de otra versión, muy distinta y tan particular como la suya, de esas que a lo mejor no gustan a los defensores de las esencias alemanas, la de Victoria de los Ángeles, pero también la de su coterránea Régine Crespin, tan personal a su manera aunque no le escuché nunca, por desgracia, esta canción) y en particular Hör’ich das Liedchen klingen, donde tuvo amplia oportunidad de lucirse su acompañante, la excelente Prinz) y en los dos Schubert, de los que destaco, por encima de An die Musik, que tuvo un comienzo adecuadamente misterioso, la célebre Ständchen del ciclo Canto del cisne (me acordé de la una vez famosa poesía de Gutiérrez Nájera que lleva su nombre y la define tan bien).

Si, aparte de la posibilidad de asistir a una lección de canto ‘in maschera’ hay algo que destacar, además de la expresividad, es la posibilidad real que conserva aún el cantante de apianar y filar los sonidos (Komm, beglücke mich!, el verso final de la Serenata fue ejemplar al respecto, pero no el único momento destacable. Si naturalmente la voz sonaba aún más enorme por la acústica y las dimensiones del recinto, impresionaban los graves, el centro y, justamente, el poder oír notas impalpables que en principio deberían costarle lo suyo (igual le cuestan, pero no se nota). Excelente el alemán (recordemos que no sólo ha cantado mucho en Alemania y Austria, sino que tuvo su primer teatro ‘regular’en Lucerna).

Si esto ocurrió en la parte alemana, ¿qué diremos de la francesa, que además es su lengua materna? Pues que cantó tres canciones de Liszt sobre textos de Hugo, magistrales, y dentro de ellas la más conocida Oh! Quand je dors, que me había impactado en el primer recital que le escuché, hace ya varios años, en Lieja (donde me las vi con una tormenta de nieve de notables proporciones, pero que bien valía la pena), mejor que nunca y con una persuasión irresistible (véase el ‘où ton pied se pose’ de ‘S’il est un charmant gazon’) o la ‘verve’ entre elegante e irónica de Comment, disaient-ils?. También hubo un Berlioz para terminar la primera parte, nada menos que el último número de Les nuits d’été (‘L’île inconnue’), donde el texto de Gautier adquirió las mismas y también otras resonancias que en las versiones más conocidas para tenor, soprano y mezzo (recordemos que en origen el autor lo previó para mezzo, tenor y barítono, pero que también los barítonos la han cantado en solitario). Fue mucho más viril e insistente, claramente el punto de vista del barquero, aunque la ironía casi sarcasmo que oculta tristeza dentro de una estudiada ligereza casi al punto de la frivolidad se hizo presente en el final (‘Cette rive, ma chère, on ne la connaît guère, au pays des amours’).

El resto del concierto estuvo dedicado a arias de ópera, una en ruso, la maravillosa declaración de amor de Yeletski en La dama de picas de Chaicovski, que Tézier había cantado hace años en la última versión escénica completa del título en el Liceu. Lo hizo aún mejor que entonces con una voz que se ha duplicado o triplicado pero sin perder la flexibilidad, la suavidad, el legato. Nunca grita aunque vaya al agudo más ostentoso, y eso se pudo comprobar incluso mejor en la gran escena de la muerte de Posa del Don Carlo de Verdi –que cantó en italiano en vez de en francés: puede optar ya que ha cantado en vivo las dos versiones. Su afinidad con el maestro italiano fue tal que el público que había aplaudido mucho y con calor creciente, aunque el recital no había concluido, se puso de pie en medio de ‘bravos’ interminables.

Concluyó el programa con un aria célebre, ‘Nemico della patria’, de Andrea Chénier de Giordano en una especie de primicia, ya que nunca ha cantado el título entero, pero lo hará muy en breve en Australia en versión de concierto. La cantó con voz torrencial, pero sin perder la línea, sin bajar de un canto de verdadero aristócrata aunque encarne a un desclasado que ha creído y ahora descree, y dando adecuado relieve a la sección central tan evocadora y melancólica ‘Un dì m’era di gioia’ que lleva al final y descubre en el burócrata carnicero al idealista que yace en el fondo y que espera lo que vendrá en nada para volver por sus fueros. Todo eso estuvo en el canto de Tézier, que para responder al mar de aplausos (y el recinto no estaba, ni mucho menos, lleno) pasó de nuevo al repertorio alemán de la mano de Wagner y su estrella vespertina de Tannhäuser, que cantó con ‘pathos’ extraordinario y de Richard Strauss, siempre tan adecuado para agradecer el público en su Zueignung (primera vez que la escuchaba por una voz baritonal; creo que ahora sólo me falta un bajo).

Como detalle anecdótico dejo constancia de mi extrañeza ante la ausencia de cualquier autoridad del Liceu, que el día anterior había estado representado en la función de Stravinski antes comentada. Probablemente se deba a que La Fura dels Baus se considere hoy más importante y/o necesaria que uno de los cantantes más extraordinarios del presente. Que se lo cuenten a cualesquiera de los autores aquí mencionados.

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