Discos

Virtuosismo sin ostentación

Alfredo López-Vivié Palencia

miércoles, 31 de julio de 2019
Camille Saint-Saëns: Concierto para piano nº 3 en Mi bemol mayor, op. 29; Concierto para piano nº 4 en Do menor, op. 44; Concierto para piano nº 5 en Fa mayor, op. 103 “El Egipcio”. Alexandre Kantorow, piano. Tapiola Sinfonietta. Jean-Jacques Kantorow, director. Productor: Jens Braun; ingeniero de sonido: Martin Nagorni. Un super audio CD de 81 minutos de duración, grabado en el Tapiola Concert Hall (Finlandia) en septiembre de 2016 y enero-febrero de 2018. BIS-2300

Muy oportunamente sale este disco al mercado, cuando aún resuenan los aplausos que recibió hace escasas semanas el francés Alexandre Kantorow (Clermont-Ferrand, 1997) al proclamarse vencedor del concurso Chaicovski de este año, probablemente la competición pianística que más ríos de tinta –y de música- hace correr entre todas las que en el mundo son. Sin duda les sonará el apellido, y con razón porque es el hijo de Jean-Jacques Kantorow, espléndido violinista que ya hace unas décadas se dedica también a la dirección de orquesta –como saben muy bien en Granada, y en Espoo (Finlandia), a cuya Tapiola Sinfonietta lleva ligado de una u otra forma casi desde su fundación en 1987.

El joven Kantorow ya había grabado algún disco, entre ellos éste que se edita ahora, registrado en 2016 y 2018. Puede sorprender que se trate de un monográfico Saint-Saëns, un compositor al que ni los solistas, ni las orquestas ni las compañías discográficas prestan demasiada atención. Tampoco el público. De hecho, sus cinco conciertos para piano se tocan poco, y cuando aparecen en cartel es común la quejosa opinión del aficionado que suele preferir obras de más “enjundia”. Como si éstas no la tuvieran: en mi opinión, Saint-Saëns es –junto con Mozart- de los pocos autores que de verdad ha sabido integrar el instrumento solista con la orquesta, en lugar de presentarlo enfrentado a ella. Claro que el protagonista es el piano, pero –como en Mozart- el diálogo con la orquesta nunca se convierte en duelo. La prueba es que se pueden escuchar tres conciertos seguidos de uno u otro sin que la cosa resulte cargante.

Seguramente ése es uno de los méritos de este disco: la reivindicación del compositor. Padre e hijo Kantorow lo han entendido así, y además la elección de una orquesta de tamaño medio como la Tapiola Sinfonietta no hace sino subrayar ese concepto ideal de equilibrio sonoro entre ambas partes. La batuta comprende que el papel de la orquesta no es el de comprimario, pero tampoco el de máquina apabullante: siempre está ahí, a veces más discreta y otras más rotunda, siempre mimando el detalle (el solo de flauta casi al final -11’10’’- del primer movimiento del Tercer Concierto); muy pocas veces deja solo al piano, y cuando lo hace nunca es por mucho tiempo ni para que el solista se regodee en fuegos artificiales. También el solista lo sabe y no busca su lucimiento en unas cadencias que más bien suelen ser breves meditaciones. Una buena muestra de ese entendimiento está en la transición al último Allegro en la segunda parte del Cuarto Concierto: el episodio es tremebundo, pero escuchen (6’10’’ en adelante) cómo ni una parte ni la otra caen en la tentación de excederse.

Tras escucharle en vivo hace unos días, Maruxa Baliñas dijo aquí que le sorprendía la madurez de Kantorow a una edad tan temprana. Esa idea es la que me ha acompañado en la escucha de este disco de principio a fin: la parte solista de estos conciertos es mucho más difícil de lo que parece (otra similitud con Mozart), y sin embargo Kantorow no sólo las da todas y todas se escuchan claramente, sino que las da con buen gusto, con un sonido transparente y con la fuerza justa pero sin ningún ánimo exhibicionista; y lo mejor de todo, también las da con seriedad: una cosa es que estas piezas no sean de gran profundidad conceptual, y otra que no haya que tomárselas en serio.

Ejemplos, todos los que quieran: el progreso pacientemente construido por ambas partes en el arranque del Tercer Concierto, o el juego de síncopas del piano en su último movimiento; el tono grave de la primera parte del Cuarto Concierto, en el que a pesar de su carácter rapsódico ni solista ni director se toman libertades que interrumpan el discurso; del Quinto Concierto casi me ha gustado más la calma de Kantorow para cantar el comienzo que su pasmosa facilidad para dar octavas a velocidad de vértigo en el final. Por cierto, le llamarán “El Egipcio” porque Saint-Saëns lo escribió en Luxor; pero que me aspen si esto no es alhambrismo sinfónico de primera ley (escuchen a la orquesta en el furioso comienzo del segundo movimiento).

La toma de sonido es excelente, las notas de Jean-Pascal Vachon un ejemplo de información utilísima escritas en un francés de alto nivel, y la duración del disco más que generosa. No se puede pedir más. O sí: ojalá que, entre el aluvión de ofertas discográficas que le caerán a Kantorow a partir de ahora, alguien consiga persuadirle para grabar las Noches de Falla.     

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.