España - Madrid

Cio-Cio San sobrevive a la bomba atómica

Pelayo Jardón

miércoles, 31 de julio de 2019
El Escorial, jueves, 25 de julio de 2019. Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial. Giacomo Puccini: Madama Butterfly. Ópera en tres actos. Libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. Emilio Löpez, director de escena.Reparto: Ainhoa Arteta (Cio-Cio San); Marcelo Puente (Pinkerton); Cristina Faus (Suzuki), Gabriel Bermúdez (Sharpless); Francisco Vas (Goro); Príncipe Yamadori (Isaac Galán); Fernando Latorre (Bonzo); Ana Cristina Marco (Kate Pinkerton); Fátima Sanlés (bailarina). Orquesta Sinfónica y Coro Verum. Giuseppe Finzi, director musical.
Ainhoa Arteta y Marcelo Puente © 2019 by Teatros del Canal

El plato fuerte del Festival de El Escorial ha sido la representación de Madama Butterfly, en una producción del Palau de Les Arts de Valencia.

Un evento esperado con expectación: desde semanas atrás, las entradas se habían agotado, probablemente debido al prestigio de Ainhoa Arteta, principal reclamo del elenco.

Siguiendo la moda imperante de alterar el contexto histórico del libreto original, Emilio López, director de escena, ha optado por trasladar la acción a los años cuarenta. Aunque no se explicita, sino que tan solo se insinúa, parece evidente que la trama comienza antes de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y concluye poco después de la capitulación de Japón y el comienzo de la ocupación del país nipón por las tropas norteamericanas.

Nagasaki sigue siendo, en cualquier caso, la ciudad donde se desarrolla el drama; locus amoenus al comienzo, convertido en lóbrego escenario de la posguerra en los actos segundo y tercero. Con independencia de que quepa poner en tela de juicio hasta qué punto son convenientes o realmente necesarias estas mudanzas, lo cierto es que, en el presente caso, el montaje ideado por Emilio López aporta una nota innovadora, sin traicionar excesivamente el libreto primigenio.

A diferencia de otras producciones de triste memoria, como la Dña. Francisquita de La Zarzuela, esta Butterfly ofrece al público lo que el público espera; al menos en el primer acto: una japonaiserie —estilizadamente sugerida— de casitas de té, kimonos de seda y cerezos en flor. Tras la marcha de Pinkerton, sin embargo, lo que se muestra es un panorama de devastación, que no sólo nos hace rememorar el holocausto atómico de 1945, sino también el desamparo y la posterior desolación de Cio-Cio San. Entre las sorpresas de la producción se ha incluido, interpretada por Fátima Sanlés, una evocadora recreación de la famosa danza serpentina de Loie Fuller, icono del art nouveau, y prácticamente contemporánea, pues, de los años en que Puccini compuso y retocó la ópera.

Arteta se presentó como una Butterfly sobria y sincera, antes carnal que idealizada, sin manierismos ni oropeles, más convincente a medida que fue avanzando la tragedia. Butterfly es un personaje bipolar, que transita desde la virginal ingenuidad hasta la angustia que la lleva al suicidio y, en este sentido, entendemos que es importante que esa evolución quede suficientemente delineada. Tal vez, en el primer acto, Arteta no resultara —por ejemplo, en su aparición en “quanto cielo, quanto mar”— todo lo fresca, espontánea y luminosa que debiera, máxime si la comparamos con referencias de rigor, como esas que dieran fama a Victoria de los Ángeles o a la pulquérrima Tebaldi.

Parecía, además, como si midiese sus fuerzas y evitase exponerse a situaciones arriesgadas; a lo cual cabría añadir que sus movimientos en escena carecían acaso de esa delicada fluidez proverbialmente característica de las geishas. Poco a poco, empero, creciéndose en aplomo vocal y poderosa intensidad dramática —y haciendo gala siempre de su innegable calidad tímbrica—, fue confiriendo a la joven abandonada todo ese poliédrico registro de sombríos matices que abarca desde la ansiedad de la incertidumbre y el agridulce autoengaño, hasta la crudeza de la decepción final. En este sentido su interpretación fue memorable, como magistral estuvo en “un bel di vedremo” o en esos delicados filati que borda como pocas.

Marcelo Puente, de otro lado, sedujo al público en un Pinkerton muy pagado de sí propio. A su apostura y evidente potencia vocal —quizá con un vibrato en ocasiones edulcorado— une el tenor argentino la capacidad de dotar al americano de esa impetuosidad desbordante y despreocupadamente egoísta, que constituye el principal atractivo del personaje.

Cabe igualmente citar, por la excelente calidad de su trabajo, a los otros dos grandes papeles de la ópera: a Gabriel Bermúdez, discreto, pero intachable como el cónsul americano; y a la mezzo Cristina Faus, quien interpretó con sabia elegancia a la fiel Suzuki.

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