Ópera y Teatro musical

Racismo institucional en la ópera

Aitor Merino Martinez
viernes, 2 de agosto de 2019
Tamara Wilson © 2018 by tamarawilsonsoprano.com Tamara Wilson © 2018 by tamarawilsonsoprano.com
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Que los protagonistas de la inmensa mayoría de los títulos operísticos son individuos caucásicos y normativos es un hecho aplastante. Los grandes compositores del repertorio, todos ellos individuos occidentales, únicamente incluyeron en sus creaciones figuras disidentes movidos por una fascinación cuasi-antropológica. Los enanos, los deformes, las gitanas o las personas racializadas no son dignificadas en sus obras, son convertidas en un entretenimiento para las masas. Como elMorgante de Bronzino o la Eugenia Martínez Vallejo de Carreño de Miranda, estos personajes pululaban por las cortes europeas fascinando con su rareza y siendo observados como si se tratasen de animales. El propio Museo del Prado reconoce: "El pintor se acercó a estos seres buscando dignificar su imagen en la medida de lo posible". El dato importante siempre se deja para el final de la frase. Pocos títulos podemos encontrar, más allá de Rigoletto, que con tanto acierto consigan convertir un hombre "solitario, pobre y deforme" en un ídolo de masas que, a través de la compasión, logra una empatía real por parte del público.

Aunque la ópera Buffa permitió abandonar las narraciones mitológicas que ensalzaban a los grandes héroes occidentales, fijando la atención en los más desfavorecidos de la sociedad, no podemos obviar que estos eran títulos dirigidos a una clase burguesa que animaba sus aburridas tardes riéndose de las desgracias ajenas. Cuando en estas obras comenzaron a aparecer igualmente personajes exóticos provenientes de otras culturas, con ellos fueron asimilados todos los característicos arquetipos: la seducción oriental, la maldad y la poligamia musulmana, el primitivismo africano, etc. Ni el mismísimo Otello se salvará, convirtiéndose en un personaje colérico y obsesivo que, como no, termina incluso por estrangular a su amada Desdémona (inocente blanca).

No solo somos aun incapaces de censurar públicamente estos títulos y los estereotipos que legitiman, si no que aún seguimos interpretando estas obras únicamente con cantantes caucásicos (parece ser que los únicos con el dinero, la dignidad, la formación y le elegancia suficiente para interpretarlos). Hasta 1960 las puertas de la Scala estuvieron cerradas para cantantes racializadas, hasta 1955 si miramos por el contrario el caso del Metropolitan neoyorquino. No obstante, aun los grandes teatros siguen prefiriendo contratar a cantantes caucásicos y pintarles cutremente la cara de negro, como si se tratase de cualquier cabalgata de reyes magos. Podrían decir que, como lo verdaderamente importante es la técnica, es preferible contratar a un gran cantante y hacerle pasar por chapa y pintura, como si no pudiesen cantar exactamente igual sin la necesidad de ser pintarrajeados entre bambalinas. No obstante, el verdadero motivo de la exclusión de las personas racializadas pasa por un intento eurocéntrico de mantener su hegemonía en estos ambientes de prestigio.

Es de aplaudir públicamente, y así lo hago desde aquí, la actitud de la soprano Tamara Wilson, quien hasta anoche representaba la ópera Aida de Verdi en el Arena de Verona junto a Plácido Domingo. A través de sus redes sociales nos hizo a todos partícipes del "racismo institucionalizado" que supone obligarla a pintarse de negra para cantar. “Que sea lo normal no significa que esté bien”, afirmaba. Anoche (¿casualidad?) cayó enferma y no cantó la última de las funciones. 

Es igualmente digno de admirar que Tobias Kratzer haya subido al mismo tiempo sobre el escenario del conservador festival de Bayreuth a un enano, una Venus hippie y a Le Gateau Chocolat, una drag queen racializada. Algo está cambiando en el mundo de la ópera, cada vez los intérpretes y el público están más comprometidos y juntos luchan porque aquello que vemos sobre las tablas, para la desgracia de algunos, se asemeje más a la diversa realidad del mundo en el que vivimos.

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