Francia

The sleeping thousand: ¿Palestina, plaga o pesadilla?

Jesús Aguado

jueves, 8 de agosto de 2019
Aix-en-Provence, domingo, 14 de julio de 2019. Théâtre du Jeu de Paume. Adam Maor, The sleeping thousand. Libreto y dirección de escena de Yonatan Levy. Diseño escénico, Julien Brun. Vestuario, Anouk Schiltz. Iluminación, Omer Shizaf. Primer Ministro, Tomasz Kumięga. Nurit, su asistente, Gan-ya Ben-gur Akselrod. S. Jefe del servicio secreto, David Salsbery Fry. Una voz del mundo: Ministro de agricultura / Manifestante / Cantor, Benjamin Alunni. Ensemble United Instruments of Lucilin. Dirección musical, Elena Schwarz. Festival de Aix-en-Provence
The sleeping thousand © 2019 by Patrick Berger

The sleeping thousand (título en inglés, Les mille endormies en francés aunque la obra se canta en hebreo) es el encargo del Festival d'Aix-en-Provence de este año. Desde hace varias ediciones se encarga una obra cada año a un creador contemporáneo, y en este caso ha sido Adam Maor el elegido. Maor, israelí, ha trabajado con su compatriota Yonatan Levy, autor del libreto y director de la puesta en escena, a lo largo de varios talleres realizados en los últimos años, para componer una obra que trata de manera muy directa aunque muy onírica también, la situación en su país y la relación con el pueblo palestino.

Son solamente cuatro cantantes: el primer ministro, su asistente, el jefe de los servicios secretos, y el cuarto encarna a varios personajes a lo largo de la obra.

El punto de partida es una huelga de hambre que llevan a cabo mil detenidos palestinos y que tiene al gobierno contra las cuerdas: no puede matarlos, ni puede alimentarlos, ni dejarlos morir, de manera que decide dormirlos, anestesiarlos para que no estén ni vivos ni muertos. El problema parece resuelto, pero pronto comienzan a pasar cosas extrañas en Israel, desatándose plagas similares a las descritas en la Biblia: los primogénitos tienen ataques epilépticos y solamente pueden balbucear palabras en árabe, las cosechas se pierden, y además nadie puede dormir.

El primer ministro está convencido de que los responsables son los palestinos, que no están dormidos, sino que están despiertos en su propia realidad, maquinando todos esos horrores, y la única solución que se le ocurre para vencerlos es enviar a un infiltrado, dormirlo para que se introduzca entre ellos y pueda detenerlos. La elegida es Nourit, su asistente, que es efectivamente dormida, pero que, una vez en ese otro lado, decide no volver.

Cuenta el autor en varias entrevistas (el desarrollo de la producción, dentro de la red enoa, creada por distintas instituciones operísticas para apoyar la integración profesional de jóvenes creadores e intérpretes de ópera, está documentado en diferentes vídeos que se encuentran en internet) que sus influencias musicales tienen dos ejes fundamentales: por un lado, la música contemporánea clásica, es decir la que se estudia en conservatorios e instituciones de corte europeo, y por otro, la música del medio oriente, por la que cada vez se siente más interesado.

Las dos influencias se notan en la música de la obra, pero no estoy tan seguro de que lo hagan tan integradas como el autor afirma; al menos en una primera escucha, la sensación que transmite es de bloques bastante diferenciados. Hay dos escenas, dos grandes solos o arias, en realidad, uno interpretado por el cuarto personaje cuando relata la plaga de los niños, y la última, cuando Nurit duerme y entra en el mundo de los sueños, en que la influencia de la música de oriente medio es clara. En cambio, en el resto de escenas, predomina el elemento contemporáneo, por así decirlo.

La música es eminentemente textural, sin que se puedan apenas distinguir melodías instrumentales; la pequeña orquesta básicamente crea colchones sonoros con gran abundancia de armónicos sobre las que las voces se escuchan sin problemas. El problema es que, pese a la minuciosidad y el detalle en la escritura instrumental del que tanto autor como directora hablan con entusiasmo, el resultado final acaba siendo bastante monótono, una masa sonora cambiante pero indiferenciable en muchos momentos que hace agradecer que la duración total de la obra no sea más que de una hora y cuarto, aproximadamente.

Resultan, como es lógico, mucho más agradecidos los momentos mencionados en que la orquesta queda en un segundo plano y prevalecen esas melodías que recuerdan a la música del medio oriente, en especial la escena final, con la hermosa voz de Gan-ya Ben-gur Akselrod llenando el pequeño espacio del Jeu de Paume, cantando prácticamente entre el público y con las luces encendidas, como si al entrar en ese mundo de sueño llegase a la verdadera realidad.

Los cuatro cantantes cumplen sobradamente, luciéndose especialmente Benjamin Alunni como ese cuarto personaje y Gan-ya Ben-gur Akselrod como Nurit.

La puesta en escena es sencilla: estamos en el despacho del primer ministro, y alrededor de su mesa aparecen los durmientes, en cómodas literas que recuerdan a un crucero. Se trata de parte del público que actúa como figurante. Apenas hay movimiento escénico, pues realmente no hay espacio. El cuarto personaje es prácticamente el único que entra y sale de escena, y únicamente Nurit, al final, también avanza, rompiendo de alguna manera esa cuarta pared en esa especie de última aria ya descrita.

En resumidas cuentas, una obra con un interesante punto de partida pero con un desarrollo musical que, pese a tener algunos momentos hermosos e impactantes, tiende a la monotonía.

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