España - Cataluña

Una Violeta sin extravíos en una puesta algo a medias

Agustín Blanco Bazán

martes, 13 de agosto de 2019
Peralada, lunes, 5 de agosto de 2019. Auditorio Parc del Castell de Peralada. La Traviata, ópera en tres actos con libreto de Francesco Maria Piave y música de Giuseppe Verdi.  Dirección escénica y escenografía: Paco Azorín. Vestuario: Ulises Mérida. Coreografía: Carlos Martos. Iluminación: Albert Faura. Videos: Pedro Chamizo. Dramaturgia: Salva Bolta. Violetta Valery:  Ekaterina Bakanova. Alfredo Germont: René Barbera. Giorgio Germont: Quinn Kelsey. Flora Bervoix: Laura Vila. Annina: Marta Urbieta. Doctor Grenvil: Stefano Palatchi.  Coro Intermezzo preparado por José Luis Basso. Orquesta Simfònica del Grand Teatre del Liceu bajo la dirección de Riccardo Frizza.  Coproducción con la Ópera de Oviedo.  Festival Castell de Peralada, 2019
Azorín: La Traviata © Toti Ferrer, 2019

Paco Azorín ve en Violetta Valery no a la extraviada del título, sino una mujer cuyo “Sempre libera” lejos de ser un desvarío momentáneo es el credo de una mujer libre que no tiene por qué arrepentirse de su pasado. Es como tal que decide cambiar una vida aceptando abandonar Paris con Alfredo. Pero, por favor, ¡nada de asociar su enfermedad con lo que padres, madres, esposos o hermanos verían como un castigo a sus extravíos de grande horizontale! “¡Como si no fuera posible agarrarse la tisis siendo una cófrade religiosa!”, me encontré pensando mientras conducía de vuelta al aeropuerto al día siguiente de una de esas noches mágicas de ópera bajo las estrellas, esta vez en el auditorio del parque del castillo de Peralada. 

Que pensé todo esto mientras conducía es prueba de que Azorín sabe hacer pensar, y esto es lo que mas aprecio en un director de escena. Pero ¿por qué entonces esa advertencia en el título de esta reseña que la puesta es "algo a medias"? Pues porque no se entiende del todo sin leer la entrevista con él en el programa de mano. Sin esta lectura, es difícil entender el sentido de la propuesta de realidad y ensueño representada, respectivamente, por un tablado horizontal con mesas de billar como único decorado en los saraos de Violetta y Flora y una pared de fondo vertical en la casa de campo y la cámara de Violetta en la escena final. En esta pared, el pasado y las ilusiones vagan con la ayuda de acróbatas pirueteando entre las mismas mesas, que en este caso dan la ilusión de grandes marcos sin demasiado tema interior. También aquí la idea es buena. Sólo que este tipo de propuestas es demasiado exigente para gente como yo, y supongo otros espectadores, que no somos lo suficientemente sofisticados para integrarnos a una visualización de realidad versus subconsciencia en una obra verdiana. Porque en Verdi todo es realidad, a diferencia de Wagner, donde los leitmotiv se bastan y sobran para sugerirnos una narrativa subliminal de significados alternativos.

Otra propuesta difícil de incorporar a la dramaturgia teatral lisa y llana de Verdi fue la ocurrencia de presentar una niña como la hija que Alfredo y Violetta se permitieron tener durante un período que, nos informa el regisseur a través de proyecciones, comienza con un primer acto “tres años antes de la muerte”, para reducir este periodo a tres meses en la fiesta de Flora y a tres horas al comienzo de una escena final que no dura mas de cuarenta minutos. 

Dicho todo lo cual, cabe señalar que, haya gustado o no, esta compleja puesta fue presentada con impecable rigor técnico. Los festivales de verano en teatros al aire libre siempre traen aparejados interrogantes sobre la calidad de una producción en circunstancias estivales frecuentemente adversas a la intensidad dramática. No así con esta Traviata de escenografía conceptualmente antojadiza, pero de gran sugestión y con un movimiento escénico esmeradamente ejecutado. Y los dos acróbatas presentados como Violetta y Alfredo caminando sobre la pared habrán distraído la atención dramática sobre el plano horizontal. ¡Pero qué poética esa Violetta vertical, abriendo los brazos para irse como un ángel mientras la horizontal se nos muere junto a una mesa de billar que, a más de servir como su cama, representa tan despiadadamente el azar de cualquier vida! 

También las condiciones acústicas fueron lo suficientemente buenas para permitir apreciar una orquesta que respondió con diferenciada claridad de texturas a los tiempos ágiles y urgentes y los matices interpretativos instruidos por Riccardo Frizza. Esta fue una Traviata de premonitorios chelos y contrabajos y glorioso contraste entre metales y cuerdas. En suma, una interpretación orquestal de efectiva sensibilidad. Y sin cigüeñas de fondo, algo que lamenté, porque me habían hablado tanto de las cigüeñas de Peralada que también a ellas me hubiera gustado escucharlas. 

Similarmente efectivo fue un coro en vestuarios contemporáneos y andróginos que Azorín movió con agresiva intensidad protagónica. En el primer acto los invitados de Violeta festejaron el brindis con contorsiones extra teatrales. Mas que coristas de ficción fueron un público de roqueros bailando como poseídos un karaoke de tres por ocho. El efecto es de una simpleza y efectividad similar al coro del “toreador” en el cuarto acto de la Carmen de Calixto Bieito. En la fiesta de Flora, los números más flojos de la partitura se transformaron en algo vibrante gracias a la decisión de dejar de lado cuerpos de ballets extemporáneos y amanerados. En su reemplazo, los coros femeninos y masculinos se confrontaron agresivamente como zíngaras y matadores liderados por dos disfrazados que terminaron descubriéndose como Violetta y Alfredo. 

Esencial en esta dramaturgia es una Violetta desafiante y asertiva en ese credo de “Sempre libera” que lleva hasta las últimas conclusiones. El “Gran Dio! morir sì giovane” cantado por Ekaterina Vakanova con suprema intensidad y apoyo tímbrico, fue antológico por un aire de protesta similar al de su confrontación con Germont padre en el segundo acto. Decididamente, esta Violetta no se preocupa de dar pena a nadie. Su única contraparte es el destino, y nunca Alfredo, su papi o los demás muñecos de una alienada farsa social que le va muy por detrás.

Al concentrarse en la protagonista Azorín descuida la regie de personas en el caso de los Germont. René Barbera cantó un Alfredo de buena voz y excelente fiato, pero sin actuar demasiado, salvo cuando en el último cuadro confronta al padre con un furibundo “la vedi padre mio?”. El público pareció impresionado con un Giorgio Germont que Quinn Kelsey cantó con resonante vozarrón pero equivocado fraseo y errática pronunciación.

Finalmente: Nora Laredo actuó la “nena” (así la presenta el programa) de Violetta y Alfredo con notable soltura y resistencia, si se tiene en cuenta todo lo que Azorín le pidió hacer a lo largo de la función. Y con similar espontaneidad se presentó a recibir los saludos del público a la una de la mañana. En Alemania, me comentó una colega, los niños no pueden actuar mas allá de las once de la noche. ¡Pero esto es España! O Catalonia. O las dos cosas. En fin, ¡como lo prefieran! 

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