Alemania

Namoradze: el más puro placer pianístico

Juan Carlos Tellechea

miércoles, 14 de agosto de 2019
Essen, viernes, 21 de junio de 2019. Sala de conciertos de la Haus Fuhr, en Essen-Werden (dependencia de la Folkwang Universität der Künste, de Essen). Nicolas Namoradze, piano. Alexander Scriabin , Sonata número 9 en fa mayor opus 68 (Misa negra). Johann Sebastian Bach, Sinfonía número 9 en fa menor BWV 795, Partita número 6 en mi menor BWV 830. Robert Schumann, Arabeske en do mayor opus 18, Gesänge der Frühe opus 133. Nicolas Namoradze, Arabesque (2018), Ètudes I - III. Klavier-Festival Ruhr 2019. 100% del aforo.
Nicolas Namoradze © 2019 by Klavier-Festival Ruhr

Cuando en las carteleras de conciertos anuncien este nombre, Nicolas Namoradze, no duden en acudir a ver y escuchar alguna de sus presentaciones, ya sea como solista, como músico de cámara o junto a alguna orquesta sinfónica de fama mundial. El joven pianista y compositor georgiano (Tiflis, 1992) es una auténtica revelación y, al decir de uno de sus maestros, Emanuel Ax, está ya en camino de convertirse en uno de los más grandes artistas de su generación.

Formado en Budapest, Viena, Florencia, la Juilliard School y ahora en el Graduate Center de la CUNY, Namoradze, ganador del premo Honens 2018 (Calgary/Canadá), que le valió debutar a comienzos de este año con gran éxito en el Carnegie Hall de Nueva York, despliega una refinada sensibilidad y una prodigiosa brillantez en sus ejecuciones.

Este viernes 21 de junio de 2019 fue aclamado en su aguardado y maravilloso debut en el prestigioso Klavier-Festival Ruhr, con obras de Alexandr Skriabin, Johann Sebastian Bach, Robert Schumann y de su propia autoría. El concierto tuvo lugar en una de las dependencias de la afamada Folkwang Universität der Künste de Essen, a sala repleta de espectadores y bajo el apartado del festival reservado a Los mejores de los mejores – Conciertos de ganadores de premios II (Die Besten der Besten – Preisträgerkonzerte II).

Namoradze tiene realmente muchas cosas que decir al público y con la serenidad y suavidad que lo hace en el Moderato quasi andante de la Sonata número 9 en fa mayor opus 69 (Misa negra) de Scriabin, el pianista se ganó instantáneamente su atención, Fue como si abrazara a los espectadores con su amor por la música que estaba reproduciendo con sus manos. Esos largos, densos y bellos pianíssimos, envueltos en multicolores capas, sumidos en sus pensamientos o girando como una brisa primaveral en la sala, son los que más impactaron y perduraron, sin duda, en la mente de los asistentes de esta inolvidable velada

Comenzar así este debut es toda una declaración per se. La Sonata Misa Negra de Scriabin se ganó este seudónimo por su clímax de fuego satánico (Piu vivo), mas la interpretación de Namoradze puso más el acento en la exploración de las tenebrosas y profundas sombras de la pieza, en las que tanto acechaban los peligros y las amenazas a la integridad, como brotaban las flores de la maldad. Por supuesto, manaron también con ricas notas los destellos de pasión (Allegro molto), fluyeron los trinos (Allegro) y los torrentes de tonalidades (Alla marcia) en la entrega, pero siempre ante ese fondo de sensualidad que arropaba incesantemente a la música hasta la demonización final (Presto).

Tras agradecer los efusivos y merecidos aplausos, el pianista fue directamente al grano con la Sinfonía número 9 en fa menor de Bach (BWV 795), una obra de persistentes líneas cromáticas descendentes (que tradicionalmente simbolizaban la muerte), grandes intervalos y modulaciones de gran alcance que tocó con mucho virtuosismo, expresividad y transparencia.

Con la Partita número 6 en mi menor de Bach, el espectador tenía la sensación de entrar finalmente en una zona de gran claridad y luminosidad. Los arpegios de la Toccata inicial dieron paso a un trabajo de gran precisión y entrega. Namoradze se apegó aquí al propósito didáctico original del genial compositor alemán con éste, su Ejercicio para teclado (Clavier Übung) en siete movimientos, demostrando la habilidad que posee para articular voces y formar frases en una imponente pieza de arquitectura barroca que sonaba, sin embargo, con tanta actualidad y modernidad a los oídos.

En la Allemande, flexible y ricamente ornamentada, el pianista no utilizó para nada los pedales; suavizó el tono, mezcló las líneas y mostró de forma extraordinaria de lo que es capaz solamente con la digitación. El Corrente aportó el zumbido de la vertiginosidad que transmitió inmediatamente después al robusto Air. La lenta Sarabande remarcó las frases del arpegio del primer movimiento, pero Namoradze hizo de nuevo caso omiso a la emoción subjetiva de éste, para concentrarse en su retórica audaz y en su exuberante ornato barroco. En el Tempo di Gavotta, el pianista tomó nota de la sutili distinción que hace Bach entre una genuina gavota y una pieza en este tiempo, dejando fluir la música sin un propósito dancístico. En contraste, el Gigue en estilo de fuga, se quebró con vibrantes ritmos que reforzaron la osada interpretación de la Partita. Todo esto sin que Namoradze perdiera jamás su genial compostura ante el piano. Chapeau!

La Arabeske en do mayor opus 18 de Schumann, fue abierta con un breve chasquido, un pequeño toque de gracia, que Namoradze manejó al principio con la mayor ternura y a continuación con vigor, para cerrarla con entera delicadeza, mientras la composición deambulaba de forma libre y con sensible fraseo.

A esta altura del recital ya resultaba evidente que el joven pianista podía abordar con acierto, como lo hizo, las enigmáticas composiciones tardías de Schumann. En los cinco movimientos de Gesänge der Frühe opus 133 brindó muchos contrastes de gran fuerza, tanto de carácter como de textura, y siempre con esa varita mágica de sus pianíssimi en el expresivo inicial (Im ruhigen Tempo); exquisito equilibrio en el segundo (Belebt, nicht zu rasch); vivaz y colorido en el aventurado tercero (Lebhaft); inquieto, travieso y airoso en el cuarto (Bewegt); y decididamente juguetón en el río de corcheas del quinto (Im Anfang ruhiges, im Verlauf bewegtes Tempo).

El estreno en Alemania de su Arabesque, compuesto el año pasado y de estilo pianístico más etéreo que lírico (en comparación con la antes mencionada obra homónima de Schumann), así como de sus Études I – III, fue un acontecimiento sumamente interesante de apreciar. Namoradze se refiere literalmente en Arabesque a la elaborada ornamentación morisca.

Las manos del ejecutante y compositor se cruzan constantemente sobre el teclado, están en permanente búsqueda y dibujan figuras ondulantes entrelazadas, a veces con gran terneza, derivando en un novedoso efecto sonoro, delicioso de escuchar. Los desplazamientos en las diferentes estructuras se materializan de forma paulatina durante la obra, en una actitud que recuerda mucho a las tallas en madera Metamorphosis I – III (1937) del artista neerlandés Maurits Cornelis Escher (1898 – 1972), inspirado en el arte decorativo legado por los árabes en el sur de España

Sin embargo, el placer pianístico más puro vino con sus tres Études que chisporrotearon con ingenio y asombrosa técnica (naturalmente, dos de ellos terminaron en pianissimi). En Major Scales (2015) desarmaba virtualmente el piano con el amplio espectro de notas que corrian de un lado a otro del teclado. Sin el más mínimo ánimo de desmerecimiento, todo lo contrario, las imágenes que sugiere Mostly Triads (2017), con sus rápidas y sorprendentes escalas de acordes, bien podrían ser utilizadas en la banda sonora de un excelente filme de acción y suspense. El tercero y último de los estudios, Moving Mirrors (2017), sugiere la forma en que los acordes fuertes y sincopados se reflejaban entre sí en la parte superior e inferior del teclado, con extraordinaria celeridad en la digitación.

Como si todo esto hubiera sido poco, el público se levantaba de sus asientos para aclamarlo con las expresiones de aprobación más cálidas y contundentes de que era capaz en esos momentos de fascinación. Cuatro bises, todos de Skriabin, se vió obligado a dejar Namoradze a la audiencia para complacerla: el impetuoso Étude en do sostenido menor opus 42/5, el Étude en re sostenido menor opus 8/12, de gran vitalidad; el florido y divertido Étude en mi bemol mayor opus 42/8; y el serenísimo Étude en do sostenido menor opus 2/1.

Me atrevo a vaticinar que la ascendente estrella de Namoradze continuará brillando en el firmamento artístico por muchísimo tiempo y que la rápida evolucion de su carrera será seguida con gran interés en todo el mundo. Sin ir más lejos, próximamente (http://nicolasnamoradze.com/about-3/ ) tiene fijados compromisos en Israel, en el Wigmore Hall de Londres y en la Konzerthaus de Berlín. El 24 de octubre de 2020 se le podrá escuchar en un concierto con la London Philharmonic en el Royal Festival Hall de Londres. ¡Enhorabuena Nicolas!!!

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