Editorial

Matar a un ruiseñor

Consejo Editorial

lunes, 19 de agosto de 2019

La acusación de acoso sexual a Plácido Domingo ha desatado una tormenta. Quienes asumen que su fama de mujeriego lo hace perfecto candidato para ser acosador compiten en estupidez con quienes, por amistad, lo defienden. Estos últimos siguen el modelo del párroco que sale en defensa del niño acusado de robar peras: “es monaguillo en mi iglesia y nunca vi que se bebiese el vino de misa.”

Estas cuestiones son muy serias y requieren respeto a las presuntas víctimas y a los presuntos acosadores. Los teatros que cancelan sus representaciones hacen bandera de una preocupante presunción de culpabilidad. 

También aquellos que aprovechan su cierre de filas con el tenor para dar una pulla al #metoo olvidan que este movimiento arroja luz sobre la impunidad con las que las mujeres sufren acoso sexual a diario. 

Siempre ha habido y habrá falsos acusados; siempre ha habido y habrá acosadores impunes. Hay que apiadarse de los primeros y lamentar el daño que han hecho los segundos, y el hecho de que no paguen por sus culpas.

Sobre todo, hay que intentar acabar con la cultura del acoso (tarea interminable). Y aún más hay que exigir responsabilidad a las instituciones, como la Iglesia Católica o la Metropolitan Opera House, que fingieron no ver, que se lavaron las manos. 

Ah, y releer o ver las películas To Kill a Mockingbird (Robert Mulligan, 1962) y 12 Angry Men (Sidney Lumet, 1957) para reconciliarnos con la presunción de inocencia y dejar que la justicia progrese con su ritmo necesariamente frustrante, necesariamente lento.

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