España - Galicia

La dulzura de vivir

Maruxa Baliñas
martes, 27 de agosto de 2019
Noelia Rodiles © Alberte Peiteavel Noelia Rodiles © Alberte Peiteavel
Foz, domingo, 25 de agosto de 2019. Pazo de Fontao Santa Cilla (Foz). ‘El efecto mariposa’. Noelia Rodiles, piano. Felix Mendelssohn, Canciones sin palabras op. 30. David del Puerto, Seis caprichos sin título. Robert Schumann, Papillons op. 2. Jesús Rueda, Sonata nº 5 ‘The Butterfly Effect’. VI Festival Bal y Gay, 2019
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Hay festivales de música que son auténticas maratones. Hablaba hace pocos días del Festival Enescu y de la frustración que me provocaba la incapacidad de asistir a todos los conciertos que me interesaban (ofrecen 82 conciertos en tres semanas), y creo que el Festival de Lucerna -donde justo está estos días nuestro colaborador Alfredo López-Vivié- le supera: en cuatro semanas más de cien conciertos. El ‘rey’ creo que es el Festival de Salzburgo, con 199 conciertos en 43 días. En fin, que de estos festivales sales, no harto de música -eso no es posible- pero sí un poco saturado, con ganas de llegar a casa y recobrar la normalidad.

Pero hay otros festivales que son todo lo contrario, como el Festival Bal y Gay de Foz (provincia de Lugo). Jesús Bal y Gay (Lugo, 1905; Torrelaguna, 1993) fue un musicólogo, compositor y sobre todo periodista cultural español que se exilió en México tras la Guerra Civil y sólo volvió a España en 1964, tras su jubilación, aprovechando las medidas de gracia a los exiliados coincidiendo con la celebración de los “25 años de paz” (en realidad de dictadura). Tras su regreso a España vivió muy discretamente -casi en un exilio interior- junto a su mujer Rosa García-Ascot, pianista -estudió con Granados- y compositora, y una de las pocas alumnas de composición de Falla. Pero discretamente no quiere decir anónimamente y fueron muchos los que disfrutaron de su amistad o cuando menos hospitalidad. Yo no lo conocí, pero me encantaron sus memorias, tituladas La dulzura de vivir, que muestran qué tipo de persona era: una vida tan difícil, en el exilio y a su vuelta a España y Don Jesús nos recuerda la dulzura de vivir, que no es felicidad, pero sí gusto por la existencia. 

El Festival Bal y Gay de Foz es un festival modesto, que ya va por su sexta edición. Cada tarde ofrece un concierto, en diferentes ubicaciones de Foz y sus alrededores, y la calidad es muy buena, porque se nota que hay entusiasmo en los organizadores y colaboradores. Este año cuentan con el Cuarteto Casals, Noelia Rodiles, y El afecto ilustrado, además del debut de su propio ensemble, como ya anunciamos la semana pasada. Igualmente interesante es el programa didáctico vinculado al festival, que incluye clases magistrales impartidas por Noelia Rodiles (Oviedo, 1985), y de los clarinetistas Vicente Alberola (Mahler Chamber Orquestra), Javier Martínez (Orquesta de RTVE) y Juan Antonio Ferrer (Orquesta Sinfónica de Galicia), junto a un concierto pedagógico infantil y una conferencia-concierto sobre Leonard Bernstein. 

Centrándonos ya en el concierto del 25 de agosto, el programa de Noelia Rodiles me pareció inteligente, una mezcla de repertorio romántico -aunque no muy frecuentado- con creación actual. O sea, tocó el segundo volumen de las Canciones sin palabras de Mendelssohn (seis piezas editadas como op. 30 y escritas en diferentes momentos y ocasiones entre 1833-34) y luego una obra que la propia Rodiles encargó al compositor español David del Puerto (Madrid, 1964) para hacer juego con estas piezas de Mendelssohn, los Seis caprichos sin título (2017). Tras el descanso, Papillons de Schumann y otro encargo de Rodiles, la Sonata nº 5 ‘The Butterfly Effect’ (2017) de Jesús Rueda (Madrid, 1961), libremente inspirada en Papillons

No podría en cambio valorar la pertinencia de este programa en este festival, porque el público era francamente variado. Se veía mucha gente acostumbrada a los conciertos, unos de gustos clásicos y otros que parecían preferir lo moderno, pero además un alto porcentaje del público era de la zona y se aproximaban al concierto con actitudes que iban desde una acusada timidez a un puro disfrute de lo que estaban oyendo, con algún asistente que pensaba que hablar un poco y reír algo no es incompatible con escuchar música. Y eso teniendo en cuenta que el concierto era en una carpa, bastante público quedó fuera y llovía, no con intensidad, pero llovía, así que la carpa se veía rodeada de gente en sillas de plástico y escondidos bajo paraguas negros (las modernidades en cuestión de paraguas aún son excepcionales en Foz) 

Los Seis caprichos sin título de David del Puerto me parecieron unas obras bien construidas, correctas técnicamente, bastante evocadoras de las piezas de Mendelssohn, de escucha agradable y demás calificativos positivos. Pero poco más. Emparejadas con las Canciones de Mendelssohn funcionan, independientemente no estoy tan segura.Más  interesante me pareció la Sonata nº 5 ‘The Butterfly Effect’ de Jesús Rueda (Madrid, 1961), que ocasionalmente cita elementos de Papillons (algún acorde, algún giro melódico) pero mantiene una interesante entidad propia. Dividida en los tres movimientos habituales de la sonata, Rueda cuenta además una historia, desde el delicado nacimiento de la mariposa saliendo de su crisálida hasta la heroica peregrinación de las mariposas monarca en México. 

Rodiles tocó con las misma naturlidad y musicalidad las obras decimonónicas que las compuestas hace dos años. Claramente lo que le interesa es la musicalidad de las obras que toca -independientemente del lenguaje estético del compositor- y aprovecha todos los recursos que le permiten construir su propia versión, muy cuidadosa en los detalles, en la pulsación y el uso del pedal. Aprecio además el que Rodiles tenga un concepto claro y unitario de las obras que toca, porque eso permite al oyente una escucha más fácil y cómoda. 

Lamentablemente me perdí la audición de las seis Canciones sin palabras de Mendelssohn, una obra que parece haber pasado de moda y llevo muchísimos años sin oír en directo. Como saben todos aquellos que han conducido por Galicia, cuando te sales de las carreteras principales hay una auténtica maraña de carreteritas sin pintar y sin indicadores (por supuesto Google maps no las conoce) que pueden convertirse en un laberinto que te haga tardar 55 minutos en recorrer unos 8 km (aunque a cambio te permite charlar con diversos paseantes, con y sin perro, con y sin vaca, cada uno de los cuales tiene su propia teoría sobre cómo llegar al Pazo de Fontao).  

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