Suiza

A lo grande

Alfredo López-Vivié Palencia

jueves, 29 de agosto de 2019
Lucerna, lunes, 26 de agosto de 2019. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Martin Helmchen, piano. Gewandhausorchester Leipzig. Andris Nelsons, director. Wolfgang Amadè Mozart: Concierto para piano nº 17 en Sol mayor KV 453; Claude Debussy: La Mer; Igor Stravinski: Suite de concierto de El Pájaro de Fuego (versión de 1919). Ocupación: 95%

Como primera pieza del programa estaba previsto el Tercer Concierto de Bartók con la participación solista de András Schiff. Pero se cayó Schiff y se cayó Bartók, y en su lugar se dio el Concierto en Sol mayor de Mozart contratando los servicios del alemán Martin Helmchen (Berlín, 1978). Qué pena, dirán ustedes –y dije yo cuando supe del cambio-. Y sin embargo la pena se convirtió en una felicidad inmensa. 

Porque la versión que dieron Helmchen y Nelsons del concierto mozartiano fue de perfección absoluta (valga la redundancia). Con la orquesta convenientemente reducida -tres contrabajos- pero sin talibanismos historicistas, bastó la introducción del Allegro para darse cuenta de que aquello iba a ser algo grande: ágil, claro, a tiempo justo y con un fraseo refinado, haciendo cantar con igual delicadeza a la cuerda y a la madera en empaste camerístico. Y el toque del solista con la elegancia requerida para hablarse de tú a tú con la orquesta: pocas notas pero dando a cada una su valor. 

Queda para el recuerdo el Andante, seguramente uno de los movimientos más hermosos de Mozart: Nelsons logró el milagro de que los corales de la madera sonasen celestiales, y Helmchen le puso ese pequeño -pero expresivo- carácter dramático que el compositor suele introducir en sus tiempos lentos concertantes. Y el Presto final, dicho a velocidad vertiginosa pero sin que ni una sola nota se perdiese por el camino (qué buena alumna tenía que ser Barbara Ployer, para quien Mozart hizo este Concierto). Por si fuera poco, Helmchen decidió corresponder los aplausos del público con más Mozart: el 'Adagio' de la Sonata en Fa mayor KV 332

Al borde de un acantilado o en la sala de conciertos siempre es un placer escuchar el mar. La naturaleza nunca falla, la obra de Debussy tampoco; y esta noche no iba a ser la excepción. Es cierto que la Gewandhaus no es una orquesta especialmente colorista, pero Nelsons lo compensó sobradamente con el elemento tímbrico. Y aunque en el “Juego de olas” a Nelsons se le perdieron algunas sutilezas y el mar por momentos quedó en calma, los dos movimientos extremos estuvieron llenos de fuerza y de impulso: qué gran expresividad del conjunto de violonchelos antes de alcanzar el mediodía; y qué impresionante tumulto -sin borrones, todo se escuchaba- para culminar la pieza. 

Como igualmente es una gozada escuchar El Pájaro de Fuego. Aquí Nelsons está en su salsa, y se nota: desde esos pianísimos de la introducción o de la canción de cuna que sólo se pueden hacer audibles en una sala tan fantástica como ésta -por cierto, mención de honor a la primera flauta: qué virtuosismo y qué buen gusto; y al concertino: todo un rabo de lagartija atento a cualquier detalle y capaz de llevar la orquesta entera sobre sus hombros-, hasta la artillería más atronadora en la “Danza de Katschei” o en la conclusión, cuyo último crescendo Nelsons construyó desde dentro, como saben hacer los buenos maestros. ¿Hace falta referir que el público -y un servidor- se lo pasó en grande, y que lo demostró? 

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