España - Madrid

Elogio de la locura

Germán García Tomás

martes, 3 de septiembre de 2019
Madrid, martes, 20 de agosto de 2019. Teatros del Canal (Sala Verde). The Opera Locos. Espectáculo de ópera y humor creado y dirigido por Yllana. Fragmentos de óperas de Verdi, Bizet, Handel, Donizetti, Puccini, Leoncavallo, Mascagni, Delibes, Offenbach, Saint-Saëns y Mozart, así como canciones de Frank Sinatra y Whitney Houston, entre otros. Dirección artística: David Ottone y Joe O’Curneen. Dirección musical: Marc Álvarez y Manuel Coves. Idea original: Yllana y Rami Eldar. Diseño de escenografía: Tatiana de Sarabia y David Ottone. Diseño de iluminación: Pedro Pablo Melendo. Diseño de sonido: Luis López Segovia. Diseño de vestuario: Tatiana de Sarabia. Ficha artística: Toni Comas (tenor), María Rey Joly (soprano), Jesús García Gallera (contratenor), Mayca Teba (mezzosoprano), Enrique Sánchez Ramos (barítono). Música grabada por la Orquesta Sinfónica Verum. Ocupación: 90% 
The Opera Locos © Teatros del Canal, 2019

La excentricidad está de moda. En una sociedad en la que ser más o menos friki es la nota dominante, el mundo del espectáculo no se sustrae a esta tendencia a lo exagerado e hiperbólico. En ese contexto nos llega The Opera Locos, una propuesta que, con ese título, elogia y exalta a la locura, y que se marca el objetivo de desterrar la seriedad y dramatismo de la ópera para revestirla en su lugar del humor más exacerbado. Una idea original de la compañía teatral Yllana dirigida a aquel espectador que no se quiere tomar en serio las elevaciones y sibaritismos operísticos y cuyo ánimo es el de pasar una velada repleta de diversión. Ganador del Premio Max 2019 al mejor espectáculo musical, The Opera Locos lleva ya unos meses en acción, ha recalado el año pasado en la Sala Roja de los Teatros del Canal y en muchos otros escenarios españoles, tiene a la vista una imparable gira en incontables ciudades de la geografía española y ha llegado ahora de vuelta a los coliseos de la calle Cea Bermúdez en el marco de su Escenario Clece para tener un encuentro mucho más cercano con el público en la intimidad de la polivalente y más reducida Sala Verde. 

Efectivamente, las peripecias de estos excéntricos cinco cantantes líricos que pueblan la escena conectan de forma inmediata con el espectador. Es realmente admirable cómo Yllana y Rami Eldar han mantenido, sin decaer la atención en ningún momento, la continuidad y la gran agilidad de un espectáculo cuyo leitmotiv pretende ser la batalla de egos entre los miembros de esta peculiar troupe de ópera, pero que contiene en su interior mucho más que eso. La maestría de Yllana reside en escoger los populares temas operísticos e irlos hilvanando con naturalidad en base a las situaciones teatrales planteadas. 

Ya desde el pistoletazo inicial, entonando todos juntos el coro “Va pensiero” del Nabucco de Giuseppe Verdi se nos presenta la comicidad inherente a cada personaje: Tenor, Soprano, Mezzosoprano, Contratenor y Barítono. A continuación, como en un carrusel musical, los cinco brindan un pequeño fragmento de un aria destacada para su cuerda con la introducción orquestal de la primera escena de La traviata a modo de cortinilla, que nos pone ya sobre aviso de que el espectáculo adquirirá ribetes circenses y del universo clown. A partir de ahí, asistimos a diversas escenas vehiculadas por la mímica a través de una cuidadísima gestualidad y las amplias dotes humorísticas de los cinco cantantes-actores, apoyados además por un creativo y muy bien aprovechado espacio escénico de Tatiana de Sarabia y David Ottone, la perfecta iluminación de Pedro Pablo Melendo, un vestuario ingenioso y extremadamente psicodélico, y una coordinación rigurosa de las voces amplificadas con la música pregrabada por la Orquesta Sinfónica Verum a las órdenes de Marc Álvarez y Manuel Coves, cuyo sonido se sirve magníficamente. 

El espectáculo recurre a la interpelación e interacción con el público en la divertida y animada lección que el Barítono, cual maestro de canto, imparte a los espectadores, haciéndoles entonar melodías cada vez más enrevesadas, además de las inevitables “La donna è mobile” de Rigoletto, el brindis de La traviata o la napolitana Funiculì Funiculà de Luigi Denza. Antes realizará intentos infructuosos para que el Contratenor imposte la voz adecuadamente cantando de forma varonil en vez de en falsette el aria de Fígaro de Il barbiere di Siviglia de Gioacchino Rossini. La distorsión de la pieza es inevitable, porque el chispeante trabalenguas del “Ah, bravo Figaro, bravo bravissimo” se convierte por increíble afinidad melódica y rítmica en un tema pop ochentero, y es que canciones de los ochenta o noventa aparecen aquí y allá fusionadas con los acordes operísticos. 

The Opera Locos no se amilana en explotar masivamente un estereotipo que provoca la risa fácil, y es el de asociar a los contratenores con la homosexualidad, teniendo el poseedor de esta tesitura una acusada pluma que le hace seducir a su maestro de canto hasta que finalmente lo consigue, y será cuando ambos entonen la barcarola (“Belle nuit d’amour”) de Los cuentos de Hoffmann de Jacques Offenbach, que le ha frustrado al Barítono el esplendor del “Toreador” de Carmen. Por su parte, las armas de mujer de la Mezzosoprano, la atrapahombres del grupo, se ponen de manifiesto en dos arias francesas de dos femmes fatales: la habanera (“L’amour est un oiseaux rebelle”) de la mencionada ópera de Georges Bizet y el aria de Dalila (“Mon coeur s’ouvre à ta voix”) de Sansón y Dalila de Camille Saint-Saëns, dirigida en especial a un espectador masculino que se erige en víctima propiciatoria del furor amoroso de la cantante. Pero Dalila se metamorfosea y será Whitney Houston y su “I will always love you” la maniobra final de seducción femenina. También le sirve en otro momento el vals de Musetta (“Quando m’en vo”) de La bohème de Puccini, un momento recreado fielmente a nivel vocal respecto al original, pues las intervenciones de los demás personajes de lo que se convierte finalmente en un concertato en el acto segundo de esta ópera sirve para ilustrar la hilarante y disparatada situación que se está viendo en escena. 

Como es sabido, en la historia de la ópera la soprano y el tenor están condenados a entenderse y a amarse. Así, uno de los capítulos principales de The Opera Locos es la relación frustrada entre el viejo Tenor que anhela sus glorias del pasado y que es incapaz de bajar de tono en la repetida segunda frase del “Nessun dorma”, y la joven Soprano que, tímida y reservada, no se atreve a declararse a él, y piensa que puede conseguir sus fines por medio de sus encantos físicos. La peripecia, de corte chaplinesco, se va contando por capítulos entre unas escenas y otras asociadas a los demás cantantes. Habrá intentos de suicidio del Tenor, uno de ellos encarnando a Canio en el “Recitar… Vesti la giubba” de I pagliacci de Ruggero Leoncavallo, pero cuyo punto álgido será “My way” de Frank Sinatra. También amenazas de la Soprano en el aria de la Reina de la Noche (“Der Hölle Rache”) de La flauta mágica mozartiana. Pero finalmente el amor triunfará entre ambos con un resplandeciente y bien entonado “Nessun dorma” que lleva a la apoteosis final del espectáculo. Cada oveja con su conquistada pareja (Soprano-Tenor, Barítono-Contratenor, Mezzosoprano-espectador) y como fondo sonando a pleno rendimiento la versión pop del Fígaro rossiniano y las notas del popular aria tenoril de Turandot. Muy interesante nos resultó además el arreglo del intermezzo de Cavalleria rusticana de Mascagni como ambientación musical de algunas escenas. 

Para conseguir el preciso retrato estereotipado de toda esta fauna lírica resulta esencial la estupenda interpretación tanto actoral como vocal de cada uno de los cantantes, revestidos de formidables dotes para la comedia teatral y una increíble versatilidad capaz de adaptarse a la variedad del repertorio. El tenor Toni Comas es un grandísimo artista al que hemos visto en recreaciones admirables como las de Amadeu y El pimiento Verdi, espectáculos musicales firmados por Albert Boadella para estos mismos Teatros del Canal, además de estar comprometido firmemente con la ópera de nueva creación de autores como Albert García Demestres, Miquel Ortega o José Colomer. Comas regala una maleable voz de no demasiada extensión pero perfectamente afinada que se mueve como pez en el agua tanto en los números de ópera como en el más puro estilo crooner

La soprano María Rey Joly, gran defensora de la zarzuela, es otra de esas cantantes-actrices que todo lo que tocan lo convierten en oro, y su elección para este espectáculo era más que obligada, por su gracia inherente y rigor vocal, pues derrocha su acostumbrado encanto en escena y exhibe una voz de gran volumen y generosos agudos, regalando un “O mio babbino caro” del Gianni Schicchi de Puccini preñado de delicadas medias voces. Solvente asimismo la aportación de Mayca Teba como la Mezzo, cuyo poderío y carisma escénico encandilan desde el primer momento. El barítono Enrique Sánchez Ramos es otro de esos valores seguros cuyo desenvolvimiento en escena le avala, además de contar con una voz que defiende con muchísimo gusto la canción Granada de Agustín Lara. Por último destacamos la frescura del contratenor Jesús García Gallera, que se marca en la ducha el único fragmento de ópera barroca de todo el espectáculo, el “Vivi Tiranno!” de la Rodelinda de George Frideric Handel. Todos ellos demuestran asimismo unas facultades sensacionales para adentrarse en los códigos del musical en sí mismo, pues en ese género cabría encuadrar a este espectáculo. Quien escribe estas líneas desconocía que la seriedad de la ópera pudiera servir tan de lleno para el humor y el regocijo. The Opera Locos es la mejor muestra de ello que ha visto en mucho tiempo. 

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