Suiza

Con plenos poderes

Alfredo López-Vivié Palencia

lunes, 2 de septiembre de 2019
Lucerna, miércoles, 28 de agosto de 2019. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Marlis Petersen, soprano; Elisabeth Kulman, contralto; Benjamin Bruns, tenor; Kwangchul Youn, bajo. Rundfunkchor Berlin (Gijs Leenaars, director). Berliner Philharmoniker. Kirill Petrenko, director. Alban Berg: Fragmentos sinfónicos de la ópera Lulu; Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 9 en Re menor op. 125. Ocupación: 100%

¡Por fin! El pasado 23 de agosto Kirill Petrenko tomó posesión del puesto de Chefdirigent de la Filarmónica de Berlín, tras un largo período de interinidad desde que Simon Rattle anunció su marcha. Tal vez por ese motivo, en comparación con el verano pasado, esta noche le vi mucho más desenvuelto, comunicándose con su orquesta con un mayor grado de complicidad, y sobre todo disfrutando a mares de lo que estaba haciendo. Su cara y su gesto no engañan, y eso se nota en el resultado sonoro. 

Petrenko no podía haber escogido un programa emocionalmente más contrastado. Las dos óperas de Alban Berg son un compendio de las mayores truculencias de las que el ser humano puede llegar a ser protagonista, aunque Lulu tiene el ingrediente erótico más acentuado. Por más que la música de sus Fragmentos sinfónicos (escritos en 1934) suena bastante más angustiosa que sensual. Petrenko es hombre de teatro -él ha hecho carrera a la antigua y defiende que un buen Kapellmeister ha de aprender el oficio en la ópera- y sabe darle a esta música todo el desgarro del drama. 

Tanto la introducción como el Adagio final sonaron con una tristeza infinita, dulcificada sólo con el sutil empleo de los efectos tímbricos que la partitura prescribe. La orquesta dio su enésima prueba de por qué siempre será una de las grandes en el movimiento sinuoso del segundo fragmento -qué cuerpo y qué empaste de la cuerda-, y en las variaciones, donde Petrenko hizo gala de un gran dominio de su instrumento porque todo sonó con gran intensidad y con claridad. La soprano Marlis Petersen dio la “Canción de Lulu” con la amargura y con la dignidad que destila el texto (también estaba previsto que se cantasen las últimas palabras de la condesa Geschwitz, pero por alguna razón no se escucharon). Siempre me ha resultado esquiva la música de Berg, pero esta vez logró invadirme -es decir, me dejó con mal cuerpo-, y aplaudí con ganas una interpretación que el público sólo recibió con palmas de cortesía.  

Petrenko sabe bien que para demostrar los plenos poderes en la Filarmónica de Berlín hay que tocar la Novena Sinfonía de Beethoven; y escoger esta obra para estrenarse en el cargo dice mucho de su audacia. Audaz fue su interpretación, completamente distinta a cuantas he escuchado: nada de romanticismos exacerbados por una parte, y por otra nada tampoco de reducciones historicistas (siete contrabajos en la orquesta, que para algo son lo mejor de los Berliner). Entonces, ¿a medio camino entre una y otra? Pues tampoco: el adjetivo que me rondó la cabeza todo el rato -confirmado tras el Adagio- fue “schubertiana”. 

Schubertiana por los tiempos ligeros escogidos (una hora justa le duró la cosa), y por aferrarse a ellos con muy pocas excepciones para terminar alguna frase; y sin embargo, en ningún momento sonó repetitivo, sino con gran impulso. Yo prefiero tratar el movimiento inicial como el primer poema sinfónico de la historia, pero me rindo ante la sobriedad emocional del concepto de Petrenko; y también prefiero un Scherzo algo menos apresurado, pero me quedo pasmado ante el virtuosismo de la orquesta y ante la dirección electrizante de Petrenko, quien a pesar de tan endiablada velocidad hizo que se escuchasen muchos detalles que a menudo pasan inadvertidos. Schubertiana por un Adagio de “longitudes celestiales”, más por lo celestial que por la longitud, sin atisbo de drama sino de un lirismo concentrado irresistible (qué alarde del primer y del tercer trompa). 

Y schubertiana porque el célebre tema del final se dijo con la sencillez de un Lied; porque el coro sonó contenido (menos de setenta cantantes) pero expresivo (aunque su calidad tampoco es como para tirar cohetes, por su sonido más bien tirando a áspero; inciso: ¿por qué hay cada vez más orquestas buenas y menos coros buenos?); por unos solistas que se atuvieron al carácter liederístico impuesto por la batuta (lo cual permite que, por una vez, se pueda escuchar a la contralto; y qué gusto oir de nuevo al veteranísimo coreano Kwangchul Youn); porque los instrumentos turcos sonaron retraídos tras el solo del tenor (aunque en la conclusión se desataron); y porque la cosa acabó con la alegría de una sonrisa más que de un himno, lo cual que provocó que el público se levantase de un respingo y todos a la vez para aplaudir. Yo me llevé a casa esa sonrisa schubertiana.    

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