Suiza

Más brillante que el charol

Alfredo López-Vivié Palencia

martes, 3 de septiembre de 2019
Lucerna, jueves, 29 de agosto de 2019. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Patricia Kopatchinskaja, violín. Berliner Philharmoniker. Kirill Petrenko, director. Arnold Schoenberg: Concierto para violín op. 36; Piotr Illich Chaicovsqui: Sinfonía nº 5 en Mi menor op. 64. Ocupación: 100%

Para ser alguien a quien no le gusta la parte dodecafónica de Arnold Schoenberg, resulta que este curso 2018-2019 lo empecé escuchando en Coruña su Concierto para violín con la moldava Patricia Kopatchinskaja, y lo termino en Lucerna con la misma obra y la misma solista. No ha sido voluntario sino mera casualidad, pero me alegro infinitamente: a estas alturas de mi vida esta música sigue sin gustarme, pero a las mismas alturas sé reconocer una interpretación brillante cuando me la dan. Y la de esta noche lo fue, y mucho. 

Kopatchinskaja es una violinista con una técnica fuera de serie, con buen gusto para tocar lo que sea desde el barroco a lo que se escribió anteayer, y sobre todo con una personalidad que ejerce un magnetismo irresistible para quien la escucha. Dejando aparte el lenguaje, la pieza es dificilísima técnicamente (“necesitará usted un violinista con seis dedos” le dijo Jascha Heifetz a Schoenberg para esquivar la invitación a estrenarlo), y a la vez delicadísima en su interactuar con la orquesta. Tal vez esto sea lo que más me atrae: el compositor consiguió aquí un equilibrio perfecto entre ambas partes. 

Por eso la interpretación de esta noche me sedujo. Kopatchinskaja sortea todos los entresijos de la obra con una lectura concentrada que no le impide una variada expresividad en su rostro -y en el sonido de su instrumento- que transmite una inequívoca y contagiosa impresión de estar disfrutando con lo que hace, y todo sin dejar de estar en tensión (que sea su costumbre tocar descalza no es ninguna extravagancia, teniendo en cuenta que en esto de la música lo de las vibraciones juega un papel importante): las cadencias de la obra -que no constituye la parte más espectacular, sino la más introspectiva- lograron un efecto hipnótico. Pero es que además Kirill Petrenko -con los ojos clavados en la partitura- hizo que sus filarmónicos estuvieran a la altura: sin ir más lejos, qué gran intervención del conjunto de violonchelos al final del primer movimiento, y qué exhibición conjunta de transparencia y de agilidad en esa especie de Scherzo que Schoenberg introduce a mitad del Andante. 

De manera que ahí me vi, aplaudiendo con ganas. Si en Coruña Kopatchinskaja quiso corresponder los aplausos dando uno de los Dúos de Bartók con el concertino de la Sinfónica de Galicia, esta noche agarró de la mano al clarinetista Andreas Ottensamer para tocar una divertidísima versión de Jeu, de Darius Milhaud. Y los aplausos se convirtieron en delirio. 

Igualmente brillante fue la versión de la Quinta Sinfonía de Chaicovsqui que dieron Petrenko y los Berliner. De nuevo hay que recordar la formación teatral del maestro siberiano para comprender que su presentación de la introducción de la obra -serena, concentrada, casi susurrada- sonó como un preludio (por algún motivo me vino a la cabeza el de La Traviata). Sin embargo, el Allegro que sigue para nada fue un “drama del destino”: de hecho, ese carácter no estuvo presente en ningún momento de la obra. 

Al contrario, Petrenko se dedicó a disfrutar de lo que estaba dirigiendo (con una partitura de bolsillo en su atril), a que sus músicos también lo hicieran, y a que el público se lo pasase cañón. Sus tiempos no fueron ni apresurados ni premiosos, sino que todo se movía con naturalidad y con una expresividad desbordante. Petrenko no escatimó un ápice de la ostentación de que son capaces los Berliner, en solistas y en conjunto: cuerpo, empaste, volumen y seguridad a partes iguales. Como también le puso inteligencia a la cosa como para que el falso final no sonase a invitación para aplaudir; e intención para proclamar que el final verdadero es un himno al optimismo. 

Me detengo como muestra de todo ello en el maravilloso Andante. Stefan Dohr dio su solo de trompa como una inmensa caricia: qué técnica, qué fuelle y qué aplomo hay que tener para tocar eso con tanta calidez y con tan pocos decibelios (a nadie le puede extrañar que al finalizar la obra, cuando Petrenko le hizo levantar para saludar, el público lo recibiera con el griterío que se suele dispensar a una súper-estrella del pop). La construcción del clímax central del movimiento salió apabullante de progresión y de expansión. Y tras la eterna pausa después de alcanzarlo… aquí cedo la palabra a Simon Rattle: “estos tíos siguen siendo incapaces de dar un puñetero pizzicato juntos”. Dicho fuera de contexto suena fatal; dentro de contexto quiere decir que la Filarmónica de Berlín sigue honrando la memoria de Herbert von Karajan treinta años después de haber pasado a (todavía) mejor vida.

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