Suiza

Arrugas emocionales

Alfredo López-Vivié Palencia

miércoles, 4 de septiembre de 2019
Lucerna, viernes, 30 de agosto de 2019. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Behzod Abduraimov, piano. Orquesta del Teatro Mariinski. Valery Gergiev, director. Rodion Shchedrin: Concierto para orquesta nº 1 op. 26, “Descaros orquestales”; Serguei Rachmaninov: Concierto para piano nº 2 en Do menor, op. 18; Piotr Illich Chaicovsqui: Sinfonía nº 6 en Si menor op. 74, “Patética”. Ocupación: 100%
Gergiev en Lucerna © Manuela Jans/Lucernefestival, 2019

Sé que el Teatro Mariinski es una organización enorme. Sé que el emporio cultural da como para presentar dos o tres funciones a la misma hora en su sede múltiple de San Petersburgo, mientras otra parte de su personal está de gira en cualquier lugar del mundo. Sé que todos sus miembros -los músicos y los que no tocan, cantan ni bailan- son artistas estupendos y a la vez trabajadores leales y abnegados. Y sé que Valeri Gergiev está al férreo mando de ese ministerio paralelo desde hace décadas, y que sus compromisos artísticos y administrativos le obligan a dormir poco.  

También sé que, cuando se contratan sus servicios fuera de Rusia, al Mariinski se le pide que interprete repertorio ruso; y que si ese repertorio es de los que llena las salas, mejor todavía. Lo mismo que sé que no se cansarán nunca de tocarlo, porque si algo caracteriza a las orquestas rusas -y lo vengo comprobando en persona desde hace más de cuarenta años, de modo que los vaivenes políticos no han influído en eso- es las ganas de agradar y la entrega absoluta a su trabajo. Pero el tiempo nos pasa factura a todos, y me pregunto -tras lo visto y escuchado esta noche- si no nos estaremos cansando: y digo “nos” porque incluyo en el barrunto a todos los que estábamos a uno y otro lado del escenario. 

Vamos por partes. El subtítulo del Concierto para Orquesta nº 1 de Rodion Shchedrin deja claro de qué va la cosa, inspirada en la “Chastushka”, un género folclórico de duración breve y de tono irreverente, utilizado para mofarse principalmente del poder y de quienes lo ejercen. Cuando Shchedrin escribió esto -1963- Stalin ya no estaba entre los vivos, pero por si acaso la obra se estrenó en Varsovia. El caso es que se trata de una obrita deliciosamente sincopada a ritmo de dixieland (pecado mortal en la Unión Soviética, y si no que se lo pregunten a Shostacovich), y maravillosamente orquestada (como es habitual en Shchedrin -si no han escuchado su ballet sobre la Carmen de Bizet, corran a por él-). Pero en la interpretación de Gergiev un servidor echó de menos la sal y la pimienta que sin duda le habría añadido Gennadi Rozhdestvenski, encargado de su estreno y dedicatario de la pieza. 

“Rachmaninov nunca falla” se dice a sí mismo Tom Ewell cuando pretende crear el ambiente propicio para seducir a Marilyn Monroe en La tentación vive arriba. Se refiere al Segundo Concierto y efectivamente nunca falla. El joven uzbeco Behzod Abduraimov (Tashkent, 1990) tampoco falló y las dio todas en esta obra agotadora: tocó con seguridad y con buen gusto (incluso en el segundo movimiento, en el que se pasa casi todo el rato dando arpegios… pero qué preciosos arpegios son ésos cuando sirven para sostener -en el clarinete o en los violines- una de las más hermosas melodías jamás escritas), aunque algo escaso de fuerza (el tutti central del primer movimiento, la enorme conclusión). La falta de potencia no me importó tanto como la falta de arrebato. Como también le faltó arrebato al acompañamiento de Gergiev (en cuyo favor hay que decir que tuvo el detalle de quedarse en el escenario a escuchar la delicada propina que dio Abduraimov… que no supe identificar). 

Uno de los innegables méritos de Gergiev ha sido el trabajo del sonido orquestal. Desde luego que los músicos del Mariinski mantienen una personalidad propia, pero, por ejemplo, la madera ya no es hiriente, el metal ha ganado en redondez, los contrabajos suenan (en los viejos tiempos sólo vibraban), y la cuerda en Sol de los violines ya no rasca. El empaste es impecable en todas las secciones, y Gergiev se cuida muy mucho de evitar borrones sonoros, mientras sus músicos han aprendido a seguir milimétricamente un gesto que para mí sigue siendo indescifrable.  

Todo esto quedó en bendita evidencia durante la interpretación de la Sexta Sinfonía de Chaicovsqui. A la que, de nuevo, le faltó ese plus en el ingrediente dramático: para mí el truculento episodio a mitad del primer movimiento tiene que ser tan desgarrador como violento, y no sólo impresionante como lo hizo Gergiev; en los dos tiempos interiores Gergiev dirigió en piloto automático (de modo que evitó aplausos fuera de lugar tras la marcha, entre otras cosas porque no concedió ni un respiro a sus músicos y dio los cuatro movimientos sin pausa); y el Finale también sonó serio, pero con la seriedad de un funeral de Estado. 

El público recibió la obra de Shchedrin sólo de manera cortés; Abduraimov tan sólo cosechó un poco más de aplausos; y al final hubo algún grito de “bravo!” pero no un tumulto del respetable (quien sí respetó el silencio de un minuto de reloj que Gergiev impuso al acabar la “Patética”). A lo que iba: ¿se han cansado estos músicos de tocar siempre lo mismo?; ¿se ha cansado el público de escuchar lo mismo a los mismos?; ¿no será que nos hacemos viejos y a todos se nos empieza a agrietar la hipodermis? 

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