Rumanía

Desde Rusia a todo trapo

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 6 de septiembre de 2019
Bucarest, lunes, 2 de septiembre de 2019. Sala Palatului. Denis Matsuev, piano. London Symphony Orchestra. Gianandrea Noseda, director. Nicolai Rimski-Korsakov: Suite sinfónica de la Leyenda de la Ciudad Invisible de Kitezh; Sergei Prokofiev: Concierto para piano nº 2 en Sol menor, op. 16; Dmitri Shostakovich: Sinfonía nº 6 en Si menor, op. 54. Ocupación: 100%. Festival Enescu 2019

A la Sinfónica de Londres tengo el placer de conocerla y tratarla desde hace décadas. Es de esas orquestas que nunca fallan, las dirija quien las dirija: sus miembros llevan toda la vida trabajando a destajo y han sabido transmitir a las nuevas generaciones una determinada manera de tocar que siempre suena pulida, bien empastada y mejor equilibrada en sus diferentes secciones, sin que una destaque sobre otra. Es una alegría comprobarlo una vez más. A quien no conocía en vivo es a su principal director invitado, el italiano Gianandrea Noseda (Milán, 1964), ni al pianista siberiano Denis Matsuev (Irkutsk, 1975). E igualmente ha sido un placer conocerles. 

A La Leyenda de la Ciudad Invisible de Kitezh le suelen apodar el “Parsifal ruso”, lo cual es sólo una verdad a medias: ciertamente es una ópera larguísima (la vi una vez en el Bolshoi cuando aquello era todavía la Unión Soviética, y una acomodadora con muchos galones y pocos miramientos me devolvió a mi butaca ante la pretensión de irme antes de hora); pero, al contrario que Parsifal, ésta sí me parece aburrida. La Suite sinfónica también me lo parece, aunque afortunadamente sólo dura veinte minutos. A Noseda -por alguna razón- le gusta y la dirigió con un convencimiento que sin embargo no le llegó a un público, pues se recibió con muy tímidos aplausos. 

Probablemente el Segundo concierto para piano de Prokofiev sea el más complicado de la colección, en lo técnico y en lo conceptual. Matsuev y Noseda se echaron las complicaciones al hombro y regalaron una versión memorable: el primero porque dio la impresión de que se lo sabe del revés, con un poderío sonoro increíble, con ningún miedo a la oscuridad -esta pieza es muy negra-, y con esa técnica que le hizo ganador del Concurso Chaicovsqui en 1998; el segundo porque supo seguir al solista en su carrera hacia el abismo, también con una excelente técnica gestual y al mando de una orquesta que estuvo al quite. Ahí está la prueba de la calidad de la LSO: desde la batuta es físicamente imposible dar todas las entradas que la partitura requiere -si el último movimiento está indicado “Allegro tempestoso” no es por capricho-, y sin embargo todo estuvo en su sitio; un sitio que no se puede encontrar sólo contando compases, sino dominando el álgebra sinfónica. 

Ahora sí el público aplaudió a rabiar. Y Matsuev no se hizo de rogar: se sentó al piano, dio un acorde fortissimo, y tocó un arreglo -probablemente de su propio puño y letra, y subrayo lo de puño- de “La Sala del Rey de la Montaña” del Peer Gynt de Edvard Grieg. Lo de “arreglo” va más bien para quien se cuide de mantener el instrumento en condiciones, porque lo que vi y escuché fue como para que el piano acabase hecho astillas: ¡qué bestia! (dicho sea en la más laudatoria de sus acepciones, y con palangana anexa para recoger las babas). 

Lo mejor de la noche aún estaba por llegar. Para mí fue una sorpresa de las buenas descubrir en Noseda a un magnífico intérprete de Shostakovich. Muy pocos maestros saben dar ese enorme primer movimiento de la Sexta Sinfonía con la sabiduría bastante como para transmitir tensión nada más comenzar, y provocando escalofríos con la explosión que llega casi enseguida; y aún menos maestros hay que sepan transitar por los extensos desiertos orquestales que siguen -enhorabuena a las flautas londinenses- sin perder la orientación. Lástima que en los otros dos movimientos -sobre todo el último- Noseda no llegase a alcanzar el grado de sarcasmo que la partitura encierra -esas trompas de la conclusión tenían que sonar con el descaro de Till Eulenspiegel-. Pecado venial: aplaudí mucho con el resto del respetable, y Noseda correspondió con la “Marcha” de El Amor de las Tres Naranjas de Prokofiev. 

Estupenda función, pues, sólo marrada por la desgraciada acústica de esta sala, concebida para muy diferentes fines. Es una pena que un evento tan de altos vuelos como el Festival Enescu tenga aquí su sede principal. Y es más lamentable aún temer que el problema no tenga solución a la vista: leo en el medio digital rumano Mediafax.ro que el Ministro de Cultura Valer-Daniel Breaz, tras su discurso de inauguración el pasado sábado, declaró a la prensa que “es casi imposible construir una nueva sala de conciertos en el centro de Bucarest, porque no existe una sola parcela de cuarenta mil metros cuadrados sobre la que no pendan docenas de pleitos testamentarios acerca de su propiedad.”

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