España - Madrid

Estampas patrióticas

Germán García Tomás

viernes, 20 de septiembre de 2019
Madrid, martes, 17 de septiembre de 2019. Auditorio Nacional de Música (Sala Sinfónica). Concierto de inauguración de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Programa: Dolora Sinfónica (Gregorio Baudot), Torrijos (Enrique Granados), Cádiz, episodio nacional cómico lírico dramático en dos actos y nueve cuadros; música de Federico Chueca y Joaquín Valverde y libreto de Javier de Burgos. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Director: Víctor Pablo Pérez. Reparto: Ana Ibarra e Isabel Egea (mezzosopranos), Alejandro del Cerro y Felipe García-Vao (tenores), Alfonso Baruque, David Rubiera y Fernando Rubio (bajos), Victoria Marchante (soprano), Simón Andueza (barítono). Félix Redondo (director del coro). Ocupación: 90%.
Retrato de Torrijos por Ángel Saavedra © Dominio público. Museo del Prado

Hay conciertos como el que nos ocupa en los que el carácter temático de sus programas posee una carga visual tan acusada que remite a obras pictóricas. Escuchando el regocijo y la algarabía revestida de garbo y chulería andaluza frente al invasor ejército francés y el exultante patriotismo que destilan los vigorosos coros de la zarzuela grande Cádiz de Federico Chueca y Joaquín Valverde, resulta imposible no evocar el majestuoso cuadro La promulgación de la Constitución de Cádiz de 1812, obra de Salvador Viniegra que se halla en el Museo de las Cortes de la capital gaditana.

Asimismo, el dramático instante cuasi fotográfico que contemplamos en el imponente lienzo El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Cádiz de Antonio Gisbert, obra que se admira en el madrileño Museo del Prado, no puede ser mejor ilustración pictórica al drama del general José María de Torrijos y Uriarte, primera obra orquestal del músico hispano-cubano Enrique Granados, una pieza circunstancial que no pretende ir más allá de su vocación incidental, en la que vierte una muestra más de su genuina inspiración en la cual el espíritu castrense y patriótico se hermana hábilmente con los cantos corales folclorísticos. Y es que hasta el fusilamiento sin juicio de Torrijos en 1831 por mandato del monarca absoluto y otrora deseado Fernando VII se traza un arco temporal en la historia del atribulado siglo XIX español donde las frustradas ilusiones liberales habían comenzado precisamente en 1812, en pleno asedio francés, con la proclamación de “la Pepa” en las cortes gaditanas.

Es ahí donde se sitúa la alborozada acción del “Episodio nacional cómico lírico dramático en dos actos y nueve cuadros” de Chueca y Valverde, con libro del autor de sainetes Javier de Burgos, que vio la luz en el Teatro Apolo de Madrid el 20 de noviembre de 1886 y que pese a la denominación galdosiana nada tiene que ver argumentalmente con las peripecias de Gabriel Araceli en la novelada crónica decimonónica del escritor canario, más allá de la propia localización de la trama durante el asedio a Cádiz de las tropas napoleónicas, y como ha indicado Carlos Serrano*, por la presencia de oficiales británicos (cuyo único guiño musical es la chistosa polca de los ingleses y damiselas del segundo acto), la exaltación patriótica que rodea a la Constitución proclamada, así como un costumbrismo andalucista que se refleja en los tipos de baja condición social.

No podían la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid bajo la dirección de su titular, Víctor Pablo Pérez, haber hilado más fino para la apertura de su temporada por medio de este muy bien definido y elaborado programa conformado por tres obras patrias que tocaban por primera vez. Un concierto que daba inicio con un ejemplo del arte orquestal de Gregorio Baudot (1884-1938), su Dolora Sinfónica (1915),  formó parte del repertorio de Arbós y Pérez Casas con las orquestas Sinfónica y Filarmónica de Madrid.

Compositor injustamente condenado al ostracismo por el implacable dictamen del canon musical español, Baudot nació en Colmenar Viejo (Madrid), desarrolló gran parte de su carrera en Ferrol escribiendo mucha música para banda así como varias zarzuelas, siendo su obra más recordada este formidable poema sinfónico -edición de Margarita Viso- que tiene una indisimulada influencia de Muerte y transfiguración o Una vida de héroe de Richard Strauss*, y cuyo lenguaje orquestal nos atrevemos a decir además que se encuentra, más que en una continuación del idiomatismo wagneriano, en el universo germánico estilizado y refinado a la manera de los galos César Franck y Vincent d’Indy, una corriente estilística de la que, por aquellos años, no se sustraen en sus obras sinfónicas otros dos grandes orquestadores, donostiarras ambos y también autores de teatro lírico, Jesús Guridi y José María Usandizaga.

Víctor Pablo Pérez, con su costumbre de prescindir del apoyo de la batuta, desentrañó con claridad expositiva el curso libre de esta composición brindando una lectura atenta a las coloraciones tímbricas, que vio su reflejo en el estupendo rendimiento conseguido por todos los atriles de la orquesta madrileña. Una obra que el burgalés ya ha interpretado en varias ocasiones y que hizo transitar por todos sus estados climáticos, contraponiendo los apacibles y contemplativos frente a los agitados y tumultuosos tutti, subrayando la densidad cromática de algunos pasajes y el luminoso lirismo de otros, en donde despuntó la tersura de la cuerda o la calidez del corno inglés.

Al igual que Dolora Sinfónica, Torrijos -la primera obra orquestal de Granados- venía ser un auténtico descubrimiento para el público madrileño (el catalán ya lo había saboreado hace unos años con la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Kazushi Ono). Fue en 1894 cuando Granados puso música al drama homónimo en cuatro cuadros de Fernando Periquet -quien le escribió el libreto de Goyescas- y Laureà Fontanal, y cuyo manuscrito, gracias a la localización de Douglas Riva, conserva hoy la Biblioteca de la SGAE*.

Un motivo de cuatro notas, que el compositor varía y modifica, es el principal eje de esta composición en cinco partes, con material musical un tanto reiterativo que no llega a desarrollarse en demasía. La dirección de Víctor Pablo plasmó el carácter de cada número, entre rasgos militares de recias trompetas y aires nostálgicos, con una Marcha fúnebre central de exquisita factura. La escasa participación del coro con sus frases de carácter popular mostró el magnífico empaste, fraseo y dicción de la agrupación coral madrileña, un trámite ciertamente leve antes de la explosión canora de la zarzuela Cádiz.

Porque Víctor Pablo y sus huestes consiguieron desplegar el ambiente propio de una de las zarzuelas de más abierta expresión popular surgidas de los pentagramas de Federico Chueca y Joaquín Valverde, la única junto a La alegría de la huerta no ambientada en el terreno natural del primero, la Villa y Corte. Y es que en Cádiz, el coro como reflejo del alma colectiva es el protagonista absoluto de la acción y de la gran mayoría de los números musicales. Sería imposible destacar uno solo por encima de los demás, pues la comunión entre los conjuntos orquestales y corales, que resultó un derroche de suprema musicalidad, gracia y donosura, se reveló sin ambages ya desde la Introducción y diana inicial, pasando por el Pasacalle marca de la casa de Chueca, “El barrio de la Viña”, la delicada Barcarola o la esplendorosa y exaltada marcha a ritmo de Pasodoble que cierra el acto primero y que ha dado tanta celebridad a la obra hasta convertirse en una especie de oficioso himno nacional.

No en vano el propio maestro burgalés, junto a este Coro de la Comunidad de Madrid y a la Orquesta Sinfónica de Galicia (con la que ha grabado varias zarzuelas) fueron los artífices de la grabación discográfica de este título para el sello Deutsche Grammophon dentro de la colección Los Siglos de Oro de la extinta Fundación Caja Madrid.

No desmerecieron las aportaciones de los solistas vocales, unas más lucidas que otras, gran parte de ellos interpretados por miembros del coro, como Alfonso Baruque, Felipe García-Vao, Victoria Marchante, Isabel Egea o el bajo David Rubiera, este último interpretando unas coplas del ciego con nuevas letras en sus dos estrofas, que venían a dotar de actualidad al número respecto a los versos originales de Javier de Burgos, lo cual nos chocó un tanto, pues las primigenias letrillas tienen no poca chispa. Pareció faltar el aire en la polca de los ingleses por la presteza con que fue llevado el número por el director titular de la ORCAM, aunque salieron del paso todos los implicados en esta especie de trabalenguas a seis voces.

Los dos cantantes principales fueron la mezzosoprano Ana Ibarra (igualmente participante en la grabación aludida) y el tenor Alejandro del Cerro como Curra y El Rubio, personajes secundarios en la trama pero que poseen jugosos cantables. Ambos se unieron a la empresa colectiva de dotar de empuje a una obra en la que nunca decae el ritmo, algo de lo que ya se encargaba con creces desde el podio Víctor Pablo, un completo experto en estas lides. Frente a la óptima proyección pero irregular dicción de Ibarra, Del Cerro exhibió su grato color lírico y la amplitud de sus agudos, con el añadido de hechuras andaluzas, descollando a solo en la Jota final “Ya habrán visto los franceses” con la que se coronó una noche de mucha exaltación patriótica, que buena falta le hace al español. Al menos respecto a la reivindicación de lo suyo.

Notas

Carlos Serrano, "El nacimiento de Carmen. Símbolos, mitos y nación", Madrid: Taurus (Pensamiento), 1999 pp. 144-145.

Xoán M. Carreira y Margarita Soto Viso, 'Vida y obra del compositor Gregorio Baudot Puente. (Colmenar Viejo, 1884 - El Ferrol, 1938)', en "Revista de Musicología" 5, 1 (1982), pp 51-81. Xoán M. Carreira, 'El nacionalismo operístico en Galicia', en "Revista de Musicología" 10, 2 (1987), pp 667-683

La única grabación de "Torrijos" disponible en el mercado es la que Pablo González, actual director titular de la Orquesta de RTVE, registró para el sello NAXOS junto a la mencionada OBC y el Cor Madrigal.

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