Reino Unido

Werther: de Kraus a Flórez

Agustín Blanco Bazán

lunes, 7 de octubre de 2019
Londres, martes, 24 de septiembre de 2019. Royal Opera House en el Covent Garden. Werther, drama lírico en cuatro actos con libreto de Éduard Blau y Paul Milliet, y música de Jules Massenet. Director de escena: Benôit Jacquot. Escenografía e iluminación: Charles Edwards. Vestuarios: Christian Gasc. Werther: Juan Diego Florez. Albert: Jacques Imbrailo. Charlotte: Isabel Leonard. Sophie: Heather Engebretson. Le Bailli: Alastair Miles. Schmidt: Vincent Ordonneau. Johann : Michael Mofidian. Kätchen : Stephanie Wake-Edwards. Brühlmann : ByeongMin Gil. Orquesta de la ROH bajo la dirección de Edward Gardner
Flórez como Werther © Catherine Ashmore, 2019

Un colega me comentó que Alfredo Kraus, un cantante para el cual la corrección política significaba poco o nada, decía que por lo menos en Werther tenía por cierto lo siguiente: si no se tiene un physique du rôle adecuado no se puede cantar el protagonista. Y él si que lo tenía. Todavía lo recuerdo con una elegancia algo alambicada, pero elegancia al fin, fraseando inolvidablemente el personaje con voz clara y articulación precisa, pero nunca exagerada, en el Covent Garden en 1979. Al año siguiente José Carreras se convirtió en el segundo gran Werther español en las mismas tablas. Carreras tenía una línea de canto menos elegante, pero era más sanguíneo y directo como lo fueron Francisco Araiza y Jaume Aragall, que en Londres se dejaba llamar “Giacomo.” Otros Werther londinenses, todos más en la línea de Carreras, fueron Domingo Villazón, Marcelo Álvarez y el desbordado Vittorio Grigolo. 

Juan Diego Flórez se ubica en la línea de Kraus, solo que en un momento en que parece estar cambiando de tesitura dramáticamente su voz no tiene aún la decantación del tenor canario. El francés de Florez es claro y bien articulado, y en los pianos y mezzo pianos su expresividad es cautivante, pero la impostación y el pasaje son algo débiles y su timbre es demasiado nasal. Kraus también era nasal pero en Werther apoyaba suave pero seguro en la garganta. Con los otros tenores todo salía del tórax. Una vez llegado al agudo Flórez tensa y emite con gloriosa proyección. 

Isabel Leonard está en la línea de las Charlotte para mezzo y en Londres debe competir con el recuerdo de Tatiana Troyanos y Frederica von Stade. Leonard sale al paso con una voz de bellísimo timbre pero excesiva frondosidad y cantando un poco “para adentro”, lo cual dificulta la comprensión de lo que está diciendo. En francés a las vocales hay que saber abrirlas y un poco “dejarlas caer” y es en este sentido que estoy convencido que el rol sienta mejor con las sopranos dramáticas. A riesgo de parecer pedante, me permito enrostrar a las nuevas generaciones el recuerdo de Regine Crespin. Y por favor escuchen a Ninon Vallin para ver lo que podía hacer una soprano lírica con este rol. No necesito contárselo yo. Experiméntenlo ustedes mismos en YouTube. 

Como Sophie, el Covent Garden volvió a presentar esa joya de voz ágil y brillante llamada Heather Engebretson. Habría que acorralar a los directores artísticos de las casas de ópera más importantes para exigirles que la contraten más, pero mientras estos se obsesionan con Netrebko o Harteros  atrevo a sugerir a los que siguen a los cantantes como si fueran jugadores de fútbol que viajen a Berlin para ver a Engebretson como Gilda y en los Cuentos de Hoffman en la Deutsche Oper. Parece que en esta última canta las cuatro heroínas como si nada. También se va a encargar de Donna Anna en Frankfurt.

Excelente, pero sin borrar el recuerdo de Ludovic Tézier, el Albert de Jacques Imbrailo. 

Y pasemos a los directores de orquesta. Al frente del descollante conjunto instrumental de la casa brillaron en las últimas décadas Michel Plasson, Colin Davis y Antonio Pappano. Pero aquí sí que el presente hace palidecer el pasado porque ninguno de ellos alcanzó las alturas de Edward Gardner, que empezó por reubicar la orquesta acercando a los contrabajos al podio y enviando metales y maderas a los bordes. Es así que aparte de un excelente balance logró descubrir un mundo sonoro inédito en su combinación de lirismo y profundidad. Lo hizo sin extroversiones, y con espontánea proyección a los clímax dramáticos. 

Finalmente: a pesar de los atractivos decorados de Charles Edwards, la règie de Benôit Jacquot sigue sin mejorar, lo cual quiere decir que va para peor. Werther continúa abriendo los dos brazos al mismo tiempo y mirando al público, y cuando sufre sique pasándose el reverso de la mano sobre una cabecilla inclinada mientras estira un pie. Y Sophie sigue saltando todo el tiempo como una nena estúpida que no se entera de nada. Insoportables los niños que juegan con su osito de peluche mientras ellos también, saltan cantando “Noel, Noel.” También a ellos habría que hacerlos actuar, mostrando alguno más taciturno, y diferentes niveles de excitación. Pero cantaron magníficamente bien. 

¿Vi alguna vez una buena producción de Werther? ¡Si, una sola! ¡La de Keith Warner para la English National Opera hace más de treinta años! La acción tenía lugar dentro de la mente de Werther y por ello la escena era totalmente negra con ocasionales aperturas para mostrar la acción como pantallazos y recuerdos de pasado. Al comienzo el negro se descorría para mostrarnos a la Charlotte de Jane Eaglen depositando calas blancas ante la tumba de Werther. Y así terminaba, luego de mostrar entre medio las estampas de un drama que merece más seso y capacidad de contraste que el que le dan normalmente los directores de escena.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.