Reino Unido

Hombres al borde de un ataque de nervios

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 9 de octubre de 2019
Londres, lunes, 23 de septiembre de 2019. Royal Opera House Covent Garden. Agrippina, ópera seria en tres actos con libreto de Vincenzo Grimani y música de Georg Friderich Haendel. Director de escena: Barrie Kosky. Escenografía: Rebecca Ringst. Vestuario: Klaus Bruns. Iluminación: Joachim Klein. Dramaturgia: Nikolaus Stenizer. Agrippina: Joyce DiDonato. Nerone: Franco Fagioli. Poppea: Lucy Crowe. Ottone: Iestin Davies. Claudio: Gianluca Buratto. Pallante: Andrea Mástroni. Narciso: Eric Jurenas. Lesbo: José Coca Loza. Orchestra of the Age of Enlightment dirigida por Maxim Emelyanychev. Coproducción con la Ópera de Baviera, la Ópera Nacional de Holanda, la Ópera Estatal de Hamburgo y el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia
Kosky: Agrippina © Bill Cooper/ROH, 2019

La Agrippina de Joyce DiDonato es aquí una mujer alfa de un cinismo acentuado con magnífica densidad y articulación vocal. Cada nota le sale como una perla en medio de una antológica combinación de intensidad y control dramático. Con similar excelencia vocal Lucy Crowe la juega como una Poppea saltarina y seudo romántica pero no menos zorra que su rival. Y manipulados por ellas saltan y corren hombres adictos al sexo y al poder, siempre casi a punto de eyacular en su ansiedad hacia uno y otro. Todo ocurre en una de esas instalaciones típicas de Rebecca Ringst, en este caso un gran contenedor metálico cuyo interior podemos ver a través de persianas que suben y bajan, y que se desintegra en módulos separados de acuerdo al movimiento de personas. 

Como en el Saúl de Glyndebourne, Kosky triunfa con una regie irresistible. En el caso de Poppea, su manipulación alcanza una cumbre teatral en el el mono ambiente blanco (con bar y sillón) en que recibe y esconde a tres pretendientes al mismo tiempo (Claudio, Nerone, y Ottone). Vemos a cada uno de ellos contorneándose de calentura mientras tocan un sonoro timbre de entonación Muzac que altera la parsimonia haendeliana. También la altera esa Agrippina que luego de la primera estrofa de su última aria se retira un momento de la escena y vuelve, micrófono en mano, para cantar la repetición con su voz amplificada. Pero imposible criticar todo esto porque, lo dicho, el efecto, es irresistible gracias a una recreación moderna de la comunicación entre el público y la escena que parece funcionaba tan bien en la época de Haendel. 

En medio de un reparto sin fisuras brilló, junto a las dos Alfa, el contratenor Franco Fagioli, un Nerone que no solo proyectó su voz con seguro squillo y penetrante diferenciación en la coloratura sino que deslumbró con la mejor caracterización de la noche. Nerone es aquí un inseguro joven semipunk, desvencijado en sus movimientos de rebeldía de niño frustrado, y siempre dispuesto a tocar y acariciar a quien se le acerque. Maravillosa su ingenuidad cuando, ansioso por satisfacer mejor a su mamá, cambia su vestuario negro con cadenitas para exhibirse ante un público muerto de risa con sacos y pantalones de lentejuelas multicolor. 

En medio de esta regie rebosante de cinismo y humor, la tragedia asoma en la conmovedora escena de un Ottone ensangrentado por el abuso de patadas y palos a que es sometido después de ser rechazado por Claudio. El final, tan calmo como desolador, nos muestra la soledad de una Agrippina abandonada por el resto de los personajes que se han ido retirando uno por uno durante el postludio. 

La estereotipada urgencia escénica fue correspondida con similar apuro en una versión orquestal que, para el gusto de algunos, fue demasiado rápida. Pero también aquí la Orchestra of the Age of Enlightment convenció con buen pulso, intensidad y una expresividad bien controlada por Maxim Emelyanychev.

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