Francia

Grétry en la primera temporada post-revolucionaria de la Ópera Real de Versalles

Agustín Blanco Bazán

martes, 5 de noviembre de 2019
Versalles, domingo, 13 de octubre de 2019. Palacio de Versalles. Opéra Royal. Richard Cœur du Lion. Comédie mise en musique en tres actos con libreto de Michel-Jean Sedaine y música de André Grétry. Marshall Pynkoski, puesta en escena. Jeanette Lajeunesse Zingg, coreografía. Antoine Fontaine, decorados. Camille Assaf, vestuarios. Hervé Gary, iluminación. Géraldine Moreau-Geoffrey, coreografía y dirección de combates. Elenco: Rémy Mathieu (Blondel). Reinoud Van Mechelen (Richard). Melody Louledjian Laurette (Antonio, amigo de Blondel). Marie Perbost (Condesa Margueritte). Geoffroy Buffière (Sir Williams). Jean-Gabriel Saint-Martin (Urbain, Florestan, Mathurin). François Pardailhé Guillot (Charles). Cécile Achille (Madame Mathurin, Collette). Le Concert Spirituel bajo la dirección de Hervé Niquet.
Pynkoski, Richard Coeur de Lion © 2019 by Agathe Poupeney

La última vez que Marie Antoinette pudo escuchar a su compositor favorito fue durante el banquete celebrado en la Opéra Royal de Versailles el 1 de octubre de 1789. La ocasión fue un banquete donde los Gardes du corps du roi entonaron como himno realista el air "O Richard, O mon Roi" de la ópera Richard Cœur du Lion de André Gretry. Las fake news de que los soldados habían cambiado la cocarda tricolor por la blanca de los Borbones no tardó en llegar a París, y el 5 de octubre las mujeres revolucionarias se presentaron a las puertas del Palacio, que la familia real tuvo que abandonar al día siguiente. Nuevo domicilio: las Tullerías, un lugar parisino a prueba de bala contra cualquier impromptu monárquico.

Por su parte, el air de Grétry no volvió a escucharse en la Opéra Royal hasta este octubre de este año, con Richard Cœur du Lion como primera producción post revolucionaria ofrecida por el Palacio y en ocasión de la apertura de la enorme temporada conmemorativa de los doscientos cincuenta años de la sala. Entre noviembre y julio habrá entre muchas otras, representaciones escénicas de Ercole Amante (Cavalli), Les Fantômes de Versailles (Corigliano), Scylla et Glaucus (Leclair), Platée (Rameau), Le bourgeois gentilhome (Molière-Lully), y hasta aquel famoso Ballet Royal de la Nuit, cuya alegoría final con la aparición del mismísimo Luis XIV como Apolo le ganó a éste el apodo de Rey Sol

Esta intromisión de personajes reales (en todo el sentido de la palabra) saltando a la escena me parecía algo artificial y traído de los pelos hasta el momento de esta representación de la obra de Grétry en Versailles. Sólo allí y entonces pude sentir la ósmosis entre el espectáculo y los espectadores para los cuales fue creado este lugar de fantasía: durante cien minutos ininterrumpidos, la ilusión escénica se asoció tan estrechamente con la fantástica decoración de la sala que por primera vez comprendí como la fantasía teatral y el ceremonial de corte podían fusionarse en un todo donde canto y ballet son una ficción compartida con una audiencia similarmente teatral en su modo de vida. 

La sala, de madera y decorada como faux marble, tiene una acústica aireada y envolvente. Y entrar a tomar asiento es ya un paso a la fantasía: una luz suavemente mortecina añade una pátina de calidez al dorado de las dos enormes columnas corintias que encuadran el escenario, y los palcos y barandillas también doradas contrastan nítidamente con frescos que atraen los ojos como un imán. Esta impresión inicial se extendió naturalmente a la escena una vez que el telón decorado con flores de lis se alzó para la luminosa introducción de orquesta, coro y ballet de la ópera de Grétry. La continuidad entre la sala y la escena fue facilitada por la utilización de decorados de época presentados como ese truco teatral eterno y que nunca falla, a saber, telones pintados que suben y bajan. El contraste para evitar que todo terminara en un anquilosado teatro de museo fue la inteligente ocurrencia de presentar aldeanos y sirvientes con vestuarios “actualizados” a fines del XVIII y principios del XIX para hacerlos contrastar con los mas ceremoniales utilizados por los representantes del establishment o la autoridad: Richard, la condesa que viene a salvarlo de su cautiverio en un castillo de Linz, y Sir Williams, el padre de esa Laurette a quién Florestán, (el carcelero de Richard) persigue cuando su ilustre prisionero le da tiempo libre. También la regie de personas contrasta la elegancia anquilosada impuesta a los nobles con la alegre vitalidad revolucionaria de los demás. 

De Richard Coeur de Lion Chaicovsqui rescató el aria de Laurette «Je crains de lui parler la nuit» para hacérsela cantar a la vieja Condesa en su evocación versallesca en Dama de picas. Una idea genial ésta, la de traspasar la ansiosa modestia de un personaje juvenil de una época dorada a una decrépita aristócrata pushkiniana. Pero hay más: Grétry también está presente en el ballet pastoral que en la obra de Chaicovsqui entretiene a los invitados al baile de mascaras. También allí puede evocarse la luminosidad reconocible en Richard Coeur de Lion, una obra que Grétry no llamó ópera cómica como se acostumbra a hacerlo ahora, sino Comédie mise en musique, algo mas bien asimilable a un Singspiel como el Rapto en el serrallo. También allí se trata de escaparse a la libertad. Y de lo mismo se trata en Fidelio, una especie de Singspiel serio que no resiste poner un poquitín de comicidad con el dúo inicial de Marcelina y Jacquino. En este último caso Florestán es el prisionero, no el carcelero como en Grétry. 

Musicalmente hablado, esta comedia del poeta Sedaine es musicalizada por Grétry en un estilo de ritmo y brillantez cromática que hace recordar a Domenico Cimarosa, y que en el contexto francés anticipa desde el Rossini del Comte Ory y el Donizetti de Fille du Régiment hasta el desparpajo operetístico de Offenbach. Nada, pues de “opera cómica” u “ópera bufa”, sino como en el Singspiel y la opereta, una comunicación tan directa entre la escena y el público que la división entre ambos parece por momentos esfumarse. Hasta hubo una pasarela entre el foso orquestal y la sala que los personajes utilizaron frecuentemente para compartir sus problemas con nosotros. No equivocadamente ha afirmado el director de orquesta en esta ocasión, Hervé Niquet, que el final de Richard ya es una comedia musical hecha y derecha. Y así la dirigió él, con transgresora expresividad y detalle orquestal al frente de un conjunto excelente, Le Concert Spirituel. 

Ayudó a la vitalidad de este Singspiel francés el hecho de contar con solistas en su mayoría francoparlantes. Rémy Mathieu interpretó con timbre cálido y enfático fraseo a Blondel, el siervo que para rescatar a su amo Ricardo se presenta como un pobre ciego que enseguida consigue la complicidad del público al explicarle cómo puede ver mucho más de lo que el resto de los personajes se imagina. Excelente también en claridad y articulación estuvo Jean-Gabriel Saint Martin, ese carcelero llamado … Florestán … que por distraerse en seguir a Laurette posibilita la fuga de un Ricardo que Reinoud Van Mechelen interpretó con voz y autoridad similar a la de la condesa de Marie Perbost. 

Con irresistible descaro, este gran divertimiento progresa a través de coplas, dúos, y danzas irresistibles. Para hacerse reconocer por la Condesa, Blondel canta la canción que Ricardo ha compuesto para ella (“Que le Sultan Saladin”)Y Richard entona en su prisión un conmovedor himno de amor (“Si l´Univers entier m´oublie”). El final es desopilante: para distraer al carcelero y de paso precipitarlo en los brazos de Laurette, Blondel y sus secuaces lo invitan a una gran fiesta donde los paisanos cantan un irrestistible “Et zic et zic et zoc” antes de pasar al gran espectáculo de efectos: el telón que representa la muralla opresora de la cárcel se desgarra en dos para dejar escapar a Ricardo en medio de cañonazos y un múltiple duelo de capa y espada. “Oh! Ah! Oh!” exclamamos todos, como seguramente lo hicieron los contemporáneos de un compositor inexplicablemente olvidado. Y yo dejé el teatro pasando como en un sueño por la Capilla Real y el exterior de la megalómana Corte de ingreso. Y jurando volver, para perder la cabeza (metafóricamente) en este lugar de ensueño. Confieso que le tengo ganas a Le bourgeois gentilhomme para ver como Lully y Molière juegan conmigo y el resto del público. 

Aparte de representaciones escénicas, la Opéra de Versailles, enorgullecida ella por el hecho de no depender de ninguna subvención por parte de la Quinta República, abrirá su sala a los plebeyos que quieran apreciar óperas en versión de concierto de Lully y Rameau y muchos otros como Locke, Detouches, Berlioz y Mozart. También están programados recitales de Philippe Jarousky, Cecilia Bartoli y Patricia Petibon aparte de conciertos y oratorios que incluyen desde Lalande y Pretorious hasta Clérambaut y Tharaud. Hasta han anunciado un Stabat Mater para dos castrados, que sospecho no ofrecerán con demasiada fidelidad a la interpretación original.

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