Reino Unido

Don Pasquale o ¿qué hacemos con el tío?

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 6 de noviembre de 2019
Londres, lunes, 14 de octubre de 2019. Royal Opera House (ROH) en el Covent Garden. Don Pasquale, ópera cómica en tres actos con libreto de Giovanni Ruffini y Gaetano Donizetti, y música de Gaetano Donizetti. Director de escena: Damiano Michieletto. Escenografía: Paolo Fantin. Vestuario: Agostino Cavalca. Iluminación: Alessandro Carletti. Videos: Rocafilm. Don Pasquale: Bryn Terfel. Norina: Olga Peretyatko. Ernesto: Ioan Hotea. Doctor Malatesta: Markus Werba. Coros y orquesta de la ROH bajo la dirección de Evelino Pidò. Co-producción con la Opéra National de Paris y el Teatro Massimo de Palermo
Michieletto: Don Pasquale © 2019 by Clive Barda

La casa de Pasquale no tiene muros. Sólo hay un conjunto de muebles contra un fondo negro, distribuidos en tres espacios limitados por tres puertas sin marco, allí paraditas desafiando la gravedad para separar el dormitorio, la sala de estar donde se centra la acción, y la cocina. Todo ello bajo un techo sólo insinuado con algunas luces de neón que no hace sino acentuar el surrealismo definitorio de esta producción. Los muebles de los años cincuenta serán reemplazados por la Norina disfrazada de Sofronia en el segundo acto por otros de frío diseño contemporáneo. Pero la chica se equivoca si con este reemplazo lo que quiere es borrar la nostalgia que, como en ninguna otra ópera bufa, campea en ésta del principio al fin.

Michieletto visualiza esta nostalgia haciendo transitar de vez en cuando el fantasma de un Pasquale niño con una mamá que lo arropa en la misma cama que seguirá usando hasta que el huracán Sofronia lo destruye todo. Es una idea que, aunque bien hecha, distrae de la narrativa principal. Más atrayente me pareció ese humillo que sale de la chimenea de neón en los momentos de mayor reflexividad de la partitura. De cualquier manera, esta es una regie ocurrente y con algunos detalles geniales, por ejemplo, la confusión inicial de los obreros que al final del segundo acto envuelven al protagonista junto al vetusto reloj de pie que la falsa Sofronia ordena sacar de la sala de estar junto a los otros muebles. En segundos toda la decoración desaparece: nada queda a Don Pasquale de su casa, o mejor dicho, de su vida anterior. Solo un techo de neón y un escenario tan negro como el futuro. A diferencia de otras producciones que nos hacen pensar que una vez resuelta la farsa, Don Pasquale podrá volver a su hábitat original, la propuesta de Michieletto nos confronta con la realidad inconsolable de que no es posible volver atrás: la vieja cama y el viejo sofá se han ido para siempre. 

El estreno londinense de esta producción (estrenada en el Palais Garnier el pasado mayo), presentó a Bryn Terfel en el papel protagónico. Estuvo magnífico vocalmente y aún mejor en  una caracterización en la cual enfatizó la conmovedora inseguridad del personaje en algunos momentos antológicos, por ejemplo, ese temblar de piernas cuando lo sientan por primera vez al lado de Sofronia. Es el mismo sofá que ha tenido que limpiar de ropas y mochilas una vez desalojado ese sobrino que se la había colado para dormir en él y dejarle todo desordenado. Y aquí llega el momento de las comparaciones: Terfel se ubica en la línea de Geraint Evans, el otro gran cantante galés que hizo carrera con Don Pasquale. Pero lo que falta en estos dos Pasquale es ese mordente nítido y cortante con que el legendario Fernando Corena, y hoy el insuperable Alessandro Corbelli sostienen a Pasquale del principio al fin.  Es un mordente coronado con ese histriónico sillabato que normalmente enloquece al público en el "vedrai se giovino raggiri e cabale" del duo con Malatesta.

También éste útimo fue interpretado en buen italiano y expansivo legato por otro no italiano, el excelente Markus Werba. Pero el publico no aplaudió lo suficiente para el hoy día proverbial encore del sillabato.

El reparto se completó con el Ernesto bien fraseado por Ioan Hotea, un tenor de atractivo timbre en el registro medio alto.  La Norina (Sofronia) de Olga Pertyako fue de voz algo pesada y con algunos momentos de incómodo vibrato, lo cual hace pensar que esta es una soprano ya más en camino de papeles lírico dramáticos que lírico ligeros. Pero su actuación fue descomunal, particularmente en el reflexivo arrepentimiento después de la famosa bofetada que propia a Don Pasquale. 

Como en París, Evelino Pidò afirmó su excelencia de experto en este repertorio imponiendo a la orquesta de la casa tiempos ágiles y variados, pero nunca de cambio brusco, y dinámicas expresivas y bien controladas. Sólo que la orquesta sonó más bien opaca, sin la brillantez requerida para hacer justicia a las luminosas armonías de esta obra única por la forma en que piccolos y flautas juegan traviesamente a escaparse de la línea principal.

Detalle y color son en Don Pasquale  un complemento indispensable del mordente y el sillabato. Es a través de todos estos elementos que se construye la sardónica ironía de la obra. En ella, la neurosis de la menopausia masculina es confrontada con la irreverencia de una juventud dispuesta a arrasarlo todo. Así lo insinúa en esta producción, que luego de poner al tío Pasquale en una silla de ruedas cierra con una foto suya rodeado de otros viejecillos sonrientes … en un asilo de ancianos.

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