España - Galicia

Sí se puede

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 8 de noviembre de 2019
Santiago de Compostela, jueves, 31 de octubre de 2019. Auditorio de Galicia. Ellinor D’Melon, violín. Real Filharmonía de Galicia. Mijail Jurowski, director. Johannes Brahms: Concierto para violín en Re mayor, op. 77; Sinfonía nº 1 en Do menor, op. 68. Asistencia: 80%.
Ellinor D´Melon © Comunicación RFG

Durante los últimos años, muchas veces me he quejado de la falta de una auténtica dirección artística que se atenga a la misión y a los medios de la Real Filharmonía de Galicia, cuyo resultado es una programación errónea o interpretaciones de bajo nivel. La responsabilidad recae a partes iguales entre quien ostenta el cargo –Paul Daniel- y los políticos de las tres Administraciones que componen el Consorcio de Santiago, que es quien paga: el uno parece que no está, y a los otros ni siquiera se les espera (sobran cuatro dedos de una mano para contar los Delegados del Gobierno, los Conselleiros de Cultura y los Alcaldes de Santiago a quienes se les haya visto el pelo en el Auditorio de Galicia).

El concierto de esta noche no debería ser la excepción que confirma la regla. De hecho no lo es, porque el concierto de la semana pasada fue igualmente buenísimo. Tanto más cuanto que en ambos se tocaron obras de compositores para los que la plantilla de la orquesta no es la adecuada. Si Daniel dio el pasado día 24 una Primera Sinfonía de Chaicovsqui absolutamente primorosa, esta noche Mijail Jurowski ha hecho un Brahms de muchos quilates. Por supuesto que el secreto de uno y otro éxito no es ningún secreto: el esfuerzo. El esfuerzo en conocer las obras a fondo, en saber exprimir la orquesta pero sólo hasta el punto de no perder el empaste ni la claridad en los planos sonoros; y el esfuerzo resultante en la implicación de unos músicos que distinguen perfectamente cuándo vale la pena seguir al director que tienen enfrente, y cuándo un director se desentiende de su trabajo. Es decir, cuando se quiere se puede; incluso dos veces seguidas.

Si la veteranía es un grado en cualquier oficio, en la música son unos cuantos más. Y el director ruso Mijail Vladimirovich Jurowski (Moscú, 1945) los tiene todos. Basta ver con qué seguridad sale al escenario –aunque sea en mangas de camisa y ayudándose de un bastón- para adivinar que el hombre sabe lo que tiene que hacer –aunque lo haga dirigiendo sentado y con el gesto muy breve-. Probablemente mi gerontofilia batutera esté alcanzando ya los límites de lo pecaminoso, pero no dejo de entusiasmarme cuando veo que un maestro veterano es capaz de producir con ese gesto breve un auténtico torrente sonoro y además lo hace ordenadamente. Porque Jurowski hizo un Brahms claro, serio, concentrado, y con esa tensión que constituye el sentido y el hilván de sus obras.

Primero en el Concierto para violín -obra cumbre del género-, sentando en la extensa introducción unas bases sólidas para su solista, a quien acompañó de tú a tú, sin taparla y con intuición para esperarla. La jamaicana Ellinor D’Melon estuvo a la altura mostrando la misma seguridad, con el poderoso sonido que extrae de su Guadagnini y con una técnica apabullante (por cierto, en lugar de la habitual cadencia de Joachim tocó la muy floreada de Fritz Kreisler). Es verdad que a veces la mano izquierda no acierta exactamente en el centro de la nota (“mais c’est de la couleur!”, diría el legendario Ivry Gitlis), y que le faltó poesía en el episodio en sobreagudo que sigue a la cadencia (en cambio, el oboe de Esther Viúdez destiló elegancia en su solo del tiempo lento); pero después uno cae en la cuenta de que esta mujer tiene sólo 19 años, y entonces no es que se le perdonen estas cosas, sino que al escuchar el arrebato controlado con que toca cabe preguntarse qué le daban para desayunar siendo niña.

Y después en la Primera Sinfonía. Jurowski la interpretó con gran intensidad –no confundir con estruendo- y con una solidez conceptual incontestable. La introducción del primer movimiento –como la del último- sonó inquietante y tensa, lo mismo que el desarrollo de los respectivos Allegros se construyó siempre con sus piezas encajadas de manera natural y sin perder el pulso (qué gusto da escuchar con claridad cómo Brahms dobla las líneas melódicas, y qué mérito el de Jurowski para conseguir que se escuche cómo el contrafagot dobla a los contrabajos). Los movimientos intermedios se dijeron con tiempos ligeros, pero sin escatimar lirismo (Jurowski también supo cómo conjugar espesura y empaste en la cuerda). Y la conclusión sonó con toda la contundencia pero también con toda la redondez (¡bravo! por el escuadrón de trompas).

El público correspondió de la misma manera: primero escuchando con atención y al final aplaudiendo sin gritos pero con fuerza. Igual que los miembros de la orquesta, quienes estamos del otro lado del escenario también nos implicamos más cuando comprobamos que hay un trabajo en pos de la excelencia. Y hablando del público, ¿dónde estaban hoy los estudiantes de violín que suelen venir al Auditorio cuando actúa un solista de relumbrón? No vale la excusa de “Halloween” porque la función termina a las diez y media (una hora antes si no se quedan a la segunda parte, como es su costumbre). ¿O es que ya saben todos tocar el Concierto de Brahms?

Así que ya ven, el título de esta reseña no tiene nada que ver con la campaña de los comicios del próximo domingo (una cosa es que me haga viejo, y otra muy distinta que me haya vuelto asambleario). Pero como el programa de mano rezaba “Brahms, siempre”, pues me ha dado por reflexionar una semana antes de tiempo y he decidido prestar mi voto a quien incluya en su programa electoral la música de Brahms como asignatura troncal en el curriculum del bachillerato.

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