Italia

Un título (im)prescindible

Jorge Binaghi
lunes, 11 de noviembre de 2019
Ligorio, Fernand Cortez © 2019 by Maggio Musicale Fiorentino Ligorio, Fernand Cortez © 2019 by Maggio Musicale Fiorentino
Florencia, miércoles, 23 de octubre de 2019. Teatro del Maggio Musicale. Fernand Cortez ou La Conquête du Mexique (Primera versión: Théâtre de l’Académie Impériale de Musique, París, 28 de noviembre de 1809). Libreto de É.De Jouy y J-A.d’Esménard. Música de G. Spontini. Puesta en escena: Cecilia Ligorio. Escenografía: Alessia Colosso y Massimo Checchetto. Vestuario: Vera Pierantoni Giua. Coreografía: Alessio Maria Romano. Iluminación: Maria Domènech Giménez Intérpretes: Darío Schmunck (Cortez), Luca Lombardo (Telasco), Gianluca Margheri (Moralez), André Courville (Gran Sacerdote), Alexia Voulgaridou (Amazily), David Ferri Durà (Alvar), y otros. Nuovo Balletto di Toscana (Directora artística: Cristina Bozzolini). Coro (preparado por Lorenzo Frattini) y orquesta del Teatro. Director: Jean-Luc Tingaud. Edición crítica de la Fundación Pergolesi Spontini di Jesi a cargo de Federico Agostinelli
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Si alguien ha leído la ficha que precede sepa que me ha costado casi tanto redactarla como escribir la reseña. Esto pasa con óperas ‘raras’, en su tiempo importantes, y también en la historia del género, sobre todo cuando son oficiales u oficialistas (en el presente caso napoleónica), mal conocidas y con muchos requisitos, sobre todo si se trata de la primera ejecución en tiempos modernos de la primera representación absoluta (el autor después corrigió, suprimió, cambió de lenguas). O sea que se trataba de un ‘must’, y seguramente no habrá repetición en el resto de mi vida.

Y a juzgar por lo visto y oído no puedo decir que eso me produzca desazón, aunque sí creo que no se le ha hecho un buen servicio a la causa de Spontini y a la de ‘esto’ que es tanto el resultado de una época como los primeros pasos de lo que andando el tiempo sería la ‘grand opéra’. Aquí se ha confirmado lo que ya parecía -menos- con la única ópera que de tanto en tanto aparece en los escenarios, por lo general de la mano de una diva, La Vestale: buena música, importante instrumentación, ausencia de capacidad para el teatro. Y aquí además agravado lo último por la presencia de tres interminables ballets con una coreografía que hace lo que puede con los grupos enfrentados (aztecas y españoles, hombres y mujeres), pero que ni ayuda a la acción ni acrecienta el interés: el último y final no tiene coreografía ni nada sino una serie de textos -que ya han hecho antes su aparición, sobre una crónica anónima relativa a la conquista de México y a la canónica de Bernal del Castillo- que desvirtúan completamente el ‘mensaje’ que se supone debía comunicar la ópera alabando a Napoleón en la figura de Cortés, pero que hacen otra concesión a la corrección política absolutamente desenfocada e innecesaria: una cosa es que se critique la conquista en general o en particular, otra es que se pretenda alterar -en supuesto beneficio del oprimido- la concepción que se ha dado en la historiografía de este momento. Exactamente como hace Tarantino cuando cambia los finales verdaderos por los que a él le gustarían. 

Se puede entender, disfrutar, compartir, pero -y más en momentos donde la gente no lee ni se preocupa por enterarse- el riesgo es convertir la historia en lo que nos gustaría que fuera y no en lo que fue. O derramar lágrimas de cocodrilo sobre lo que no puede ser arreglado ya de ningún modo con una especie de conciencia culpable retroactiva. Una cosa es escribir Las venas abiertas de América Latina y muy otra valerse de eso cuando se dice claramente en un ensayo de la directora escénica en el programa que el último ballet era algo casi imposible de resolver. Entonces se resuelve así, y con esto he despachado la puesta en escena. 

En el aspecto musical las cosas fueron más o menos, o más menos que más. Voulgaridou fue la mejor aunque, tras larga ausencia, la voz está más oscura y opaca y cuando sale al agudo (no muchas veces) lo que se oye no es para causar admiración. Pero es la que más se esfuerza en crear un personaje (ciertamente, con o sin ayuda lo tiene difícil). Es cierto que respecto de la histórica Malinche -o doña Marina, como se quiera- la figura no sólo está idealizada sino profundamente desleída por la convención que se aplica sin miramiento alguno. Schmunck es como siempre un cantante correcto pero bastante anodino. La voz también se ha engrosado con el paso del tiempo -lo mismo que la figura- pero pese a una cierta similitud (en minúscula) con Gregory Kunde su protagonista es sí es correcto, pero para nada interesante. Telasco, el hermano de Amazily y gran rival de Cortés aunque finalmente todo termine bien, que para eso es una ópera francesa de principios del XIX y en realidad de finales del XVIII, tiene el mejor momento solista de la obra y podría tener cierta carnadura, pero elegir a Lombardo a estas alturas de su carrera es muy arriesgado. Se salva por el francés -prácticamente el único que lo domina, y se sabe cuán importante es la lengua en este tipo de óperas- y los recitativos, pero cuando tiene que cantar, ay, salen a relucir viejos y nuevos problemas de emisión y de volumen (hubo alguna protesta al final, pero como toda la reacción del público resultó desganada y se apagó enseguida). 

Courville figura como bajo, pero yo he oído a un barítono algo oscuro con la voz tan atrás que si tiene registro grave -y más de bajo- no me enteré. Los secundarios fueron meritorios, en especial el tenor que encarna al hermano de Cortés, prisionero de los crueles indios -a ver cómo se justifica el final de mea culpa con semejantes personajes que más bien parecen merecerse lo que les pasa- Ferri Durà, Alvar de voz penetrante aunque ingrata. Queda un semisecundario aquí convertido en principal por la constante presencia escénica, el supuesto ‘narrador, un tal Moralez, que no canta mucho y es lástima porque Margheri parece poseer medios interesantes; no puedo juzgarlo como artista ya que su actuación estereotipada y cada vez más ‘histriónica’, en el mal sentido del término, no sé si debe a su propio criterio o al de la directora escénica.

El coro estuvo bien, pero aparte del francés, hubo algunos momentos en que lo encontré por debajo de su habitual buena forma. La orquesta sonaba bien, pero la batuta de Tingaud me pareció asimismo poco interesante, con tendencia a abusar de las dinámicas y sin mayor expresividad. 

El título ciertamente era más adecuado para inaugurar el festival del Maggio que para dar inicio a su temporada anual. Había sido programado de acuerdo con las fechas del entonces (hace tres meses, una eternidad) director musical Fabio Luisi que se interesa mucho por este repertorio (su fulminante salida impidió asimismo que dirigiera su deseada Ecuba de Manfroce en Martina Franca, otro título desde mi punto de vista aun más fallido que éste). Seguramente con él las cosas habrían ido bastante mejor, pero como su marcha junto con la del director general (‘sovrintendente’) Christiano Chiarot fue el último -hasta ahora- ejemplo de cómo los políticos de cualquier signo meten sus narices donde no les corresponde (y si en eso Italia es maestra no es que esté sola) pues le tocó recibir el daño a Spontini y al público florentino.

Ahora a ver qué sucede cuando -para remediar otra situación difícil- finalmente llegue Pereira, procedente de la Scala, en una solución que no era a la que se apuntaba cuando se provocó la crisis. Cuando conocí esta ciudad y su Teatro, en 1974 y 1975, las cosas ciertamente se hacían de otro modo, probablemente no demasiado distinto, pero sin duda mejor por los nombres en juego. Hasta para mangonear hace falta saber algo y tener mano, y no sólo el mango de la sartén, que inevitablemente antes o después se da vuelta.

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