Alemania

Lo suyo es puro teatro

Esteban Hernández
miércoles, 13 de noviembre de 2019
Ludovic Tézier © 2029 by W. Hösl Ludovic Tézier © 2029 by W. Hösl
Múnich, jueves, 7 de noviembre de 2019. Bayerische Staatsoper. Verdi: Rigoletto. Dir. escena: Árpád Schilling. Escenografía y Vestuario: Márton Ágh. Dramaturgia: Miron Hakenbeck. Benjamin Bernheim (Il Duca di Mantova), Ludovic Tézier (Rigoletto), Erin Morley (Gilda), Ante Jerjunika (Sparafucile / Conte Monterone), Marina Viotti (Maddalena / Giovanna), Tim Kuyper (Marullo). Dir. musical: Paolo Carignani
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Aunque relativamente joven, Árpád Schilling (Cegléd, 1974) es un hombre de teatro experimentado. Por desgracia las puertas giratorias entre uno y otro mundo suelen evidenciar ciertas dificultades en la rotación, y lo que conceptualmente funciona en un lado puede presentar serias dificultades en el otro.

Schilling huye con descaro de los clásicos tópicos y despoja la escena de distracciones visuales, otorgando al drama de Victor Hugo todo el protagonismo, borrando incluso las deformidades de Rigoletto, en aras de permitir que el texto se explaye en un espacio lo más diáfano posible. He aquí el primer pecado: desequilibrar la balanza y situar a la música en un peldaño inferior.

Todo se construye entorno a la sobriedad de una escena dominada por una simple grada de estadio de segunda regional, divisible en partes iguales, en la que tanto coro, figurantes y protagonistas se emplazan según las necesidades dramáticas o las circunstancias descritas por del libreto. Cuando ésta viene remplazada lo hará por un gran cortina blanca, que se limita a extenderse o a concretar un espacio más íntimo para Rigoletto y Gilda.

El director húngaro solo aprovechó los conocidos recursos económicos de la Staatsoper para hacer construir una estatua ecuestre ciclópea, simbolizando el poder del duque, que aparecerá no más de 10 segundos, innecesaria a todas luces.

El presunto efecto buscado por Schilling se percibe desde que se alza el telón, y el ansia que envuelve a Rigoletto se expande por todo el teatro con una celeridad notoria. A esta le sumará el regidor un halo de confusión constante, con hieratismo/movimientos arbitrarios de los participantes o idas y venidas de máscaras. Hasta aquí, todo correcto, pues demuestra que lo suyo es puro teatro.

El problema es que si bien la idea se sustenta en un buen discurso conceptual no muestra un efecto positivo en la escena. La modestia con la que envuelve todo, y que en su teatro encuentra lógica y funcionalidad, termina por perjudicar a un drama puesto en música - hecho que parece se olvida - de dimensiones gigantes. Es precisamente esta ambivalencia la que lastra - desde su estreno en 2012 - toda la producción. Para Schilling Verdi solo parece que suene de fondo, cual música de ambiente, que además, según las circunstancias, da la sensación de que molesta.

En cuanto al reparto la producción de este año destacaba por contar con la presencia de Ludovic Tézier, amén del debut en el teatro del tenor Benjamin Bernheim. Del segundo destaca la facilidad en los agudos - aunque le traicionó su última nota en escena - y su agradable fraseo. Tézier aportó lo que esperábamos, un Rigoletto intenso pero equilibrado, comprometido con el personaje y las dificultadas caracteriales a las que le sometió la propuesta. La Gilda de Erin Morley se mostró elegante y transparente, completando un trío que otorga a esta puesta en escena de 2019 la razón de mayor peso por la que ocupar una de las butacas del teatro muniqués.

Por fortuna la Bayerisches Staatsorchester, capitaneada para la ocasión por Paolo Carignani, está habituada a lidiar con Verdi, y sus prestaciones crean una realidad paralela que permite al público abstraerse de lo que acontece en sobre la tarima y aplaudir como si nada hubiese pasado.

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