España - Galicia

Prima la musica, dopo…?

Alfredo López-Vivié Palencia
lunes, 18 de noviembre de 2019
Raquel Lojendio © 2019 by Real Filharmonía de Galicia Raquel Lojendio © 2019 by Real Filharmonía de Galicia
Santiago de Compostela, domingo, 10 de noviembre de 2019. Auditorio de Galicia. Fernando Buide: A Amnesia de Clío, ópera en tres actos con libreto de Fernando Epelde (estreno absoluto). Raquel Lojendio, soprano (Clío); Sebastià Peris, barítono (George Bush), Marina Pardo, mezzosoprano (Angela Merkel/Leslie Zimmerman). Orfeón Terra A Nosa (Miro Moreira, director). Marta Pazos, dirección escénica; José Álvaro Correia, iluminación; Pier Paolo Álvaro, vestuario; Rut Balbís, coreografía; José Díaz, producción. Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Asistencia: 90%.
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Al final de la función, el último en salir a saludar fue Fernando Buide (Santiago de Compostela, 1980), y la sala entera dio un respingo y se puso en pie para vitorearle a voz en grito. Por mucho que jugase en casa, ese solo hecho basta para resumir el éxito total con que fue recibido el estreno de su ópera A Amnesia de Clío por parte de un público que no está acostumbrado a las obras contemporáneas (no digamos a las óperas, ni contemporáneas ni de cualquier otra época). La función no podía concluir de otra manera, teniendo en cuenta que durante los cien minutos que dura la pieza –interpretada de corrido- ni se vio ni se escuchó ningún signo de aburrimiento por parte del respetable, a quien -como a mí- se le pasó la cosa en un suspiro.

La razón se explica fácilmente: la música es sensacional. El lenguaje de Buide es tan rabiosamente actual como el que más, aunque en sus obras vocales lo hace adecuado a los límites de la voz humana cuando debe cantar (no hay “parlando” en la obra), de modo que no es complicado para el común del público seguir la línea melódica.

Su orquesta es transparente –más aún en una ópera, con buen criterio-, y en el caso de esta noche me pareció acertado el equilibrio entre los números más estáticos y los episodios de nervio (esos trémolos de la cuerda que impulsan incesablemente la acción, muchas veces alternándose con una percusión inquietante, los paréntesis de frenazo con los contrabajos) en los que la orquesta nunca tapa las voces, enlazados con breves intermedios instrumentales para separar los tres actos. Con todo ello Buide demuestra conocer un oficio, dos de cuyas asignaturas principales son las óperas de Richard Strauss (el carácter ondulante de la música hace que el pulso no decaiga) y las de Alban Berg (la tensión no necesita obligatoriamente estruendos sonoros).  

Si será buena la música, que afortunadamente llega uno a desembarazarse del libreto y dejar de leer los sobretítulos. Extracto de la sinopsis que leo en el espartano programa de mano: “Acto I: En este acto se cuenta el misterioso proceso por el que el expresidente de EEUU George W. Bush se obsesiona con pintar a todos los soldados que envió a la guerra de Irak, mientras Clío (musa de la historia) trabaja en un plan internacional de recontextualización de la cultura desde una perspectiva feminista. Acto II: Una guerra política ha estallado entre Bush, de nuevo presidente electo de EEUU, y Clío, que ha escalado en política hasta llegar al puesto de gobernadora de la nueva nación europea de Zora. A través de su voz reviviremos las estrategias para huir de la mecánica del patriarcado y las intersecciones de su camino hasta esta cumbre que ahora ocupa. Acto III: Se detallará la artimaña política de la gobernadora para derrocar a George W. Bush. Es el final del periplo de una mujer escogida por el destino para regir los destinos de Europa en una época de profundos cambios.”

Es decir, el feminismo en su atalaya del 8-M frente al cansino asunto de la guerra de Irak (¿por qué el malo es siempre Bush y nunca Bin Laden y su 11-S?). Al menos Fernando Epelde ha tenido el detalle de no incluir en el texto demasiados cultismos, y emplea un gallego llano y común. Sólo me queda una duda, cuando vuelvo al programa de mano para leer que Buide y Epelde quieren “dar lugar a una ópera contemporánea y cinemática. Una verdadera ucropía que parte de la realidad para acabar en la fábula”; siendo así que, consultado el diccionario de la Real Academia Galega –y, por si las moscas, también el de la Real Academia Española-, el término “ucropía” no consta en ninguno de los dos. Tal vez es un gazapo por “ucronía” (reconstrucción de la historia a partir de datos hipotéticos). De manera que seguramente se me escapa el significado último de la obra; pero mientras lo averiguo me quedo con aquello que escribió Albert Boadella en Diario de un francotirador: “la historia es una señora muy puta que se acuesta con cualquiera según la conveniencia”.

Su traslación a la puesta en escena de Marta Pazos es mitad kitsch y mitad ramplona, con un escenario dividido en rojo y en turquesa, y con la feliz idea de una escalera a uno de los lados (todo el mundo sabe –o debería saber- que es impensable hacer teatro musical sin una escalera). Por lo demás: vestuario variado para la protagonista, que se transforma de Cicciolina al principio –es inspiración confesa de los autores- a diosa al final; Bush ataviado con las hombreras y el casco de fútbol norteamericano, y el coro –que no para de moverse- con el uniforme color butano de los presos de Guantánamo; la iluminación sólo discreta, pero la dirección de actores con la inteligencia suficiente como para no obligarles a cantar en posturas imposibles (como la cosa va de pintar cuadros, Clío elimina a Bush de un brochazo; si tuviera que cargarse –es un decir- al jefe de los talibanes haría falta algo más que eso, pero el beneficio para las mujeres sería infinitamente mayor). A destacar los dos hermosos tafanarios de los bailarines Diego Buceta y Fran Martínez, que abren y cierran la obra, con pluriempleo como utilleros durante.

De todos modos, Pazos ha comprendido ese carácter cinemático que pretenden los autores, y el movimiento escénico se adecúa al pulso que proviene del foso. ¡Y qué foso! Si la música me sonó estupenda se debe a que Paul Daniel también es hombre de teatro, se ha entendido con el compositor, y ha trabajado la partitura con una Real Filharmonía entregada, que en ningún momento dio muestras de cansancio (por poner sólo un ejemplo, qué cuerpo de los contrabajos reforzados con clarinete bajo y contrafagot). Vocalmente tampoco hay peros y sí todos los parabienes: para el coro, empastado y elocuente; para la mezzo cántabra Marina Pardo en su doble papel de canciller alemana y sargento estadounidense, justita de medios pero con expresividad sobrada; para el barítono valenciano Sebastià Peris, de buena presencia y mejor voz; y sobre todo para la soprano chicharrera Raquel Lojendio, de timbre precioso, proyección certera, y seguridad asombrosa a lo largo de toda la tesitura (Buide no le ahorra dificultades ni arriba ni abajo ni en medio): lo de menos es su perfecta pronunciación del gallego o sus muchas tablas; lo de más es la sensación de comodidad que transmite cantando un papel nuevo que le exige estar en escena durante prácticamente toda la obra.   

Y sin embargo todo eso es en vano. Dejando aparte la temática de la pieza, lo verdaderamente triste es que Clío no es Isolda, ni Daphne ni Marie; ni Rosina, ni Hanna Glawari ni Despina; ni Ellen Orford, ni Emilia Marty, ni Mescalina; ni nada que por asomo se les parezca. Es decir, con Clío uno ni ríe ni llora, ni se alegra ni se cabrea, ni siente escalofríos o angustia, ni ganas de mover los pies, ni el impulso de agarrar la mano de su vecino de butaca. No estoy diciendo que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que lamento que un trabajo musical e interpretativo de tan alto nivel me haya privado del objetivo esencial de cualquier obra que pretenda enmarcarse en el género operístico: la emoción.

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