Suiza

Brahms en los Alpes, en el primer Festival de Andermatt

Agustín Blanco Bazán

viernes, 15 de noviembre de 2019
Andermatt, jueves, 24 de octubre de 2019. Auditorio de Andermatt. 24.10: recital de Gabriela Montero. Sonatas para piano nro 10 en do mayor de W.A. Mozart y nro. 21 en do mayor de L. van Beethoven. Tres Intermezzi, op 117 de J. Brahms. Improvisaciones a cargo de la solista. 25.10: Benjamin Grosvenor (piano), Raphael Christ (violín), Raphael Sachs (viola) y Jens Peter Maintz (cello). Cuartetos para piano nro 2 en Mi mayor K 493 (Mozart), en La menor (Mahler) y nro. 1 en Sol menor (Brahms). 26.10: Orquesta de Cámara de Europa bajo la dirección de Daniel Harding: Danzas Eslavas (A. Dvořák), Sinfonía nro. 2 en re mayor (J. Brahms). Festival de Otoño de Andermatt, en asociación con el Festival de Lucerna 
Harding en Andermatt © 2019 by Valentin Luthiger

El pasado junio, la Filarmónica de Berlín se trasladó al cantón de Uri, en el corazón histórico de Suiza, para inaugurar un curioso auditorio al costado de la pequeña aldea de Andermatt, en las estribaciones de San Gotardo. ¿A quién sino a un millonario se le ocurriría un proyecto como éste, tan alejado de cualquier subvención estatal en un país donde nadie gasta un centavo sin levantar ansiósamente las cejas antes de asegurarse que no se trata de una inversión superflua? En este caso, el millonario es un inversor egipcio de generosidad semejante a esos superricos yanquis que abren la billetera sin pestañear para financiar proyectos culturales. La diferencia es que el donante tuvo la delicadeza de no bautizar el proyecto con su propio nombre. A Samih Sawiris le gusta la música clásica y la quiere ver floreciendo en su monumental emprendimiento en medio de los Alpes, que aparte de un complejo de viviendas acomodadas, incluye un Hotel Radisson para las vacaciones de esquiadores, golfistas en el verano y cualquier ser humano desesperado por perderse en medio de montañas de una belleza incomparable. Y después de todo, el lugar no está tan desconectado de su tierra de origen: Sawiris es egipcio y copto, como lo fueron Félix y Régula, los santos cuyos cráneos los católicos suizos insisten en que están en la bellísima iglesia católica de San Pedro y San Pablo de Andermatt. ¿Qué importa que los análisis de carbono desmientan la fecha elegida por los católicos suizos para el martirio de estos venerados? Finalmente, los mitos tienen vida propia y eso es lo que vale. Tampoco existió Guillermo Tell, y sin embargo es imposible olvidarlo cuando uno pasa por la cercana aldea de Alsdorf. 

El auditorio 

Para el concierto inaugural de junio, los berlineses eligieron la Sinfonía Praga de Mozart, y dos obras de Shostakovich: la Sinfonía de cámara y el Octeto sobre temas adaptados a dos de sus cuartetos de cuerda. La dotación orquestal fue de 35, un número prudente para una sala pequeña de 650 espectadores distribuidos en dos pisos: la platea, y el balcón se encuentran bajo el nivel del suelo, con una elevación iluminada por un enorme ventanal, a través del cual se pueden ver algo de la montaña, y hombres y mujeres que van y vienen deteniéndose de vez en para mirar que ocurre dentro del auditorio. El efecto debe ser mágico después de una nevada. 

Un mini-festival sintonizado con Brahms 

Mas que de actuaciones individuales, el éxito de un festival depende de la creación de una atmósfera que aglutine obras musicales en forma tal que un público especialmente congregado para apreciarlas pueda descubrir en todas ellas un hilo unificador capaz de resaltar similitudes y contrastes. En esta ocasión, Andermatt se apuntó un indiscutido éxito al asociarse con el Festival de Lucerna en la presentación de tres conciertos a través de los cuales el piano solista, un cuarteto de piano y cuerdas y una orquesta sinfónica desarrollaron un repertorio focalizado en Brahms y su yuxtaposición con otros compositores. 

En el recital de piano, Gabriela Montero propuso una Sonata de Beethoven y otra de Mozart como marco conceptual de los tres Intermezzi brahmsianos op. 117. Y en la velada de cámara, Benjamin Grosvenor y tres excelentes cuerdas de la Orquesta del Festival de Lucerna preludiaron el Cuarteto op. 25 de Brahms con dos piezas de contrastante impacto: el Cuarteto KV 493 mozartiano, y el Cuarteto en la mayor de Mahler. El rondó alla Zingarese que cerró la obra de Brahms sirvió como concatenación con las Danzas eslavas de Dvořák que abrieron el concierto final, con Daniel Harding al frente de la Orquesta de Cámara de Europa. Siguió una magnífica versión de la Segunda sinfonía de Brahms que puso a prueba la capacidad acústica de la sala: mientras los berlineses se presentaron con 35 instrumentistas, la orquesta de Harding lo hizo con 56 y, éste es sin duda el límite máximo que puede aguantar la sala, por mas que los arquitectos insistan que es posible una orquesta de 75. 

Y vayamos ahora a algunos detalles de otro elemento esencial para un festival, a saber, la comunión de público y artistas. Confieso que llegué al primer concierto dispuesto a testear críticamente la aserción de los organizadores en el sentido que el festival no pretende ser una alternativa artística solo para viajeros entre Zürich y Milán sino fundamentalmente una misión para beneficio de la comunidad circundante, tan acostumbrada ella a recibir esquiadores o senderistas de todos lados, pero también tan introvertida en el microclima propio de valle encerrado entre montañas. Como es proverbial en su caso, Gabriela Montero dedicó la parte final de su programa a improvisaciones que ella insiste deben desarrollarse a partir de temas sugeridos por el público. En este caso los internacionales del público no alcanzaron a sugerir mas que convencionalidades como Las hojas muertas y La ci darem la mano. Espantado por este adocenamiento yo pedí el himno de Venezuela, pero la pianista, una apasionada activista anti-Maduro, me contestó que emocionalmente esto se hacía muy difícil para ella (es sabido que su madre la acunaba con este himno cuando era bebita). Cuando un espectador sugirió una melodía desconocida, la pianista la puso tentativamente al piano, antes de preguntar si alguien más la sabía para poder así redondear una sugerencia inicial que solo había podido registrar a medias. Con un displicente “no” los foráneos anticipamos que esta tonada no la habíamos escuchado nunca. Pero enseguida vimos nuestra sentencia neutralizada por un bellísimo coral. Lo entonaron los muchos que entre el público conocían de memoria esta canción folklórica.  

Otro hilo conductor del festival fue la comparación entre el Mozart de Montero, mas bien apasionado y urgente, y la luminosa y expresiva introversión mozartiana desarrollada en el Cuarteto K 493 por el pianista Benjamin Grosvenor. Los excelentes violín, viola y chelo de la Orquesta del Festival de Lucerna contrapuntearon con similar nivel. Y el Cuarteto de Mahler salió antológico, no sólo por la superlativa técnica de ejecución sino por su desvergonzada asertividad romántica. Gracias a ello, el Cuarteto de Brahms dio la impresión de ser algo así como un primo carnal del de Mahler y ambos compositores parecieron tomarse de la mano: Brahms en su asertiva firmeza del romanticismo como un refugio al cual Mahler parece querer aferrarse desesperadamente. 

Las Danzas eslavas que abrieron el concierto final fueron interpretadas en constante forte y con texturas poco claras por una orquesta de dotación excesiva para llamarse “de cámara.” En cambio, la Segunda de Brahms fue desarrollada con ejemplar balance de énfasis, contraste y contención. Y sobre todo hubo lirismo, ese lirismo brahmsiano tan elusivo para los directores de orquesta empecinados en correr a través del Allegro con spirito final. Harding lo interpretó con detenimiento suficiente como para introducir un humor escurridizo al comienzo y, en el medio, hacer del tranquillo un reflexivo descanso antes de arremeter con una desafiante coda final. ¡Así se responde a la tentativa introducción de chelos, contrabajos y cornos que abre la sinfonía! 

En enero de 2020 Andermatt presentará un festival de invierno dedicado a Beethoven con un recital de piano de Daniel Barenboim y tres conciertos a cargo de los English Classical Players dirigidos por Jonathan Brett. El festival de verano en junio, organizado en asociación con el New Generation Festival incluye una versión concertante de Las Bodas de Figaro. Durante todo el año un ciclo de Jóvenes Artistas permitirá caminatas entre el Auditorio y la iglesia de San Pedro y San Pablo, donde los jóvenes artistas tocarán bajo la supervisión de Felix y Regula, cuyos cráneos descansan cómodamente a los costados del del altar mayor. 

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