España - Valencia

Locus amoenus

Rafael Díaz Gómez
jueves, 21 de noviembre de 2019
Mariasole Mainini y William Christie. © 2019 by Palau de les Arts Mariasole Mainini y William Christie. © 2019 by Palau de les Arts
Valencia, domingo, 10 de noviembre de 2019. Palau de les Arts. Sala Principal. La finta giardiniera, ópera bufa en tres actos, libreto de Giuseppe Petrosellini, música de W. A. Mozart. Estreno: Salvatortheater de Múnich, el 13 de enero de 1775. Versión semiescenificada. Dirección de escena: Sophie Daneman. Elementos escénicos: Adeline Caron. Vestuario: Pauline Juille. Dramaturgia: Rita de Letteris. Mariasole Mainini (Sandrina), Lauren Lodge-Campbell (Serpetta), Deborah Cachet (Arminda), Théo Imart (Ramiro), Moritz Kallenberg (Il contino Belfiore), Rory Carver (Il podestà), Sreten Manojlović (Nardo). Le Jardin des Voix 2019. Les Arts Florissants. Dirección musical: William Christie.
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Le Jardin de Voix es la academia para jóvenes cantantes de Les Arts Florissants. Nueve ediciones lleva la primera y 40 son ya los años que cumple el conjunto de William Christie. Para celebrar este aniversario, la gira internacional que habitualmente Christie realiza con las voces de su academia emprende la interpretación de una ópera y no la de una serie de fragmentos de diversa procedencia. No obstante, también es cierto que la obra elegida, la deliciosa Finta giardiniera, se presenta considerablemente podada. Los cortes afectan al tercero y en especial al segundo acto, en el cual se topa uno con el finale a poco de que haya comenzado, lo que por fuerza dificulta la perfecta comprensión del desarrollo de la acción dramática, que no sólo está en el texto (Mozart a los 18 años ya es Mozart), sino también en la música. Desconozco si esto es algo que se mantendrá en toda la gira o que sólo se aplicará en algunos de los lugares en los que recalará (París, Viena, Moscú…). En Valencia, única ciudad española en la que ha ofrecido, la representación total de la obra apenas alcanzó las dos horas. El tiempo justo para recibir ya fuera de la sala los primeros resultados de la jornada electoral.

Al margen de las supresiones, la versión es ágil al menos por dos motivos. Uno se halla en la batuta de Christie, quien articula unos tempi diligentes incluso cuando la velocidad no es rápida. Bien sea por el picante juego del timbre y las texturas, livianas pero medulares, bien por la atención expresiva del ritmo armónico o por la solícita atención que requieren las síncopas, el director impele un discurso que pese a lo ligero tiene pulpa, chispa y eso que por ahí arriba llaman joie de vivre. Colocada sobre el escenario pero detrás de los cantantes, la orquesta tiende a arropar y mullir unas voces que por su no excesivo poderío lo agradecen, aunque cuando toca sin someterse a la función de acompañamiento se muestra categórica sin remilgos. El papel de la cuerda grave y de forma sobresaliente el del clavecín contribuyen de forma preciosa a la elasticidad del movimiento. Así pues, el resultado no es el de un mero muestrario de los arquetipos de la ópera cómica italiana asimilados por un joven genio que está en vías de desarrollarse exponencialmente y que nosotros ya sabemos adónde va a llegar. No, es más bien la muestra de una obra rica, compleja y gozosa por sí misma.

El otro aspecto que contribuye a la vivacidad del espectáculo es la dirección escénica de Sophie Daneman. Con una decoración básica y artificial, la dosificación lumínica justa y un fondo en el que estallan diferentes verdes se consigue la recreación del jardín donde se ambienta la acción. El vestuario, más o menos actual, diferencia con acierto categorías sociales y caracteres. Pero sobre todo es el flujo de los personajes sobre las tablas y su vis actoral lo que resulta determinante para la viveza de la trama. No hay ninguna monotonía en la alternancia entre recitativos y arias, sino un vínculo natural e inevitable. Las dos horas se hacen cortas.

Se disfruta, además, de la estupenda dicción del reparto vocal. Se trata de un muy buen plantel de voces. Ya se ha apuntado que su volumen no es muy amplio en general, pero tienen dominio técnico, gusto expresivo y mucha desenvoltura. Mariasole Mainini fue una Sandrina (o Violante) inteligente y madura que supo dar consistencia a su complejo personaje (el más complicado, por temperamento, de esta ópera). Muestra su voz de soprano lírica no poca opulencia tímbrica y distinción en el fraseo. Es una lástima que el canto se le velara en el final de “Geme la tortorella” porque estaba quedando de un sutil encantador. Su enamorado maltratador (casi asesino) conde Belfiore fue Moritz Kallenberg, un tenor preciso, de línea sustanciosa y un bello color que fue ganando espesura a medida que avanzaba la representación. Frasea con acusada intención dramática. Fue uno de los más aplaudidos al final.

Aunque probablemente quien más sorprendiera y despertara una mayor admiración fue el Ramiro de Théo Imart, contratenor agudo, de concreta, clara y lineal expresividad. Su voz tuvo empaque y no se resintió demasiado en la zona grave. Le pudo faltar la presencia corporal necesaria (él es menudo) para que la Arminda de Deborah Cachet, torbellino escénico, pudiera atender a sus requerimientos amorosos. La soprano belga hizo gala de un canto homogéneo, elegante, bien apoyado y proyectado.

Por su parte, Lauren Lodge-Campbell fue la Serpetta pizpireta y vivaracha que exige el código, pero además con un instrumento vocal limpio y luminoso, riguroso con la partitura y con el personaje. Mientras, Sreten Manojlović se reveló como un barítono de generoso color. Su Nardo exhibió una línea flexible y entintada y su gracia escénica resultó muy conquistadora. Por último, al podestà de Rory Carver le falta el peso vocal, la entidad y el más oscuro tono que le vendrá con la edad, pero su actuación tuvo un mérito que fue más allá de su gracia entrañable de pagafantas.

El público, que distaba de llenar el aforo, aplaudió con fuerza al final de una representación que nos sumergió en el locus amoenus de los clásicos, ese lugar tranquilo para el disfrute de los placeres. Fuera esperaba el frío de otro muy diferente jardín.

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