España - Cataluña

‘¡Aquí no habla nadie!’

Jorge Binaghi
lunes, 25 de noviembre de 2019
Pasqual, Doña Francisquita © 2019 by A. Bofill Pasqual, Doña Francisquita © 2019 by A. Bofill
Barcelona, lunes, 11 de noviembre de 2019. Gran Teatre del Liceu. Doña Francisquita (Madrid, Teatro Apolo, 17 de octubre de 1923). Libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, basado en La discreta enamorada de Lope de Vega y música de A. Vives.  Dirección escénica y adaptación del texto: Lluís Pasqual. Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar. Coreografía: Nuria Castejón. Luces: Pascal Mérat. Intérpretes: Elena Sancho Pereg/María José Moreno (Francisquita), Ana Ibarra (Aurora ‘la Beltrana’), María José Suárez (Doña Francisca), Antonio Lozano (Fernando), Alejandro del Cerro (Cardona), Miguel Sola (Don Matías), Isaac Galán (Lorenzo Pérez), y otros. Lucero Tena (castañuelas) y Gonzalo de Castro (actor). Laud’Ars (Manuel Gómez Llorente, director), Coro (Conxita García, directora) y Orquesta Sinfónica del Teatro. Director: Óliver Díaz
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La frase citada como título la dice el locuaz ‘productor’, ‘presentador’, ‘repetidor’ o lo que sea que en la versión de Pasqual está encargado de relatarnos parte de la historia que nos perdemos al estar prácticamente cortados los diálogos, ante las protestas en particular de la intérprete de Doña Francisca, que es la más perjudicada. Pero no hace falta repetirlo machaconamente, ni convertir la reiteración y modos de expresión ‘actuales’ en sustitutos de diálogos ‘casposos’ (tal vez lo sean, pero nacieron con la obra). He visto en los últimos años toda suerte de soluciones para operetas e incluso musicales que pasan por la reducción al mínimo de diálogos o su supresión pura y simple. Lamento decir que, sobre todo pensando en el público internacional, considero la última la mejor de las soluciones porque si conservan valor es por su música, que ya da el sabor de época. Es cierto que los nativos del lugar se aferran a sus tradiciones (sería inimaginable que la Volksoper vienesa se permitiera recurrir a solución tan extrema, aunque recuerdo en cambio -hasta donde yo podía seguirlos- diálogos ‘pastichados’ o ‘reformados’ con alusiones a la actualidad).

Por eso, y porque sé -lo ha dicho públicamente- que Pasqual ama esta zarzuela por razones familiares, creo que ha perdido mucho tiempo en justificarse indebidamente porque de todos modos se lo iban a criticar (aquí, como en política). Que pase en una sala de grabación, una transmisión en directa televisiva, y un ensayo de la misma obra es una buena idea aunque la ‘intromisión’ de Lucero Tena (magnífica) que duplica el fandango no parece algo adecuado al ritmo de la obra (otra cosa es, y para pensar, que precisamente el número más aplaudido sea éste en versión de castañuelas y luego en la del excelente ballet). La proyección del film español de 1934 (unos fragmentos) en el último acto servía para subrayar ciertos momentos (coro de enamorados), pero si no estaba francamente de más.

Si a esto se le suma una versión musical tirando a plana, el bostezo está a la vuelta de la esquina y se explica que los fandangos hayan galvanizado al público, bastante numeroso aunque no agotaba las localidades (más, y más aplaudidor, como es lógico, en la función del sábado por la noche).

Díaz mejoró la impresión que había dejado en un pésimo concierto final del Viñas, pero no pasó de dar una versión no demasiado interesante de una partitura variada y chispeante. La orquesta lo secundó bien, y se lució en el fandango del tercer acto. Y para desgana, la del coro que aunque estuvo bien ofreció un coro de enamorados del tercer acto ultralánguido, y una intervención deslavazada en el segundo acto, que resultó, pese a los intentos de de Castro (que conspiraron a su vez en contra) y a las intervenciones de los protagonistas, el menos interesante. Es de justicia hacer constar que en la segunda función que vi las cosas mejoraron un tanto. Por otra parte, en los pequeños papeles en que intervenían solistas de la masa coral los únicos que llamaron la atención fueron el sereno de Xavier Martínez y el leñador de José Luis Casanova.  

Hago una sola crítica porque sólo cambiaban el tenor y la soprano principales. Por la elección de fechas me he quedado sólo con el cambio de soprano, y lo lamento porque tenía interés en oír a Celso Albelo en la parte de Fernando, que fue estrenada por Miguel Fleta y que aquí mismo cantó Kraus, de modo que habría que haber ido con prudencia. Antonio Lozano tiene quizá posibilidades, pero se ve enseguida que es un tenor liviano, de pequeño volumen, que intenta impresionar con el agudo (lo que no siempre consigue, como cuando intentó rematar el concertante que concluye la obra en la primera de las dos funciones que le fueron encomendadas). Pareció suelto en escena y apuesto y juvenil, pero con las intenciones no bastan. Aunque no me había convencido totalmente en la temporada anterior en el Vania de Katya Kabanova estaba mucho más acertado; claro que los papeles no son comparables. Y cualquier reserva de tipo técnica, que esperemos se pueda resolver, cede ante la falta de lo que el personaje -más o menos elegante o febril en su concepción (no todos pueden aspirar al señorío de un Kraus): el arrojo en el canto. También él, visiblemente más tranquilo, mejoró en la segunda función.

La Beltrana de Ibarra, reconvertida en mezzo, fue buena y expresiva pero vocalmente irregular, con un agudo poco seguro y unos graves de pecho que aquí se pueden admitir pero que no parecen demasiado naturales. Asimismo se la vio más firme en la emisión en la segunda de las dos funciones. Excelente -probablemente en conjunto el mejor- el Cardona de del Cerro en todos los aspectos, aunque la voz no sea muy bella. Bien -mucho no se les pedía- la Francisca de Suárez, el Don Matías de Sola y el Lorenzo Pérez de Galán. 

Las protagonistas fueron, en el orden en que las vi yo, Sancho Pereg y Moreno (que ya había interpretado la última reposición en el Liceu, en donde esta es la obra más representada del género). La primera fue una excelente Sophie en Werther y Oscar en Un ballo in maschera. De momento es una típica soubrette, muy simpática, con escaso centro y menos grave y buenos agudos para la protagonista de Vives. Moreno fue, por supuesto, superlativa en todos los aspectos y sigue exhibiendo una voz fresca y luminosa, segurísima en agudos y sobreagudos, y actriz muy natural.

Por supuesto, la labor de Lucero Tena en el fandango ‘duplicado’ a su intención fue sensacional y arrancó, en la segunda función, insistentes pedidos de bis. Muy aplaudido también el magnífico cuerpo de baile. Pero si los aplausos mayores son para una ‘propina’ de lujo y el menos importante de los elementos que configuran una zarzuela….

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