Obituario

Un maestro todo corazón

Alfredo López-Vivié Palencia

domingo, 1 de diciembre de 2019

En febrero de 2009 estaba Mariss Jansons (Riga, 14 de enero de 1943 - San Petersburgo, 1 de diciembre de 2019) ensayando el Requiem de Antonín Dvořák con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam. En el «Hossana» del Sanctus hay un pasaje muy expuesto en el que los primeros violines deben descender vertiginosamente un par de octavas en un solo compás. Por mucho que lo intentan la cosa no sale. Al día siguiente Jansons aparece con la idea de que los segundos violines acompañen a los primeros tocando una octava más abajo: el resultado es mágico, y el maestro grita «¡bravo Mariss Jansons!» Cualquiera que lea esta anécdota (contada por Tom Service en su libro Music as Alchemy. Journeys with great conductors and their orchestras -2012-) sin saber quién fue Jansons, pensará que se trata de otro divo de la batuta pagado de sí mismo. 

Todos sabemos que, en realidad, Jansons estaba mostrando con naturalidad su alegría por haber solventado un problema. Jansons ha sido de esos raros músicos -más raros todavía en la especie directorial- que, habiendo llegado a lo más alto, siempre se ha llevado bien con todo el mundo y de quien nunca nadie ha dicho una mala palabra. No se le conocen peleas con orquestas, ni con personal de sellos discográficos, ni mucho menos con otros colegas. Tanto es así, que cuando en 2015 decidió dejar la titularidad del Concertgebouw -asumida en 2004-, la orquesta se afanó en hacer público que su marcha no era debida a ningún tipo de desavenencia (afán que no es de extrañar, habida cuenta de que las despedidas de sus antecesores -y de sus sucesores- se habían producido portazo mediante). 

Y el caso es que Jansons tuvo, al menos una vez en su vida, razones de sobra para el cabreo sonado. Tras haber estudiado violín y dirección primero con su padre -Arvid Jansons, director de la ópera de Riga-, después en Leningrado, más tarde en Viena -asistiendo a las reputadas clases de Hans Swarowski y Karl Österreicher-, y finalmente como asistente de Herbert von Karajan en Salzburgo, en 1973 es designado asistente del legendario Evgenii Mravinskii («Ambos tenían muy claro su modelo de sonido antes de los ensayos, y después lo comparaban con el de sus orquestas», recuerda Jansons en una conversación mantenida con el crítico Richard Osborne). Envidiable formación. Cuando Mravinskii fallece en 1988, tras medio siglo al frente de la Filarmónica de Leningrado, la figura de Jansons parecía la opción obvia para hacerse cargo de tan alta responsabilidad. Sin embargo, las autoridades de la Unión Soviética -en 1988 el muro estaba ya agrietado pero aún no había caído- prefirieron una apuesta más «segura» y nombraron a Iurii Temirkanov.       

Jansons se centró entonces en su trabajo como responsable de la Filarmónica de Oslo (1979-2000), y dio la primera campanada internacional de su vida grabando para la firma Chandos una integral de las Sinfonías de Chaicovski de plena vigencia en la actualidad. Tras su etapa americana en la Sinfónica de Pittsburgh (1997-2004), y después de decidir abandonar la ópera a causa de sus problemas de corazón -una Bohéme de 1996 casi le cuesta la vida-, Jansons asume en 2003 la dirección de la Sinfónica de la Radio de Baviera (puesto que ostentó hasta el último día) y al año siguiente la del Concertgebouw. Desde los tiempos de Wilhelm Furtwängler nadie había ocupado simultáneamente el rectorado de dos de las diez mejores orquestas del mundo. 

Las razones para tal coincidencia son evidentes. Por de pronto, las de orden práctico: ninguna de esas dos orquestas actúa como formación de foso operístico salvo en raras ocasiones, de manera que Jansons -habiendo renunciado a la ópera por razones de salud- no iba a compaginar el puesto con la dirección de ningún teatro. Pero sobre todo ambas orquestas quisieron hacerse con los servicios de un músico excepcional y de amplio repertorio. Jansons, como es natural, dominaba Chaicovski, Mussorgski y Shostakovich (curiosamente no se asocia su nombre al de Prokofiev), pero también se sentía a gusto -muy a gusto- con Beethoven, Bruckner, Mahler o Strauss; y nadaba como pez en el agua en el repertorio francés.  

Su excepcional valía artística se apoya -a mi juicio- en dos pilares. Jansons era un mago del color como no se había visto otro desde Leopold Stokowski: tenía ese don para jugar con la tímbrica orquestal y para hacer sonar las maderas de manera caleidoscópica (me guardo el recuerdo del último acorde -feérico, apagando metales y maderas sucesivamente- de la Sinfonía del Nuevo Mundo con la Filarmónica de Berlín; pero escuchen cualquiera de sus Ravel o de sus Strauss). Y, por encima de cualquier otra consideración, Jansons era un músico «sufridor», de los que ponen todo el corazón en lo que hace -ese mismo corazón que hoy se lo ha llevado-. Al subir al podio Jansons no podía evitar adoptar la postura que le habían enseñado -a él y a todos- en Rusia (pie izquierdo adelantado y pie derecho detrás haciendo una ele; con el atril a la altura del esternón para obligar al gesto vertical); pero tras el primer compás se olvidaba del marcapasos que le habían implantado en 1996 y se dejaba la vida en cada interpretación (menos mal que dirigía siempre con partitura, siguiendo el consejo de su cardiólogo -el mismo consejo que desoyó el terco de Sergiu Celibidache-), haciendo que su extrema expresividad gestual y facial se tradujese en un sonido igualmente intenso (escuchen -¡y vean!- su Mahler, o esa maravillosa excepción que hizo con La Dama de Picas en Múnich en 2014). 

Una intensidad que no nacía de la vanagloria, sino de la calidez y de la humildad, según tuve la suerte de experimentar en vivo muchas veces. Por eso todas las orquestas le adoraban. También en Viena y en Berlín, de cuyas Filarmónicas era invitado fijo, y no sólo en los conciertos de abono. Sin ir más lejos, los vieneses no llaman a cualquiera para dar su Concierto de Año Nuevo, y a Jansons le confirieron ese honor nada menos que en tres ediciones (en mi opinión Jansons -que además sabía dar espectáculo cuando la ocasión lo requería- merece una medalla en ese podio del primero de enero junto a Carlos Kleiber y Karajan). Tampoco los berlineses consideran un trámite el tradicional concierto de final de curso en la Waldbühne, y ahí estuvo Jansons en el verano de 2002. Observen en el DVD cómo se adivina que Jansons le pregunta a Daniel Stabrawa «¿qué viene ahora, Chapí?», el concertino asiente, y Jansons se lanza a un fogoso Preludio de La Revoltosa (del cual ya había dejado un estupendo testimonio discográfico en Oslo), que don Ruperto -desde donde esté- a día de hoy sigue aplaudiendo con las orejas.

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