Alemania

I Puritani descontextualizados

Juan Carlos Tellechea

viernes, 3 de enero de 2020
Düsseldorf, miércoles, 18 de diciembre de 2019. Deutsche Oper am Rhein. Opernhaus Düsseldorf. I Puritani (Los puritanos de Escocia), ópera seria en tres actos con música de Vincenzo Bellini (Catania/Reino de Sicilia, 1801 – Puteaux/Francia, 1835) y libreto en italiano de Carlo Pepoli, basado en el drama Têtes rondes et cavaliers, de Jacques-François Ancelot y Xavier-Boniface Saintine, estrenada el 24 de enero de 1835 en el Théâtre Italien de París. Régie Rolando Villazón. Escenografía Dieter Richter. Vestuario Susanne Hubrich. Dramaturgia Anna Melcher. Intérpretes: Lord Gualterio Valton (Günes Gürle), Sir Giorgio (Bogdan Taloş), Lord Arturo Talbot (Ioan Hotea), Sir Riccardo Forth (Jorge Espino), Elvira (Adela Zaharia), Enrichetta di Francia (Sarah Ferede), Sir Bruno Robertson (Andrés Sulbarán). Coro de la Deutsche Oper am Rhein, preparado por Patrick Francis Chestnut. Orquesta Duisburger Philharmoniker. Director invitado Antonino Fogliani. 100% del aforo.
Adela Zaharia © 2019 by Joerg Michel

El mexicano Rolando Villazón se ganó merecidamente una estruendosa andanada de aplausos y ovaciones con el estreno de su nueva producción de I Puritani (Los puritanos de Escocia), última ópera de Vincenzo Bellini, y postrer monumento del Bel Canto, con la extraordinaria soprano Adela Zaharia encarnando a Elvira, la protagonista, en la Ópera de Düsseldorf.

Tras su triunfante puesta aquí de Don Pasquale, de Gaetano Donizetti, en abril de 2017, Villazón acomete resueltamente esta obra que reclama mucha energía e impulsos dramáticos, cuidando sobremanera sus exigencias líricas y su peculiar estilo. La preciosa música de Bellini y las exquisitas interpretaciones de los cantantes hacen el resto.

Los puritanos de Escocia ofrece numerosas posibilidades de lucimiento vocal para todo el elenco, coro incluido, pero el terreno está asimismo minado por muchos riesgos. Salvando una desafortunada pifia del tenor rumano Ioan Hotea (Lord Arturo Talbot), casi al final de la representación, quien forzó en exceso las posibilidades de su bella y delicada voz en pos de un gran agudo, los demás cantantes tuvieron una maravillosa velada, superando todos los obstáculos. Zaharia aprovechó ese poco feliz instante de Hotea para abrazarlo, tratando de calmarlo y consolarlo en su evidente desazón.

El formidable coro de la Deutsche Oper am Rhein demostró estar muy bien preparado por el director estadounidense Patrick Francis Chestnut (Palo Alto/California, 1962).

Especialmente el Giorgio del bajo rumano Bogdan Taloş, la Enriqueta de Francia de la mezzosoprano Sarah Ferede, y el Riccardo Forth del barítono mexicano Jorge Espino brillaron de principio a fin, tanto histriónica como vocalmente, con estilo y sólida presencia escénica.

Impecable (aunque algo sobredimensionado) sonó el dúo Suoni la tromba de Riccardo y Giorgio al final del segundo acto. Convincentes fueron asimismo las intervenciones del bajo barítono turco Günes Gürle, como Lord Gualterio Valton, y del tenor venezolano Andrés Sulbarán, en su interpretación de Sir Bruno Robertson, amigo de Riccardo.

El especialista italiano en belcantismo Antonino Fogliani (Messina, 1976), mantuvo firme las riendas al frente de la orquesta Duisburger Philharmoniker, apoyando desde el foso a los solistas y al coro en una ágil y fresca ejecución de buen ritmo y gran elegancia.

Zaharia hizo una fantástica Elvira, propia, genuina, referencial, argéntea, con chispeantes coloraturas, fuerza y agudos increíbles, sin evocar a ninguna las sopranos históricas que sirvieron de modelo en el pasado en ese papel. Para Zaharia, fue esta, sin duda alguna, una velada triunfal en su vertiginosa y ascendente carrera internacional.

En abril próximo el público de la Bayerische Staatsoper de Múnich tendrá oportunidad de admirarla en el papel de Lucia Ashton en 7 Deaths of Maria Callas, un proyecto operístico de Marina Abramović con música de Marko Nikodijević y escenas de obras de Georges Bizet, Gaetano Donizetti, Giacomo Puccini y Giuseppe Verdi.

Con apenas 33 años de edad, Bellini falleció demasiado prematuramente, en plena evolución del arte lírico italiano. Aunque I Puritani fue estrenada el 24 de enero de 1835 y su celebridad se extendió rápidamente por toda Europa, su Norma, en la que se unen la gravedad clásica con el extremado apasionamiento romántico en la expresión, sigue siendo su ópera más difundida.

Sólo el libreto de Los puritanos fue considerado problemático desde un comienzo, lo que finalmente llevaría a que la ópera se redujera en su mayoría a extractos individuales en varios conciertos de gala. Una razón para ello pudo haber sido el desacuerdo de Bellini con su libretista Felice Romani, después del fracaso de su ópera Beatrice di Tenda, que fuera estrenada el 16 de marzo de 1833 en el Teatro La Fenice, de Venecia.

Carlo Pepoli no tenía la experiencia de Romani, por lo que Bellini tuvo que intervenir una y otra vez para ajustar el texto. El resultado es un trabajo que tiene bellísimos arcos melódicos, pero que denota ciertas desigualdades en su secuencia dramatúrgica.

La trama se desarrolla en torno al 1650 durante la Guerra Civil inglesa. El gobernador puritano Lord Gualtiero Valton acuerda casar a su hija Elvira con el leal Lord Arturo Talbot, para enorme pesar de Sir Riccardo Forth, quien también está enamorado de Elvira y a quien Valton ya la había prometido antes.

Elvira se siente muy feliz por la próxima boda con Arturo y está a punto de probar su velo de novia, cuando Arturo reconoce en una prisión estatal a Enriqueta María de Francia, viuda del ejecutado Carlos I (Estuardo) rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, y siente la obligación de salvarla. Arturo la esconde bajo el velo de novia de Elvira y huye junto con ella. Elvira pierde la razón cuando se entera de que Arturo la dejó por otra.

La Guerra Civil que concluyó con la decapitación de Carlos I, ordenada por el brutal Oliver Cromwell con el apoyo de los puritanos, y la abolición transitoria de la monarquía en 1649, se habia desatado siete años antes cuando el rey había intentado constituir la uniformidad religiosa y regir de forma absolutista sin parlamento.

Los puritanos, faccion radical del protestantismo calvinista surgida en el siglo XVI, durante el reinado de Isabel I, rechazaban por igual al anglicanismo y al catolicismo, con el propósito de depurar a ambas iglesias para acercarlas al pensamiento del reformador francés Juan Calvino y su doctrina de la predestinación.

Para Villazón este marco histórico no es tan importante como lo es mostrar que Elvira no puede vivir como quisiera en esa estricta sociedad puritana. La pieza, a su entender, funciona sin necesidad de aclarar aquellos trascendentales hechos que marcaron época.

Volviendo a la ópera, el parlamento condena a Arturo a la pena capital por traición. Riccardo triunfa, pero el tío de Elvira, Giorgio, logra persuadirlo de que salve a Arturo por el amor a su sobrina si éste no lucha del lado de los realistas. Huyendo, Arturo finalmente llega a Elvira y puede explicarle las razones de su desaparición.

Elvira recupera aparentemente la razón, pero amenaza con perderla de nuevo cuando Arturo es entregado por los puritanos y se pronuncia su sentencia de muerte. En el último momento, sin embargo, aparece un mensajero con la noticia de que los estuardistas habían sido aplastados y de que todos los opositores políticos deberían ser perdonados. Finalmente, todo parecería conducir a un final feliz; la boda entre Elvira y Arturo podría tener lugar para alegría de todos, Sin embargo, la historia no acaba aquí.

El equipo de Villazón no confía en la trama e intenta encontrar su propia lectura. Pero, a diferencia de la puesta de Don Pasquale, el asunto no funciona tan bien en el presente caso. Según esta versión Elvira está loca desde un princpio y no experimenta ninguna curación en el transcurso de la pieza.

Durante su aparición inicial en el primer acto, se acuesta en su lecho con nerviosismo cuando su tío le trae la buena noticia de que su padre aceptó la boda con Arturo, el hombre al que ama. La relación entre Elvira y su tío también se presenta de forma equívoca. Los toques muy intrusivos de Giorgio indican una forma de abuso a la que Elvira pudo haber estado probablemente expuesta en su infancia. Quizás haya sido esta la causa inicial de su demencia.

En realidad, la figura de Giorgio, que impone gran autoridad sobre el escenario, no admite este enfoque. Una y otra vez aparecen brazos negros a través de los decorados a ambos lados del escenario, alcanzando a Elvira e infundiéndole sus temores. En definitiva, no hay una reunión feliz con Arturo en el tercer acto. Cuando éste aclara el malentendido, los dos se distancian y no logran encontrarse. En el momento en que supuestamente debería celebrarse la boda, reaparece Enriqueta de Francia bajo el velo de Elvira y es llevada a Arturo, por lo que el final feliz parece estar solo en la imaginación de una enajenada mental.

El escenógrafo Dieter Richter diseñó una habitación alta, de reminiscencias medievales, que captura de manera convincente el severo mundo de los puritanos ingleses. En el primer acto se puede ver la sala de sesiones del parlamento británico, enmarcada por altos capiteles. En medio de las sillas del coro, los figurantes deambulan un poco torpemente y se apretujan entre sí. Incluso el cepo que asegura por el cuello y los brazos a los reos, resulta involuntariamente grotesco cuando es empujado de forma reiterada por el escenario con un prisionero entre sus gruesos maderos.

El austero vestuario de Susanne Hubrich, predominantemente de tonalidades negras, refleja de manera perfecta esos tiempos oscurantistas del puritanismo calvinista. Con colores algo más saturados, la indumentaria de Arturo lo ubica a éste claramente en el campo de los realistas de Carlos I (Estuardo), a cuya ejecución se alude en una gran imagen que a modo de pared divisoria es bajada desde el telar durante la escena del dormitorio en el primer acto.

Resulta interesante la iluminación (Volker Weinhart) detrás del cuadro en el que Elvira ve a su padre junto con Riccardo su primer prometido. En el segundo acto los capitales desaparecen y quedan al descubierto los muros grises. En el tercer y último acto la pared trasera cae arrasada y se ve un bosque pelado que rodea el castillo

Villazón no tiene muy buena mano para mover a los personajes sobre las tablas, especialmente en las escenas de masas. La exclusión de individuos por el coro, convertido en una plebe de puritanos, parece poco coordinada. Tampoco quedó muy claro el por qué de un pizarrón negro con una cruz (como la de San Andrés, de la bandera de Escocia) de tiza blanca, amarrado a una mujer que debió haber violado las costumbres morales y con la cual Elvira es estigmatizada en el segundo acto.

Los gestos de Arturo parecen tan anticuados para una actuación de ópera moderna como los puños en alto de los soldados cuando Riccardo y Giorgio comienzan el célebre Suoni la tromba. El armamento de la tropa es, en cambio, de moderna fabricación: AK 47, AK 74, pistolas ametralladoras UZI, fusiles ametralladores FN MAG con bípode.

Mas, nada de esto parece molestar a la colmada platea que aplaude a rabiar y de pie durante prolongados minutos a Villazón -muy apreciado en Alemania y Austria por su espontaneidad y buen humor- a todo su equipo, al elenco entero, así como a Fogliani, a la orquesta Duisburger Philharmoniker, y a Chestnut y el fabuloso coro de la Deutsche Oper am Rhein.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.