España - Andalucía

Rapsodias, danzas y ecos de Viena

José-Luis López López

lunes, 13 de enero de 2020
Sevilla, viernes, 3 de enero de 2020. Teatro de la Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS). Director: Mihnea Ignat. Programa: Emmanuel Chabrier, España, rapsodia para orquesta; Franz Liszt: Rapsodia húngara nº 2 (orquestación, Karl Müller-Berghaus); George Enescu: Rapsodias rumanas nos. 2 y 1; Franz Von Suppé, Obertura de Caballería ligera; Johannes Brahms, Danza húngara nº 6 (orquestación, Martin Schmeling); Antonín Dvořák, Danza eslava nº 1; Johann Strauss II, Polka Schnell ‘Auf der Jagd!’, Tritsch-Trasch Polka; Franz Lehár, Adria-Walzer para orquesta; Johann Strauss II, An der schönen, blauen Donau. Programa fuera de Abono de la ROSS: "Año Nuevo Rapsódico"
Mihnea Ignat © 2019 by mihneaignat.com

El Neujahrskonzert de la Wiener Philharmoniker no es, ni de lejos, el mejor que se puede escuchar; pero, indudablemente, Austria lo ha sabido “vender” con tanto éxito, que se ha convertido en el más visto y oído del planeta, gracias a las incontables transmisiones televisivas, radiofónicas y de todos los soportes que la tecnología pone a nuestro alcance. La realización de la ORF nos muestra sonidos, panoramas, palacios, monumentos y coreografías de un mundo “feliz”.

Ese mundo que no existe (ni ha existido nunca), ni en Viena ni en ninguna parte. Se trata de una “idealización”, que no puede ocultar su carácter “comercial” e interesado, al estilo de que la que llevan a cabo los programas audiovisuales y demás publicaciones llamadas “del corazón”. Mas, como se dice en catalán, el negoci és el negoci. Mucha gente no le haría ascos (al contrario) si en España alguien fuera capaz de montar un chiringuito de aceptación universal sobre la base de populares romanzas de zarzuelas y de castizos pasodobles (que pueden, muchas veces, parangonarse, en calidad musical, con lo que nos suministran desde Viena). Ellos tienen ese patrimonio, sonoro, paisajístico y arquitectónico, y saben aprovecharlo. Claro está que lo “acomodan”: quien conozca Viena medianamente, sabe muy bien lo poco azul que es el Danubio (que, por cierto, en la lengua alemana, tiene género gramatical femenino, en contraposición con, por ejemplo, el “masculino” Rin: Der Rhein, Die Donau…; mientras que en castellano todos los ríos, caudalosos o arroyuelos, sean ibéricos, asiáticos, americanos o de cualquier parte, ostentan, sin excepción, el artículo “el”: el Miño, el Guadalquivir, el Ganges, el Amazonas,…).

También sabe que esta grandiosa imagen no se verá jamás en el Neujahrskonzert: los soviéticos se apresuraron, cuando finalizaba la II Guerra Mundial, a ocupar Viena, antes que ningún otro enemigo del III Reich. Y aunque, posteriormente, las cuatro potencias aliadas (USA, UK, Francia y URSS) se distribuyeron temporalmente el territorio austriaco y su capital, el país tuvo que pagar varios tributos para conseguir su independencia nacional: uno de ellos, bien visible, fue ese imponente homenaje a los “héroes del Ejercito Rojo”; otro, político, fue la forzada declaración de neutralidad de Austria (por eso no pertenece, ni puede hacerlo, a la OTAN; aunque si es miembro de la UE y de la zona euro).

Volviendo a la música: la Wiener Philharmoniker, ciertamente, es una espléndida orquesta, del grupo de cabeza mundial; pero que ocupe el primer puesto (a pesar del Concierto de Año Nuevo) es más discutible: hay un puñado de competidoras que se lo disputan: Berlín, Boston, Chicago, Cleveland, Concertgebouw, London, New York, San Petersburgo, Staatkapelle Dresden… (dichas en orden alfabético: la elección sería siempre bastante subjetiva). Sin olvidar (lo que no ocurre con las citadas) sus tradicionales misoginia y racismo. Hasta 1997 no aceptaron a la primera mujer. Pero la discriminación étnica es aún más grave: ¡escándalo infernal sería ver en sus atriles a un músico de color, negro, quiero decir! Pero es que tampoco aceptan a músicos orientales ni medio orientales (de padre o madre coreanos, chinos o japoneses). Hay un caso “ejemplar”: en 2003 fue admitido, por primera -y última- vez desde 1842 el tubista japonés Nasuto Sugiyama… que fue despedido al poco tiempo. 

Las mujeres (actualmente 15, un diez por ciento del total) sufren un par de “tabúes”: no se aceptan, salvo contadísimas excepciones, en la sección de los vientos (artilugios “fálicos” por excelencia) ni a chelistas (“porque es indecoroso que una mujer tenga que abrir las piernas”, sic). Naturalmente, las 15 son bien blanquitas: las 2 arpistas (tradicional instrumento “mujeril”: de hecho, fue una la primera admitida en 1997), 1 concertino, 5 vn. I, 2 vn. II, 2 va., 1 vc., 1 fl., 1 fg., procedentes de 10 países (Austria, 4; Bulgaria, 2; Francia, 2; y 1 de Alemania, Bélgica, Rumania, Rusia, Ucrania, Eslovenia y Uzbekistán). En el Concierto de 2020 han actuado 9 (únicamente violinistas -entre las que no se ha contado a la Konzertmeisterin búlgara Albena Danailova- y violistas).

Otro punto “flaco” de esta fastuosa celebración es la propina final, la inevitable y palmeada Radetzky Marsch. En un gesto, más de cara a la galería que otra cosa, el presidente de la Orquesta, Daniel Froschauer, declaró que esa Marcha, compuesta en honor del Mariscal Joseph Radetzky, combatiente en las guerras napoleónicas, por J. Strauss padre, iba a sonar libre de reminiscencias o “máculas” nazis, pues “la versión que viene interpretándose desde 1946 no es la original, sino una partitura con los arreglos que introdujo en 1914 el austríaco Leopold Weninger, posteriormente afiliado al Partido nazi”. Se supone que la nueva Marcha, “limpia”, ha sido restaurada por la propia Filarmónica. Pero, la verdad, hay que usar una potente “lupa auditiva” para reconocer las diferencias entre los arreglos de Weninger y estos “desnazificados” compases. Cuestión insustancial, que huele a puro marketing.

Lo que no es baladí es que se siga interpretando la festiva Radetzky como “broche de oro” del Concierto, dados los auténticos “méritos” del Mariscal. Nacido en Trebnice, Bohemia (origen del que se apartó), es cierto que luchó, en la primera parte de su vida, en las campañas napoleónicas (cosechando derrota tras derrota); pero su verdadera “gloria” le llegó a la vejez, tras ser nombrado mariscal de campo: los acontecimientos de 1848 en Italia le dieron ocasión para reprimir sanguinariamente a los insurrectos italianos, partidarios de desgajarse del Imperio habsbúrgico, en la llamada Primera Guerra de Independencia Italiana; sobre todo en la Batalla de Novara, el 23 de marzo de 1849, donde derrotó a los piamonteses y a Carlos Alberto de Cerdeña (padre de Víctor Manuel II, futuro primer rey de la Italia unificada). Novara ha quedado cruelmente grabada en la memoria de los italianos, hasta el punto de que cada 23 de marzo se celebra, aún hoy, una recreación histórica de la misma. Por el contrario, las victorias del anciano mariscal entusiasmaron al más que conservador Johann Strauss padre -todo lo contrario que su hijo del mismo nombre-, que compuso, el último año de su vida, la hoy famosa Marcha.

En nuestros días, independientemente de cualquier connotación histórica, la pieza es un elemento ineludible en el Concierto de Año Nuevo de la Wiener Philharmoniker y de sus innumerables imitaciones. Muchos seres humanos parecen necesitar el engaño de creerse más o menos partícipes (aunque sólo sean “imaginarios”) de la vida de los poderosos de este mundo. Es notable, por ejemplo, que, si bien no hay un solo japonés en la Filarmónica, la Sala Dorada del Musikverein abunde, en sus localidades más caras, de japoneses -las damas, frecuentemente con lujosos kimonos- que muestran al universo entero que no tienen problemas (sobre todo en lo que a la posesión de yenes se refiere). Como consecuencia, en el campo musical son legión las Orquestas de todas las latitudes que tratan de reproducir el “Mágico Concierto Vienés”. Así lo pudimos comprobar en el Teatro de la Maestranza sevillano, totalmente lleno el 3 de enero.

Ciertamente que no hay que pecar de excesivamente elitistas: en una ciudad que acoge gran número de actuaciones de primerísima magnitud (así, el 10 de enero hay un programa de Lieder de Schubert, cantados por Philippe Jaroussky, con el acompañamiento pianístico de Jérôme Ducros -quien, además, toca un par de sublimes piezas para piano solo del mismo compositor-, con las localidades completamente agotadas desde mucho tiempo antes: tal acontecimiento solo se repetirá, en nuestro país, en Valencia y Barcelona), ciertamente, alguna dosis de “clásica popular” no estorba (igual que no sobran extraordinarios ballets, recitales de flamenco, sesiones del mejor jazz, conciertos de música antigua, los mejores ensembles de contemporánea, etc.).

Pero, asumiendo el carácter “popular” de tal tipo de eventos, hay que reconocer que la magnífica Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, ROSS, les da un toque de especial calidad. Recordando lo dicho más arriba, el Concierto de Año Nuevo de la Sinfónica, lleva, desde hace años, intentando fórmulas “compuestas”: con mucha frecuencia hay romanzas de zarzuela y pasodobles inolvidables en la primera parte (aunque la culminación sea ortodoxamente vienesa, como desean la mayoría de los asistentes). Pero este año, los responsables de la Orquesta han ensayado otra “mixtura”, sin abandonar el carácter popular de la ocasión: la conducción ha corrido a cargo de una joven, elegante y más que prometedora batuta, la del rumano afincado en España Mihnea Ignat (Craiova, 1980), actual Director Titular de la Orquesta Sinfónica Ciudad de Elche, OSCE. Bajo el título general de “Año Nuevo Rapsódico”, toda la Primera parte y buena porción de la Segunda, ha acometido rapsodias y danzas, preferentemente centroeuropeas, algunas de las cuales se interpretaban en Sevilla por primera vez.

La velada se inició con España, rapsodia para orquesta (1883) de Emmanuel Chabrier (1842-1894). Tras una estancia de cuatro meses en España, acompañado por su esposa, el compositor quedó fascinado por la increíble floración de ritmos y melodías que escuchó. De vuelta a Francia, escribió esta, su primera obra orquestal. Con duración de unos 7 min., indicada Allegro con fuoco, Chabrier utilizó dos temas de danzas: uno vivo y brillante (jota aragonesa), otro sensual y lánguido (malagueña). Inmediatamente, la breve pieza, llena de resplandecientes colores, le valió a su autor celebridad mundial. Ignat la condujo con alegre decisión, que recreó vivamente su brillante atmósfera.

Le siguieron las animadas Rapsodia húngara nº 2 (1847) de Liszt, con orquestación de Karl Muller-Berghaus, y sus emparentadas Rapsodias rumanas nº 2 y nº 1 (ambas compuestas en París en 1901) del gran compatriota del director George Enescu (1881-1955): se invirtió el orden numérico, porque la 1 es más famosa y resplandeciente (célebre su final, por la imitación del canto de la alondra: “ciocirlia” en rumano, pero también un nombre propio del folklore de ese país). En las tres piezas, lució la cuerda grave, así como los solos de flauta y de viola.

En la segunda parte, ya entramos en el terreno de la imitación vienesa. La Obertura de Caballería ligera (1866) de Franz von Suppé, archifamosa (la Obertura, no la opereta), dio ocasión a los metales de la ROSS para mostrar sus poderes. No obstante, todavía la Danza húngara nº 6 de Brahms (piano con infinitas orquestaciones: ¿M. Schmeling, A. Parlow, I. Fischer, por ejemplo?) y la Danza eslava nº 1 de Antonín Dvořák volvieron a romper el efecto “copia”. Pero, a partir de ahí, todo fue, hasta el final, Viena pura y dura, a pesar del desconocido, pero irrelevante, Adria-Walzer, para orquesta, de 1895 (“Adria” significa “adriático”) de Franz Lehár. Menos mal que la mejor Viena de aquellos tiempos (la de Johann Strauss hijo) reinó, todavía dentro de programa, aunque escuchada hasta la saciedad: Polka Schnell - Auf der Jagd! con disparos de escopeta incluidos; Tritsch Tratsch Polka; y (un respeto: lo usa Kubrick en “2001: una odisea del espacio”, junto con el Also sprach Zarathustra del siempre, incomprensiblemente, prohibido en el Concierto de Viena Richard Strauss) el vals An der schönen, blauen Donau (Donau es femenino, recuerden). ¿Y después? Ah, la Marcha del Mariscal. Inevitable. Los que disfrutaron tocando palmas fueron felices y comieron perdices. Pero yo, servidor de ustedes, me negué a dar ni una sola palmada: eso es, también, “libertad de expresión” ¿verdad? Feliz 2020 a todos, y los mejores deseos para la ROSS, capaz de sacar agua de las piedras.

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